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Durmiendo con su enemigo

Los fabricantes de propaganda antiespañola conchabados en el Diplocat no pasarán penurias económicas. Tampoco los empresarios del somatén mediático.

Eduardo Goligorsky
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Julia Roberts era quien dormía con su enemigo en la película así titulada (1991). Aquí no hay ninguna belleza en el papel protagónico: es la política la que hace extraños compañeros de cama. Nada menos que el Gobierno de España, por un lado, y el equipo secesionista de Artur Mas, por otro. El equipo secesionista de Artur Mas, repito, y no los catalanes, porque la sociedad catalana no está implicada en esta aventura, a pesar de que los secesionistas se arrogan su representación. Que ambos están en la misma cama es obvio. La cama se llama España. Como escribe José Antonio Zarzalejos (LV, 28/4):

Catalunya forma parte de España desde hace siglos –se fije donde se fije históricamente el comienzo de la unidad territorial– y en el imaginario europeo la ficha española incluye Catalunya de manera natural. En definitiva: no hay representación verosímil de un "nuevo Estado" en la UE.

Esto, hasta Artur Mas lo sabe, y por eso confesó durante una visita a Bruselas (LV, 23/4) que "Europa ve con preocupación la independencia catalana", y que la idea de que Catalunya se convierta en un Estado independiente se contempla como "un problema más que se añade a muchos problemas que ya tienen".

Campaña de denigración

Para no desentonar con las pandemias de moda, quien ha asumido voluntariamente el papel de enemigo de España es bipolar. En sus raptos de euforia, derrocha falacias –y dinero– para sembrar difamaciones contra su compañero de cama que continúa siendo, mal que le pese, su compatriota. Si no fuera porque la buena educación obliga a moderar los términos, incluso se podría hablar de traición.

El País (30/4) y La Vanguardia (1/5) informan de que la Generalitat ha puesto en marcha a todo vapor el servicio diplomático que creó en febrero y que, con el nombre de Diplocat, tiene por objetivo trasmitir al mundo el proyecto secesionista. Los primeros mensajes, dirigidos al público anglosajón, describen la España actual como un país "caótico" que oprime los sentimientos nacionales de los catalanes, se niega a negociar con un "movimiento pacífico" y maltrata económicamente a Cataluña. A continuación, Diplocat usurpa la representación de "muchos catalanes" para repetir calumnias contra el Gobierno de España y contra los dos partidos mayoritarios, y tergiversa el rechazo institucional al sistema coactivo de inmersión lingüística en catalán aduciendo, contra toda evidencia, que éste es bilingüe.

Leemos asimismo en El País algunos entresijos de esta campaña de denigración de España:

Diplocat funciona con presupuesto público, pese a ser un consorcio entre la Generalitat, la Diputación de Barcelona, el Ayuntamiento de la capital [¡atención, Alberto Fernández Díaz!] y diferentes empresas privadas. El consejero catalán de la Presidencia, Francesc Homs, explicó en su presentación que el organismo trabajaría coordinadamente con la red de 34 oficinas comerciales y cinco delegaciones políticas que la Generalitat ya tiene en el exterior [¡atención, ministro García-Margallo!].

La euforia que acompaña el derroche se alterna, como es de rigor, con la depresión. Ésta llega a la hora de pagar las deudas. Francesc de Carreras cita los factores de difícil encaje que tiene el gobierno de CiU, y empieza apuntando (LV, 27/4):

En primer lugar, hacer frente a la más que delicada situación financiera de la Generalitat. Digo más que delicada para ser suave. En realidad, si se tratara de una empresa privada hace meses que se hubiera declarado en quiebra. Naturalmente, para poder afrontar esta situación debe pedir crédito y sólo hay una entidad en el mundo, tanto pública como privada, que se lo puede facilitar a un interés razonable: el Estado. Precisamente el malvado Estado español del cual, al menos oficialmente, se quiere separar.

Esta política plagada de desatinos, tan apropiada para el cachondeo, invita a citar un texto cáustico de Lluís Bassets (EP, 15/4):

Creíamos que este Gobierno [catalán] se dedicaba a hacer dos cosas a la vez, ambas contradictorias, como soplar y sorber; es decir, obtener mayores márgenes de déficit y liquidez del Gobierno central para salir de la parálisis actual y, a la vez, marchar deliberadamente hacia la consulta soberanista. Pero con la constitución del Consejo Asesor para la Transición Nacional nos damos cuenta de que ya son tres las cosas incompatibles entre sí que quiere hacer el Gobierno: soplar, sorber y comer. Procurar por el corto plazo de las arcas maltrechas, conseguir la consulta y apresurarse a adelantar faena, es decir, preparar desde ahora el Estado independiente.

