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EDITORIAL

El reality de la profanación

El exceso propagandístico ha sido tan evidente que incluso muchos de los que están a favor de la medida habrán sentido este jueves no poco rechazo.

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Llego el día de la gran profanación y lo ocurrido ha superado con creces la peor de las previsiones: sí, este 24 de octubre pasará a la historia como han repetido incansablemente el Gobierno y sus medios afines -hoy, más que nunca, prácticamente todos-, pero será a la de la infamia.

Lo primero que conviene recordar que este no es un acto de reparación y justicia como quiere vender la propaganda oficial: es una vergonzosa operación de revisionismo histórico cuyo objetivo final es minar las bases del régimen del 78 y de la Constitución que permitió, esa sí, con la ejemplar Transición la superación de las rivalidades y las tragedias de la Guerra Civil y el inicio de una etapa de reconciliación y democracia.

Una etapa en cuyos inicios, por cierto, habría sido impensable el repugnante show propagandístico que nos han servido el Gobierno y sus terminales mediáticos, porque quizá los medios de comunicación no eran mejores entonces que ahora, pero desde luego sí tenían un mínimo sentido del pudor que está claro que hoy se ha perdido.

Tampoco conviene olvidar que este mismo Gobierno fue el que prometió que toda la operación se desarrollaría "de forma decorosa, discreta y digna", pero a la hora de la verdad ha orquestado un bochornoso y desvergonzado reality televisivo en torno a los restos de una persona que murió hace ya 44 años y para mayor humillación de una familia que, tenga los antepasados que tenga, no merecía el inédito castigo de que el Estado, con el infame papel del Tribunal Supremo y su sentencia tan unánime como repugnante, le expropiase un cadáver, algo que no ha ocurrido ni en las peores dictaduras.

Como decíamos, no se exhuma a Franco para tapar la EPA, cuyos malísimos datos se han hecho públicos este jueves, y tampoco para ganar las elecciones, no obstante está claro que el Ejecutivo ha tratado de aprovechar las circunstancias para intentar lograr ambas cosas. El problema con el que probablemente se encuentre el PSOE es que la obscenidad del exceso propagandístico ha sido tan evidente que incluso muchos de los que están a favor de la medida habrán sentido este jueves un rechazo instintivo que, desde luego, generará cualquier cosa menos entusiasmo electoral. No sería la primera ocasión en los últimos meses en que los socialistas ven como pasarse de frenada en la escenificación publicitaria da el resultado opuesto al buscado: el show de la fallida negociación con Unidas Podemos en lugar de impulsar al PSOE a los 150 diputados como esperaban los asesores monclovitas en realidad marcó el inicio del declive que desde hace unas semanas vienen sufriendo los socialistas en las encuestas.

Por último, este aciago día guarda otra lección más que algunos deberían aprender, concretamente aquellos que han decidido cobardemente mirar hacia otro lado –con mención especial al Partido Popular y la Iglesia Católica— ante este atropello y esta afrenta a las generaciones pasadas y a las bases del periodo más largo y fructífero de democracia de la historia de nuestro país. Porque seguramente la cobardía de algunos nacía, al menos en parte, de la esperanza de que este fuese el final de una cuestión que les resulta incómoda electoralmente. Sin embargo, ya podemos estar seguros de que una vez reinhumado Franco el revisionismo histórico desde la extrema izquierda no se va a frenar: Pedro Sánchez no ha esperado ni un día más y ya ha señalado los próximos pasos, que pasan por las fosas comunes y, por supuesto, por los propios enterrados en el Valle de los Caídos, que está claro que a partir de ahora no va a ser el símbolo de reconciliación, sino que seguirá siendo una herramienta para agitar el guerracivilismo de una izquierda que vive en el rencor.

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