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Eduardo Goligorsky

Derrotistas en el túnel del tiempo

Garzón y los noalaguerra son aventajados alumnos de la escuela de colaboracionistas de antaño.

Garzón y los noalaguerra son aventajados alumnos de la escuela de colaboracionistas de antaño.
EFE

El pacifismo obra milagros. Durante la Guerra Fría consiguió que el sabio Bertrand Russell –cuyo retrato preside mi mesa de trabajo, como testimonio de la admiración que le profeso– participara, ya senil, en las sentadas de los abonados al Kremlin que exigían el desarme atómico unilateral de las potencias occidentales. Ya antes, a finales de los años 1930, cuando se firmó el Pacto Ribbentrop-Molotov, los comunistas estadounidenses, como Theodore Dreiser, Dashiell Hammett y Lillian Hellman, habían enarbolado la bandera del pacifismo para oponerse a la alianza bélica de su país con Gran Bretaña… hasta que Hitler invadió la sacrosanta Unión Soviética.

Escuela de colaboracionistas

Ahora, cuando la agresión yihadista contra el mundo civilizado y contra algunos de nuestros aliados ocasionales no tan civilizados obliga a hablar sin tapujos de una situación de guerra, asoma la cabeza una nueva cofradía de derrotistas que esgrimen pretextos diversos para fugarse por la tangente del pacifismo. El más trillado consiste en entretener al personal buscando las causas del conflicto, cargando, de paso, gran parte de la culpa sobre las espaldas de las naciones hoy democráticas y hace siglos colonialistas. Los derrotistas viajan al pasado por el túnel del tiempo en busca de las causas. Cuatro veces repiten la palabra "causas" el infaltable ex juez Baltasar Garzón y Dolores Delgado en un mensaje destinado a mostrar el recto camino a nuestros belicosos gobernantes ("Viernes 13, terror en París", El País, 17/11):

Y cuando esto acontece [el envío de tropas], ¿acaso nadie piensa en las consecuencias posteriores?, ¿nadie se plantea cuál va a ser la reacción de la otra parte?, ¿alguien pensó que las acciones occidentales en Afganistán e Irak no iban a tener respuestas sostenidas en el tiempo? (…) Si a pesar de los ataques terroristas contra las Torres Gemelas, los trenes de Madrid, el metro de Londres, los sabotajes de aviones, los ataques a hoteles, y de las respuestas de Occidente invadiendo países, potenciando o participando en guerras, la solución no se encuentra, es que algo se está haciendo mal.

¡Cuántos bombardeos se habría ahorrado Londres si hubiera contado con una lumbrera como Garzón, que habría advertido, al igual que Neville Chamberlain, que convenía pactar con Hitler, porque este iba a reaccionar mal si Gran Bretaña salía en defensa de Polonia! En cambio, Pétain y Laval salvaron París entregándosela a los nazis. Garzón y los noalaguerra son aventajados alumnos de esta escuela de colaboracionistas.

Plañideras antioccidentales

El viaje por el túnel del tiempo que emprendió William R. Polk, antiguo asesor del presidente John F. Kennedy, en busca de las causas primigenias lo llevó mucho más atrás ("Cómo evitar la trampa del EI", LV, 25/11):

Los recuerdos de los años después de que Colón atravesara el Atlántico han sido crecientemente amargos. Primero, los europeos, luego los rusos, y más tarde los americanos el "Norte" del mundo acrecentaron su poder y sometieron el "Sur", destruyendo países y sociedades autóctonas y suprimiendo órdenes religiosas. El imperialismo, con la humillación consecuente y la matanza de poblaciones enteras, aunque olvidado por sus perpetradores, es todo un recuerdo vívido para sus víctimas.

De la reseña de Polk se deduce que los yihadistas no recitan los versículos del Corán sino la lista de maldades que él desempolva en su filípica: los belgas y el holocausto de congoleños a finales del siglo XIX; los holandeses y las matanzas de rebeldes en Java (1835-1840) y Sumatra (1873-1914); los franceses en la primera guerra de Argelia (1830-1845); los rusos y los chinos en Asia Central; los británicos en India en 1857. Hasta llegar, cómo no, a Vietnam, Afganistán e Irak. Los sabios pacifistas vuelven de su excursión por el túnel del tiempo con material bien seleccionado para impugnar la reacción militar contra los asesinos del EI.

No podía faltar, en el coro de las plañideras antioccidentales, la voz de los artistas y poetas que lucran gracias a la prodigalidad del público occidental embobado. Paco Ibáñez desahogó su fobia despotricando (LV, 18/11):

La guerra de Iraq está ya muy lejos pero todos estos lodos de ahora vienen de esa iniciativa. El remedio es tomar conciencia y no dar ningún paso más atrás ante esas iniciativas que nos han conducido a toda esta catástrofe. (…) Aprovecharé entre otras para interpretar aquella canción de Atahualpa Yupanqui que tiene los versos que claman: "Basta ya, basta ya / que el yanki mande". Es que te mandan en todo, te vienen con su inglés armado de porquería.

