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No les puede salir gratis

El nacionalismo ha sido terriblemente desleal, liberticida, despilfarrador y, para colmo, ladrón. Ha llegado el momento de que pague por todo ello.

EDITORIAL
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Si algo caracteriza a la democracia española de forma continuada desde el año 78 es la voluntad de integrar tanto al nacionalismo catalán como al vasco. La propia Constitución es el mejor ejemplo de ello: la creación del Estado autonómico, la división entre regiones y nacionalidades históricas… Buena parte de la almendra central del texto constitucional es un esfuerzo por dar gusto a quienes abominan de España.

También las décadas posteriores a la aprobación de la Carta Magna son un largo camino de concesiones al nacionalismo: económicas, intelectuales, de todo tipo.

La entrega ha sido total en el caso de una izquierda que ha decidido que cualquier nacionalismo es aliado, haya lo que haya detrás: desde el racismo infecto de Sabino Arana al clasismo excluyente de Convèrgencia, todo le parece bueno si va contra esa idea demencial de España que maneja.

Lo peor no ha sido ese esfuerzo de la democracia, que podría tener su sentido; ni el sistema autonómico lleno de deficiencias que se ha generado. Lo peor es que ha sido completamente baldío. De hecho, esa voluntad de integración ha resultado contraproducente: cuantas más cesiones se han hecho a los nacionalistas, más furioso ha sido su ánimo independentista y, sobre todo, más radical ha sido su odio a España. Cuanto más se ha intentado configurar la casa común para que ellos se sintiesen cómodos, más se han esforzado por destruirla.

El nacionalismo ha sido el gran responsable de los peores problemas que ha sufrido España en estas décadas: el terrorismo de ETA, la falta de libertades tanto en el País Vasco como en Cataluña y, tal y como se está descubriendo ahora, la terrible corrupción que ha asolado lo que en lugar de una comunidad autónoma parece haber sido el patio particular de la familia Pujol Ferrusola.

La confesión de Pujol y lo que ésta ha supuesto de despertar para Cataluña y el resto de España tienen un valor simbólico que no se puede desaprovechar y que, de hecho, debería marcar un cambio de tendencia: ha llegado el momento de decir basta y de que el nacionalismo, ahora especialmente el catalán, se enfrente al resultado de su deslealtad.

El nacionalismo ha sido terriblemente desleal, liberticida, despilfarrador y, para colmo, ladrón. Ha llegado el momento de que pague por todo ello. Tanto las ideas más retrógradas de Europa como las personas que las defienden deben ocupar el lugar que les corresponde: en algunos casos la cárcel y en todos el de la deslegitimación que merece una ideología construida sobre la mentira y radicalmente opuesta a la libertad.

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