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El tabú de la convivencia

En Cataluña se vive una crisis de convivencia, pero no entre la buena gente sino entre los tiburones que se disputan la suculenta presa del poder.

Eduardo Goligorsky
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Carles Puigdemont | EFE

Informa la prensa (LV, 16/3) que Carles Puigdemont mostró a Pedro Sánchez su enfado por la expresión "crisis de convivencia" referida a Cataluña que utilizó durante el fallido debate de investidura.

Le afeó con vehemencia el uso de un concepto que le aclaró que no se corresponde en absoluto con lo que es la realidad en Catalunya, y que por tanto es falso.

Para apuntalar su argumento esgrimió "la amplia aceptación que tiene la celebración de un referéndum", aunque omitió explicar que se refería a encuestas no verificadas, en tanto que lo que sí está comprobado en las urnas es que sólo el 47.8% de los ciudadanos vota a los partidos secesionistas. Mayor fractura, imposible. Como era de prever, dada su indigencia intelectual y su propensión a achantarse, "el líder del PSOE tomó nota de la reprimenda, admitió el error y se comprometió a no repetirlo". Ya antes lo habían zarandeado sus correligionarios del claudicante PSC.

La clave del equívoco

La convivencia es un tema tabú y, como sucede en todos los regímenes autoritarios, el mayor pecado consiste en denunciar a quienes, abusando de su poder, la ponen en peligro o directamente la anulan. Y no existe nada más lesivo para la convivencia que el proyecto de desconectar unilateral y arbitrariamente a los ciudadanos que residen en una parcela del territorio español de sus familiares, socios, clientes, colegas y amigos que residen en el resto del mismo territorio, fracturando vínculos sentimentales, económicos y culturales. Con el agravante de que, por mucho que se haga para ocultar la verdad, sobran las pruebas y testimonios de que este proceso también implica la ruptura con Europa y el resto del mundo civilizado.

La clave del equívoco consiste en que los secesionistas consideran que quienes no comparten sus dogmas no son sus conciudadanos y, por lo tanto, tampoco gozan del derecho a disfrutar de lo que para ellos es la convivencia. Basta, para comprobarlo, ver el desprecio con que tratan a quienes no se ciñen a esos dogmas: son desde traidores y botiflers hasta catalanófobos (Josep Maria Álvarez dixit) aunque sean catalanes de pura cepa. Tan catalanes o más catalanes que sus detractores. Ay de quien se aparte de la ortodoxia: su identidad queda en entredicho. Y la identidad es la piedra de toque para gobernar la convivencia entre "los nuestros" y "los otros". Recuerdo, una vez más, el apotegma descarnadamente retrógrado de la pregonera Pilar Rahola ("Ratones", LV, 1/3), que podría aparecer como cita liminar del Mein Kampf, de las obras completas de Sabino Arana o Jean-Marie Le Pen, o del manual del perfecto salafista:

Es lo que tiene perder los orígenes, que se pierde la dignidad.

Manía peligrosa

Las personas inteligentes no sólo conservan la dignidad sino que la robustecen, y refuerzan asimismo sus lazos con el resto del género humano, a medida que se alejan de sus orígenes y se dejan guiar por los mandatos de la racionalidad. Lo explica Michel Wieviorka con rigor didáctico para que lo entiendan hasta los más obtusos ("La obsesión de los orígenes", LV, 26/12/2014):

Me conozco mejor si sé los estudios que puedo hacer, si conozco mi trabajo, la familia que he creado, los amigos y los íntimos que frecuento, la forma en que considero y enfoco la política, mis creencias religiosas, etcétera, que si sé que hace quinientos años mis antepasados, de los que en realidad conozco pocas cosas, vivían en tal sitio, profesaban tal religión, etcétera. Cuanto más lejano queda el pasado, menos me define y me caracteriza. En este sentido, la búsqueda de los orígenes es una aspiración mítica, que aporta un relato imaginario que se supone que explica el presente, siendo así que tal presente debe bien poco a ese pasado.

Si la obsesión por los orígenes puede desembocar en la creación de genealogías espurias, desconectadas -aquí sí se aplica el término- de la realidad y rayanas en la estulticia, la porfía identitaria está cargada de ingredientes letales para la convivencia, mal que le pese a Carles Puigdemont. Amin Maalouf se ha ocupado de esta manía peligrosa en su libro Identidades asesinas (Alianza Editorial, 1999). Leemos:

Desde el comienzo de este libro vengo hablando de identidades asesinas, expresión que no me parece excesiva por cuanto que la concepción que denuncio, la que reduce la identidad a la pertenencia a una sola cosa, instala a los hombres en una actitud parcial, sectaria, intolerante, dominadora, a veces suicida, y los transforma a menudo en gentes que matan o en partidarios de los que lo hacen. Su visión del mundo está por ello sesgada, distorsionada. Los que pertenecen a la misma comunidad son "los nuestros", queremos ser solidarios con su destino, pero también podemos ser tiránicos con ellos si los consideramos "timoratos", los denunciamos, los aterrorizamos, los castigamos por "traidores" y “renegados”. En cuanto a los otros, a los que están del otro lado de la línea, jamás intentaremos ponernos en su lugar.