Cuatrimestre de infarto

Los sarcasmos de Francesc de Carreras y Lluís Bassets no pudieron ser más oportunos. Mientras el Diplocat, bien provisto de fondos, inauguraba su campaña internacional de descrédito contra España, el somatén mediático informaba (LV, 29/4):

El Govern de Artur Mas dice adiós al cuatrimestre de infarto para las arcas de la Generalitat con el abono hoy de 2.491 millones correspondientes a dos emisiones de bonos patrióticos –del 2011 y el 2012– gracias al Fondo de Liquidez Autonómico, que ha asumido el pago de los 4.420 millones de vencimientos de deuda que debía afrontar la Generalitat este abril. (...) Quedarían pendientes el pago de otro vencimiento de bonos el próximo noviembre, por valor de 1.581 millones, y la última en abril del 2014, por 781 millones. Catalunya solicitó al fondo 9.073 millones para el 2013, 7.684 millones para afrontar vencimientos, y 1.389 millones más para financiar el déficit hasta ahora previsto del 0,7%.

Los fabricantes de propaganda antiespañola conchabados en el Diplocat no pasarán penurias económicas. Tampoco las pasarán los empresarios del somatén mediático.

Nos enteramos (LV, 9/2) de que

Francesc Homs anunció, por otro lado, la supresión de las subvenciones y ayudas del Govern a los medios de comunicación, con la única excepción de los vinculados al uso de la lengua catalana. "El Govern tiene que escoger y, en la situación presupuestaria actual, la prioridad, nuestra línea roja, es preservar y potenciar el espacio catalán de comunicación", justificó. El ejercicio del 2012 la Generalitat destinó 9.468.000 euros a subvenciones a los medios de comunicación, de los que unos 5.000.000 correspondían directamente al uso del catalán y los 4.400.000 restantes a otros proyectos no relacionados con el idioma, que son los que a partir de los presupuestos del 2013 quedarán anulados.

Antesala del totalitarismo

Cuando el gobierno de una comunidad autónoma deja de cumplir las funciones que marca la ley y se pone al frente de un movimiento secesionista, con el agravante de que pretende monopolizar la razón política y descalifica a los partidos, las redes sociales y los ciudadanos que no se pliegan a sus caprichos ni comulgan con sus dogmas, es lícito argumentar que estamos en la antesala del totalitarismo. Cuidado: no del nazismo, ni del fascismo, ni del comunismo, sino de un totalitarismo visceral, desprovisto de sustento ideológico. Y la sociedad tiene el derecho y el deber de precaverse contra esa involución. Una involución movilizada y financiada desde la cúpula del poder local, con todos los medios a su alcance.

El portavoz de ERC en el Congreso, Alfred Bosch, acusó al Gobierno de España de patrocinar la operación Horizonte Después del Centro Nacional de Inteligencia, dotada con 10 millones de euros, para frenar el proceso secesionista. Y la panfletista Pilar Rahola entró a competir con Julian Assange al desvelar (LV, 19/2) que existe, en el CNI, una partida de "asesoramiento para la protección de los intereses nacionales" dentro del programa 412Q, con un aumento del 11% en su presupuesto, y que está dedicada a "proporcionar al Gobierno la información necesaria para prevenir cualquier amenaza que afecte a la integridad de España".

Si es realmente así, los ciudadanos que nos sentimos cómodos en el siglo XXI, sin añoranzas por las quimeras feudales de hace mil años, ni por las guerras dinásticas de hace tres siglos, ni por los frustrados desplantes insurreccionales de 1934, podemos dormir tranquilos, abrazados a nuestra identidad, que no está asociada a una lengua o a un territorio sino a los valores del humanismo, la Ilustración y la civilización occidental.

El enemigo de esos valores, con el que compartimos la cama –España–, está controlado.

Sin embargo, queda en pie un interrogante: Josep Antoni Duran Lleida, que concilia su corresponsabilidad en la cúpula de la coalición secesionista con el cargo de presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso, ¿avala desde su poltrona las mentiras con que Diplocat enloda en el resto del mundo la imagen de España?

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