Poco faltó para que Ibáñez se sumara a los ayatolás y los curas ultramontanos que acusaron a las víctimas de Le Bataclan de estar corrompidas por la porquería yanki.

Maldita sociedad capitalista

Los derrotistas y colaboracionistas no se conforman con encubrir la ofensiva contra nuestra civilización atribuyéndola al rencor que esta generó con sus tropelías en los pueblos conquistados y colonizados. Además, argumentan que los alevines de terroristas son el producto de la marginación y la pobreza a la que están condenados por la maldita sociedad capitalista. Otra falacia que no se tiene en pie. Una cosa es la implicación de muchos jóvenes del extrarradio en tumultos y delitos y otra muy distinta es la conversión de una minoría de flamantes fanáticos religiosos en terroristas suicidas.

"El origen familiar de los catalanes yihadistas detenidos sorprende en sus localidades", informó La Vanguardia ("Del rap a Mahoma", 9/4). Eran personas normales, de clase media y de nacionalidad catalana, hasta que los captaron los reclutadores islamistas. Y Javier Lesaca, investigador de la Universidad George Washington especializado en la estrategia audiovisual del Estado Islámico, es categórico ("El Estado Islámico capta adolescentes con la técnica de los videojuegos", LV, 28/11):

No hay ninguna vinculación entre terrorismo y pobreza. De hecho, la mayoría de personas que se unen a proyectos terroristas tienen un perfil de estudios medios y altos y no se encuentran en situaciones de exclusión. El proceso de radicalización terrorista está mucho más ligado a carencias identitarias.

Lo dicho: se equivocan ingenuamente o mienten deliberadamente quienes sitúan el origen del terrorismo en viejos agravios inferidos por los depredadores occidentales o en irritantes desigualdades propias de la maldita sociedad capitalista. La explicación se encuentra, sencillamente, en los versículos del Corán. ¿Una prueba de ello? El mayor número de víctimas del terrorismo se acumula en Oriente Medio y África (LV, 24/11): "el 78 % de las muertes y el 57 % de los ataques terroristas en 2014 se produjeron en cinco países: Iraq, Afganistán, Nigeria, Pakistán y Siria".

Tormentas sectarias

Los instigadores de la guerra fratricida no fueron Bush, Blair y Aznar, como denuncian los falsarios (¿por qué se olvidan de Durao Barroso?), sino Alí, yerno y primo de Mahoma, y Abu Baker, suegro del Profeta. La disputa entre los chiíes, seguidores del primero, y los suníes, partidarios del segundo, inauguró la madre de todas las tormentas sectarias a las que asistimos. El veterano periodista Jon Lee Andersen lo ha comprobado sobre el terreno en Libia ("Periodista en el infierno", LV, 1/12):

Otra vez vuelve una ideología milenaria cuyos seguidores buscan la muerte. Hay una crisis dentro del islam, y cada país tiene que tomar su decisión, con un yihadismo que resucita las guerras de religión del siglo XIV. (…) El yihadismo es como el nazismo. El mundo está abocado a una guerra frontal y más generalizada en la que habrá cientos de miles de muertos, es sólo cuestión de tiempo, porque sólo se acaba con una ideología así arrasando el EI. Los aliados sólo acabaron con el nazismo y el III Reich cuando tomaron Berlín, y antes tuvo que haber un Dresde y tuvo que haber un Hiroshima y un Nagasaki. (…) Los terroristas en general y el EI en particular son chauvinistas sunitas, pero eso es sólo parte de su batalla. Quieren imponerse dentro del islam, sí, pero también conquistar, convertir y exterminar a todos los que no sean musulmanes sobre la faz de la tierra.

Obsesionado por la posibilidad de que se repita la caída del Imperio Romano, el historiador y catedrático Neil Ferguson, autor de Civilización. Occidente y el resto (Debate, 2012), avisa ("París, víctima de la complacencia", El País, 19/11):

Es indudable que los musulmanes que viven en Europa no son, en su inmensa mayoría, violentos. Pero también es verdad que casi todos tienen unas convicciones difíciles de conciliar con los principios de nuestras democracias liberales, incluidas nuestras ideas modernas sobre igualdad entre los sexos y tolerancia ante la diversidad religiosa y ante casi todas las tendencias sexuales. Por eso es muy fácil que una minoría violenta adquiera sus armas y prepare sus ataques a la civilización en el seno de unas comunidades pacíficas. "Antes de la caída", escribe Ward-Perkins, "los romanos estaban tan seguros como estamos nosotros hoy de que su mundo seguiría siempre igual. Se equivocaron. Haríamos bien en no repetir su autocomplacencia". Pobre París, víctima de la complacencia.

Sólo cuando los guías religiosos del islam suníes y chiíes dicten, por unanimidad, una fetua contra los yihadistas como la que dictaron contra Salman Rushdie podremos suponer que no comparten el plan de convertirnos o exterminarnos.

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