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Pujol confirma la verdadera esencia del nacionalismo

La peculiar confesión de Pujol pretende solventar de un plumazo las más que fundadas sospechas que pesan sobre varios de sus hijos.

EDITORIAL
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El comunicado que este viernes hizo público Jordi Pujol ha superado con creces el listón de la desfachatez situado por el nacionalismo catalán a alturas que, hasta ese momento, parecían inalcanzables. Según esta confesión de Pujol, la ingente cantidad de dinero que los miembros de su familia manejan en los más variados paraísos fiscales tendría como origen una oscura herencia que su padre le hizo aceptar en el lecho de muerte en beneficio de su esposa e hijos, justo antes de que fuera nombrado presidente de la Generalidad. El ajetreo diario de su cargo impidió al patriarca del separatismo catalán regularizar su situación tributaria de tal forma que, en 34 años, "no se encontró el momento adecuado". Tampoco ahora parece haber tenido tiempo el expresidente regional de cuantificar el dinero que le supuso esa presunta herencia, visto que en el comunicado omite cuidadosamente cualquier referencia al importe objeto de regularización.

Jordi Pujol pretende que creamos que la fortuna del clan familiar, objeto de numerosas sospechas por su relación con casos bien notorios como el del Palau de la Música, donde aparece involucrado él mismo con sus iniciales en numerosos apuntes de comisiones ilegales, obedece a un dinero heredado que, por despiste, olvidó consignar en el apartado correspondiente de sus declaraciones de impuestos. En realidad, la peculiar confesión del expresidente de la Generalidad pretende solventar de un plumazo las más que fundadas sospechas que pesan sobre varios de sus hijos, dos de los cuales están incursos en sonados casos de corrupción y tráfico de influencias al amparo de sus gestiones ante el Gobierno regional catalán.

Jordi Pujol ha pretendido a lo largo de toda su carrera política asumir personalmente la verdadera esencia del pueblo de Cataluña. Desde el caso Banca Catalana, todos los asuntos de corrupción en los que él mismo o su partido aparecían involucrados pretendió en convertirlos en "ataques a Cataluña" como mecanismo para desactivarlos y hacer que la Justicia, politizada hasta el tuétano, los cerrara con sonoros carpetazos. Lo que sí representa el expresidente, y muy bien, es al nacionalismo catalán, una mezcla de intereses oscuros y voluntad de poder a cuya conquista sus dirigentes supeditan cualquier principio, incluido el más elemental sentido del ridículo. Así, después de esta delirante confesión de su patriarca, los nacionalistas seguirán sosteniendo que España les roba cuando es más que evidente quienes son los que, realmente, llevan décadas desvalijando a todos los españoles, pero muy especialmente a los catalanes.

La ofensiva separatista, a cuya reafirmación los Pujol han rendido un último servicio poniendo al lado de Artur Mas a un radical que le impida volver sobre sus pasos, hay que entenderla en esta misma clave que busca garantizar la impunidad de los dirigentes nacionalistas. Jordi Pujol lo puso nuevamente ayer de manifiesto, para que no queden dudas, con un comunicado de una desfachatez sin precedentes ni siquiera en la muy escabrosa trayectoria del nacionalismo que él mismo construyó a su imagen y semejanza.

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