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El vudú de la élite desquiciada

¿Por qué no un ayatolá, un Maduro, un Putin, un Xi Jinping, un Erdogan? Pues porque además de codiciosos son cobardes

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Los iconoclastas de la antigüedad tenían la excusa de destruir imágenes, símbolos y mitos del pasado para abrir paso al futuro. Unas veces lograban el efecto deseado y otras no, e incluso podían llegar a ser contraproducentes y objetivamente retrógrados, como mostró la merecidamente multipremiada película histórica Ágora (2009), de Alejandro Amenábar. Pero siempre su disculpa consistía en que los movía la pureza de sus creencias y la preocupación por el bienestar espiritual de sus semejantes.

Parodia de iconoclasia

La parodia de la iconoclasia a la que estamos asistiendo en el mundo, y sin ir más lejos en España, se traduce en una ofensiva enconada contra los cimientos de nuestra forma de vida en una sociedad moderna, abierta, de ciudadanos libres e iguales, respetuosos de la ley y del sistema democrático de gobierno, sea este monárquico o republicano. Algunos protagonistas de esta parodia se agrupan en movimientos llamados, con razón, "antisistema", y su maniqueísmo y autoritarismo los convierte inevitablemente en totalitarios. De izquierda o de derecha, pero siempre totalitarios.

Acabamos de presenciar uno de sus montajes espectaculares, de dimensiones literalmente gigantescas, cuyos ejecutores no son iconoclastas, aunque se atribuyan ese papel. Son ejemplares típicos de la élite desquiciada que aprovecha su posición de privilegio para asestarnos obscenidades que las fuerzas del orden público no tolerarían a un pintamonas callejero. Con el agravante de que en este caso no se trata de una obscenidad cutre sino de un producto de luxe, presuntamente reservado para un público de gusto exquisito y abultada cuenta bancaria.

Me refiero, por supuesto, al Ninot, escultura de casi cuatro metros y medio de altura, que representa al rey Felipe VI. Se ha exhibido en un stand de la feria de arte Arco, de Madrid, y los dos vivales que la tallaron en poliuretano, cartón piedra y tela, han pedido por ella 200.000 euros. Con una condición: el pagano debe comprometerse, por contrato, a prenderle fuego en un plazo máximo de un año, con derecho a conservar el vídeo de la quema y una calavera de material ignífugo que hay en el interior.

Aprendices de Torquemada

¿Cómo deberían haber reaccionado las personas racionales ante tamaña aberración? Ya estamos acostumbrados a la barbarie de los gamberros que queman indistintamente retratos del Rey, neumáticos, banderas, contenedores o coches en la vía pública. O que escrachan a los opositores y les prohíben la entrada en sus reductos étnicos. O que embadurnan con estiércol la fachada de los juzgados. O que desgarran un ejemplar de la Constitución frente a las cámaras de televisión. Pero es revelador que la élite desquiciada les ría las gracias a estos dos cofrades suyos, aprendices de Torquemada pirómanos, con frondosos legajos en el cambalacheo rentable del pseudo arte provocador, y que se enriquecen halagando el agresivo paleoencéfalo reptiliano de sus iguales. Son todos miembros de la misma camada decadente.

La ínfima catadura moral de estos mercachifles queda al descubierto cuando se piensa en la cantidad de dictadores que podrían haber caricaturizado en lugar de encarnizarse con un demócrata ilustrado, en cuyo reino impera la libertad suficiente para que ellos puedan lucrar con sus indecencias. ¿Por qué no un ayatolá, un Maduro, un Putin, un Xi Jinping, un Erdogan? Pues porque además de codiciosos son cobardes, predispuestos a postularse como serviciales retratistas bien renumerados de cualquiera de estos déspotas sanguinarios, o de todos.

Ritual de odio

La élite desquiciada ha tolerado sin pestañear la contaminación del recinto de Arco con un engendro insidioso que sus pares de la chusma nihilista construyeron y condenaron a la hoguera, y en el día señalado asistirá con morbosa curiosidad a su quema, degradándose paulatinamente hasta bajar al nivel de los indígenas supersticiosos de África, Brasil y el Caribe: idólatras anclados en la Edad de Piedra, cuyos brujos utilizan el vudú, convencidos de que al incinerar el muñeco que encarna a su enemigo, o al clavarle alfileres, o al ahorcarlo colgándolo de un puente como hicieron unos brutos en Lérida (El Periódico, 27/2), lo están matando. Un ritual primitivo de odio que, repetido en España, es un misil letal que los crápulas necrófilos disparan contra cuarenta años de convivencia civilizada que ayudaron a cicatrizar las heridas de la guerra fratricida.

El comportamiento contra natura de esta élite desquiciada, capaz de festejar la destrucción simbólica de la autoridad constitucional a la que todos los españoles -incluidos estos hijos descarriados- debemos estar agradecidos porque nos protege de los practicantes atrabiliarios del vudú, me recuerda la alienación del psicópata caníbal que maltrató, asesinó, descuartizó y devoró a la mujer que lo dio a luz y lo crio (El Mundo, 22/2).

Este no es un alegato a favor de la censura, pero sí del deber de expresar pública y rotundamente, como aquí lo hago, el desprecio que la estulticia de esta gentuza antisocial inspira a las personas que están en su sano juicio. Recobremos la cordura antes de que la élite desquiciada y sus hechiceros cainitas nos conviertan, metafóricamente, en el plato predilecto de los impenitentes caníbales tribales que nos invaden.

PS: Jordi Cuixart se definió, ante los jueces, como "medio español", porque su madre era murciana. Es significativo que este supremacista se acoja a las categorías implantadas por las leyes racistas que el régimen nazi promulgó en Nuremberg: arios puros, mestizos de distinto grado (mischung) y no arios, condenados estos últimos a la servidumbre o a la cámara de gas. En la España civilizada de la que Cuixart y sus compinches reniegan, no existen "medio españoles" ni tampoco "cuarterones", para decirlo en el lenguaje de los antepasados esclavistas. Obviamente, esas infames leyes discriminatorias sobre limpieza de sangre que dictaron los nazis forman parte del inconsciente colectivo de todos los supremacistas étnicos, y por eso afloran en su discurso con la mayor naturalidad.

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