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Eduardo Goligorsky

Desde la barrera

Rivera no será culpable de que Pedro Sánchez se amancebe con Podemos y los supremacistas para conseguir la investidura.

Eduardo Goligorsky
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Eduardo Goligorsky - Desde la barrera
Sánchez y Rivera, en su última reunión en la Moncloa | EFE

Nuestros políticos constitucionalistas son como son. Por ahora no hay otros. Lo mismo se puede decir de los intelectuales constitucionalistas. Son como son. Por ahora no hay otros. Nunca cometeré la herejía de pretender dar lecciones a estos patriotas, desde el lugar modesto que ocupo en la barrera, aunque discrepe con algunos de sus postulados ideológicos o de sus opciones tácticas. Todos ellos me inspiran respeto por la entereza con que asumen la defensa de la integridad de España y de la convivencia civilizada entre sus ciudadanos. A partir de esta virtud las discrepancias pasan a segundo plano.

Invasores extranjeros

Este enfoque pragmático y conciliador es el que hace que me sienta alarmado al ver desde la barrera que dirigentes del bando constitucionalista se enzarzan en polémicas que a menudo rozan el agravio. Los choques entre ortodoxias y egos son suicidas cuando España está a un paso de la desintegración tramada por fuerzas retrógradas y totalitarias. Porque del suicidio de la nación se trata y no de un conflicto entre proyectos sociales y económicos antagónicos (Ludwig von Hayek contra John Maynard Keynes) pero igualmente pensados con criterio tentativamente científico para servir de la mejor manera posible al interés nacional. Aquí sucede todo lo contrario: los rebeldes se han apoderado de cuatro provincias del Reino de España y, actuando como auténticos invasores extranjeros, buscan aniquilar a los hermanos trocados en enemigos. Una operación premeditadamente devastadora para la que cuentan con la complicidad de la que el recordado Horacio Vázquez Rial definió como "la izquierda reaccionaria".

Es hora de despertar frente al ataque, y esto implica renunciar a rivalidades y prejuicios. El frente de salvación nacional no admite grietas. Si Manuel Valls, alérgico a Vox, hubiera tenido que reprimir una sublevación independentista en Bretaña, Normandía o el Rosellón mientras era primer ministro de Francia, no habría vacilado en cumplir con su deber cívico pactando con el lepenismo, así como De Gaulle pactó con los comunistas tras la Liberación, a pesar de que estos habían negociado con el ocupante nazi mientras duró el pacto Ribbentrop-Molotov.

Menos hipocresía, por favor

En un caso extremo, sería razonable proponer una fórmula que hoy nos parece tan estrambótica como Abascal-Valls o Valls-Abascal si fuera la más apropiada para frenar el supremacismo, el terrorismo blanqueado y la lacra comunista. Y apuesto a que, en una emergencia que abarcara no solo a España sino a toda la Unión Europea, este dúo contaría con la aprobación del promotor francés del veto a Vox, Emmanuel Macron, que no titubea en sacar el Ejército a la calle en la "Operación Centinela" (LV, 23/3) para acabar con las depredaciones de los chalecos amarillos, aplicando el modelo de mano dura favorito de todas las ultraderechas. Menos hipocresía, por favor.

Si Valls se excede al romper el frente constitucionalista por los contactos de Ciudadanos con Vox, Albert Rivera incurre en el mismo error cuando estigmatiza a Valls por haber cedido la alcaldía de Barcelona a la impresentable Ada Colau para cerrar el paso al energúmeno etnocentrista Ernest Maragall. Son diferencias tácticas dignas de un debate cortés, como todas las que nutren la vitalidad de los movimientos democráticos, pero que no justifican rupturas debilitantes ni deserciones extemporáneas.

La naturaleza del escorpión

No necesito reiterar lo mucho que debo, desde el punto de vista intelectual, a Francesc de Carreras y Arcadi Espada, de los que tanto he aprendido. Y juzgo dignas de consideración, aunque discutibles, sus críticas a Albert Rivera por su negativa a apoyar la investidura de Pedro Sánchez. Sus opiniones merecen atención, pero no sientan cátedra.

En todo caso, Rivera no será culpable de que Pedro Sánchez se amancebe con Podemos y los supremacistas para conseguir la investidura, como ya lo ha hecho, impulsado por su patológica falta de escrúpulos, para colarse en la Moncloa tras la moción de censura. Volverá a hacerlo movido, como el escorpión de la fábula, por su naturaleza. Su actitud recuerda la del cliente que va a pedir un préstamo al banco y, si se lo niegan, regresa con una banda de atracadores para sustraer el dinero. Si tú no me das la presidencia de Gobierno la conseguiré igualmente con la ayuda de los comunistas y los enemigos de España. Con su típica desfachatez, Sánchez acusa a Rivera y Casado de negociar en secreto con Vox, lo que le parece "gravísimo" y "le hace temer lo peor" (LV, 21/6)… mientras él reparte bajo cuerda las sobras del festín con los chavistas, y sus emisarios se revuelcan en el estercolero con los testaferros antiespañoles de ERC y Bildu para cocinar la inmunidad de los golpistas y la euskaldunización de Navarra.

El "no es no" de Ciudadanos cierra la puerta al falsario Pedro Sánchez, no al PSOE, que en condiciones normales formaría parte del frente constitucionalista. Y todavía estamos a tiempo de que el PSOE se rompa, y recupere el orgullo de ser español. Ya está perdiendo algunos de sus referentes.

Unidos sin fisuras

Para conservar su fiabilidad, los partidos constitucionalistas deben ahorrarnos espectáculos esperpénticos como los que brindan, sin pizca de vergüenza, los conglomerados tribales supremacistas que, en avanzado estado de descomposición, se disputan con encono tabernario unas lucrativas parcelas de poder (ver Francesc-Marc Álvaro, "Cohabitación imposible"; y Jordi Juan, "Elecciones o elecciones", ambos en LV, 24/6). Imitarlos con peleas barriobajeras sería, para los constitucionalistas, el colmo de la estulticia. Por lo menos, así lo veo desde la barrera.

La pesadilla continúa. Tiene como protagonistas a una horda variopinta de conspiradores, unos enjuiciados, otros prófugos y muchos todavía encaramados en puestos de mando, acompañados por un puñado de gamberros y una multitud de buena gente seducida por los truhanes.

Es hora de despertar. Y cuando despertemos queremos encontrar montando guardia a los artífices y defensores de nuestra sociedad de libres e iguales. Allí deberán estar sin falta y en primera fila Felipe González y José María Aznar, Albert Rivera y Pablo Casado, Alfonso Guerra y Cayetana Álvarez deToledo, Inés Arrimadas y Alberto Núñez Feijóo, Xavier García Albiol y Joan Coscubiela y -¿cómo no?- Santiago Abascal y Manuel Valls. Con el rey Felipe VI como guía ilustrado.

Unidos sin fisuras contra la embestida totalitaria y sus colaboracionistas.

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