Beligerancia identitaria

Llegados a este punto es indispensable subrayar un dato clave que quita hierro al enfado de Carles Puigdemont: claro que existe una crisis de convivencia en Cataluña, pero no la generan los ciudadanos sino las medidas discriminatorias de los sucesivos gobiernos nacionalistas, con el suyo como final de ciclo. Y también existen los temas tabú. En los centros urbanos, que concentran la mayor parte de la población, los familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo mantienen relaciones modélicas mientras no sacan a colación los temas relacionados con la política identitaria y lingüística de matriz totalitaria. Por supuesto, ello implica un déficit en lo que habitualmente se entiende por convivencia, aunque las personas más ecuánimes y serenas pueden polemizar sobre estas cuestiones civilizadamente.

Es el gobierno de la Generalidad el que desde los tiempos del patriarca innombrable puso en marcha una política de beligerancia identitaria encaminada a envenenar, premeditada y planificadamente, el clima de convivencia entre los ciudadanos. Esa política se desarrolló a través de los partidos nacionalistas, los medios de comunicación oficiales y subvencionados, determinadas redes sociales, los activistas fanáticos y -lo más imperdonable-, los centros de enseñanza. La ofensiva ha sido tan feroz y escandalosa que el notario Juan-José López Burniol, incansable patrocinador de terceras vías estériles, asustado con sobradas razones por la crispación cotidiana, evocó la tragedia de Antonio Machado y su madre al huir de España en las postrimerías de la Guerra Civil y escribió, hace ya dos años ("¿Llegamos pronto a Sevilla?", LV, 22/2/2014):

Otra vez ha germinado entre nosotros la semilla de la intolerancia, siempre presta a convertirse en odio. Lo han de tener muy en cuenta todos los que hoy llevan la antorcha -todos sin excepción, a un lado y otro del río- y muchos de los que escriben y hablan -escribimos y hablamos- con mayor, menor o ningún conocimiento de causa, porque de ellos -de nosotros- es la responsabilidad por lo que está sucediendo, que no es, ni más ni menos, que el inicio de un grave enfrentamiento incivil refractario a todo arreglo.

Disputa de tiburones

La severa reprimenda del implacable Carles Puigdemont al pusilánime Pedro Sánchez tiene, además, un toque surrealista. Quienes hoy están implicados en una crisis de convivencia mayúscula son precisamente los capitostes del vodevil secesionista. Y no sólo de convivencia. La directora adjunta de La Vanguardia titula su columna dominical (20/3) "Crisis de identidad". ¿El escenario es un barrio de inmigrantes? No, es nada menos que Convergència. Diagnostica M. Dolores García con precisión clínica:

La figura de Mas atraviesa por una crisis de identidad que supura por el partido, se extiende al grupo parlamentario y acaba afectando al Govern. Mientras el expresident modera sus expresiones para que la nueva Convergència compita en el difícil mercado electoral, rechaza una declaración unilateral de independencia y alerta que antes hay que superar el 50 % de los votos, su sucesor declara en la prensa internacional que la secesión puede lograrse sin el acuerdo de Madrid. Mientras el Govern, por su composición y apoyos parlamentarios vira a la izquierda, en Convergència la confusión ideológica no puede ser mayor. (…) Las dificultades para conciliar los intereses de CDC y el Govern son cada vez mayores. (…) Mientras que el grupo parlamentario de Junts pel Sí comienza a dar señales de resquebrajamiento.

Eso sí, la misma periodista informa a continuación que Mas "abomina de Esquerra y de la CUP" y en la página siguiente se lee que la CUP presiona al Gabinete de JxSí para que cumpla la resolución de ruptura y desobedezca al Tribunal Constitucional. Y qué es la CUP sino una tropa anárquica de energúmenos unidos sólo por el odio a Europa, a España y a la burguesía catalana malvendida por Convergència.

En síntesis, es cierto que en Cataluña se vive una crisis de convivencia, pero no entre la buena gente sino entre los tiburones que se disputan a dentelladas la suculenta presa del poder.

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