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La JMJ y el relativismo

Esperemos que la resaca de esta Jornada sea fértil, también para la pacífica lucha de las ideas que se da todos los días en cada rincón de España.

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Terminó la Jornada Mundial de la Juventud. El más de millón y medio de peregrinos que abarrotó el aeródromo de Cuatro Vientos, superando incluso la generosa capacidad de aforo que había previsto la organización, ya está dejando las calles de Madrid, que llenaron de fe, juventud y alegría durante toda la semana pasada. Benedicto XVI, cuyo renqueante paso al acceder al avión que lo devolvió a Roma da muestras del enorme esfuerzo físico que le han supuesto estos días, nos ha recordado a todos la fuerza de una Iglesia católica a la que tantos han querido dar finiquitada en España.

Muchos esperaban que Benedicto XVI poco menos que centrara su visita en criticar algunas de las medidas más contrarias a la moral y fe católicas, como el matrimonio homosexual o la ley del aborto. Sin embargo, y pese a que alguna mención ha hecho, su mensaje era radicalmente distinto y, posiblemente, más eficaz. Si un evento de estas características ya deja claro a sus asistentes que, pese a lo que les pueda parecer en ocasiones, no están solos en su fe, el Sumo Pontífice quiso además pedirles que no se avergonzaran de sus creencias y las tuvieran siempre presentes.

Los jóvenes españoles que han asistido a esta Jornada tienen ante sí el reto de llevar a sus vidas el espíritu que ha animado estos días. A reconocerse como católicos en su lugar de estudios o en su trabajo, a defender una moral y un compromiso que los centros de propaganda cultural han querido convencernos que son minoritarios, pero que forman parte del ser más íntimo de una gran parte de la sociedad española.

Durante las últimas décadas la progresía ha hecho grandes progresos a la hora de instaurar el relativismo como única moral aceptable. Cuando sucesos como los de Londres –o París hace pocos años– nos sorprenden por su virulencia, olvidamos con frecuencia que en su raíz está también esa ética del todo vale. La Iglesia ha sido muchas veces la única fuerza visible que se ha resistido a la implantación de este ideario, razón por la cual se ha convertido en el blanco de una agresividad cuyo objetivo debería haber sido la derecha política, si ésta no hubiera preferido dejar a la intemperie a sus votantes en ésta como en tantas otras cuestiones.

Esperemos que la resaca de esta Jornada sea fértil, también para la pacífica lucha de las ideas que se da todos los días en cada rincón de España, en las oficinas y los bares. La izquierda la ha vuelto a perder en el terreno económico, tras convertir una crisis de la que podían culpar al capitalismo en otra en que resulta imposible esquivar la responsabilidad del Estado. Pero existen otros campos de batalla en los que ya va siendo hora de presentar combate. La alternativa es dejar vía libre a quienes el miércoles se dedicaron a insultar y agredir a los peregrinos.


 

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