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EDITORIAL

Milosevic y la vergüenza europea

Si tras la Segunda Guerra Mundial se creó la Unión Europea para que el grito de "¡Nunca más!" se convirtiera en realidad, la limpieza étnica en Croacia, Bosnia y Kosovo durante una década de guerras convirtió ese grito en un hiriente sarcasmo.

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Hoy ha muerto en su celda, después de que su juicio se retrasara por su mala salud, uno de los seres humanos más abyectos y viles que ha visto Europa en las últimas décadas, un personaje de la misma calaña que Sadam Husein, Hitler o Pol-Pot. Slobodan Milosevic, criatura nacida del seno de la Liga de los Comunistas de Serbia, convirtió su país en una pesadilla típicamente soviética por medio de intervenciones militares, control policial de la sociedad, persecución de la disidencia y el asesinato de los enemigos políticos, como prólogo a una década de exterminio racial como no se veía en Europa desde la caída del régimen nazi

El conflicto balcánico no fue algo inevitable. Cuando ya se ha creado el lugar común de que ese estado artificial que era Yugoslavia no tenía otra salida que la disgregación, conviene recordar que fue el carácter totalitario del régimen serbio lo que llevó a una guerra tras otra. Cientos de miles de civiles muertos, incontables heridos y miles de violaciones son el resultado de una dictadura atroz y de la obscena vocación por la inacción de los países libres, plenamente asumida en Europa y sólo a ratos cuestionada en Estados Unidos.

Las matanzas de Milosevic demostraron que la política exterior europea sólo existe para subvencionar a terroristas palestinos y para pedir, años después de que no quedara más remedio, ayuda militar a unos Estados Unidos a los que se oponen por belicistas e imperialistas cuando intentan hacer uso de la fuerza por propia iniciativa. Si tras la Segunda Guerra Mundial se crearon instituciones como la Unión Europea para que el grito de "¡Nunca más!" se convirtiera en realidad, la limpieza étnica en Croacia, Bosnia y Kosovo durante una década de guerras, sin intervención europea, convirtió ese grito en un hiriente sarcasmo. Aquello fue la mayor vergüenza de la Europa durante la segunda mitad del siglo XX.

Tuvo que ser de nuevo Estados Unidos el que interviniera, siquiera parcialmente. Marek Edelman, el último superviviente del levantamiento del ghetto de Varsovia, pidió entonces a los "líderes del mundo libre" que enviaran tropas a Kosovo y no se limitaran a los bombardeos aéreos porque "la libertad tiene y debe tener un precio". Una verdad que, sin embargo, no conmovió a líderes occidentales atenazados por la demagogia y el virus del apaciguamiento. Años después, recordaba el carácter criminal del régimen de Sadam y recordaba que "toda guerra contra el fascismo es asunto nuestro" porque "si cerramos los ojos ante el mal, el mal nos derrotará mañana". Y es que la misma lucha por la libertad y contra el totalitarismo se libró contra Milosevic y contra Sadam.

Un manifestante anónimo, en Londres, expresó con precisión el espíritu gallináceo europeo al mostrar, durante las manifestaciones "contra la guerra", una pancarta que rezaba "Paz en nuestro tiempo", el mismo mensaje que trajo Chamberlain tras los acuerdos de Munich, en los que quiso comprar al totalitarismo con promesas de paz universal. De ese espíritu se alimentó Milosevic entre 1991 y 1999, y de ese espíritu obtuvo la energía necesaria para convertir Yugoslavia en el mayor y más duradero plató de muerte que hayan tenido jamás nuestras sobremesas televisivas. Nada ha aprendido la demagogia pacifista de Munich, de Yalta, de Croacia, de Bosnia, de Kosovo o de Irak, porque no quiere aprender. Sólo quiere señalar culpables con el dedo, y éstos nunca son los regímenes totalitarios.


 

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