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Epidemia de disparates

Urge combatir esta epidemia de disparates, para lo cual no habrá nada mejor que recurrir a los anticuerpos engendrados por la misma sociedad catalana.

Eduardo Goligorsky
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Después de hacer un balance de los desatinos que jalonan la desaprensiva campaña encaminada a convertir Cataluña en una ínsula tribal asentada sobre nostalgias feudales, Francesc de Carreras sentenció (El País, 12/2): "En la historia universal del disparate nos dedicarán unas cuantas páginas". Volúmenes íntegros, diría yo.

Simulacro de noticia

La epidemia de disparates tiene su foco de irradiación en la cada día más espesa red de propaganda que ha montado la Generalitat, con la colaboración interesada de la prensa afín. Una prensa que presta la obediencia debida a las instrucciones del amo y que ha borrado la línea de división deontológica entre la información y la opinión. Peor aun: entre la información y la deformación. Así, leemos en el titular de un simulacro de noticia que firma el comisario político Jordi Barbeta (LV, 22/1): "Mas expondrá su plan a las Españas". ¿Las Españas? ¿Acaso hay -fuera de los delirios y los prejuicios de los militantes secesionistas- más de una? ¿En qué texto de geografía figuran? ¿Están representadas en la UE, la ONU y la OTAN? Insisto: aparece en el titular de un simulacro de noticia y no es una frase intercalada en una columna de opinión.

El corresponsal del mismo somatén mediático en Valencia, Salvador Enguix, introduce, a su vez, una tergiversación torticera en el texto de otro simulacro de noticia (LV, 9/2). Cuando ya está acuñado el término secesionista para identificar a quienes pretenden amputar Cataluña de España, Enguix lo aplica a los valencianos que, para resistir los proyectos expansionistas -públicos o encubiertos- de algunos irredentistas catalanes, subrayan las escasas diferencias entre su lengua y la de sus vecinos. Pero ¿secesionistas? ¿Temen Enguix, La Vanguardia y sus patrocinadores que se rompa la unidad de los Països Catalans mediante la secesión de Valencia? Conspiran contra la unidad de España, de "la puta España", como vomitaba el hoy canonizado Pepe Rubianes, pero la de los Països Catalans es, para ellos, sagrada. Esto explica que la denominación Catalunya Nord aparezca cada vez con mayor frecuencia, y con cualquier pretexto, en las páginas del somatén mediático, anexando territorio francés con el rótulo que acuñó Alfons Mias, el mismo que después de colaborar con los nazis se refugió en la España de Franco.

Lavados de cerebro masivos

He reiterado muchas veces que jamás caería en el error de comparar el nazismo o el comunismo, dos caras del mal absoluto, con el secesionismo catalán, que no pasa de ser un capricho fastidioso de élites endogámicas vertido en moldes populistas. Fastidioso, sí, e incluso peligroso para quienes podemos sufrir sus efectos involucionistas, pero no terrorífico. Sin embargo, es un secesionista quien se encarga de recordarnos, sin proponérselo, que todos los totalitarismos, desde los más perversos hasta los más histriónicos, tienen puntos en común que se manifiestan en su predilección por los lavados de cerebro a través de todos los medios de comunicación, como los que acabo de describir, y por las movilizaciones espectaculares de masas como las que organizan los secesionistas. Xavier Antich aborda estas técnicas de proselitismo compartidas por todos los totalitarismos en su artículo "La propaganda nazi" (LV, 20/1) y dispara, por elevación, también contra su totalitarismo favorito: el secesionista. Después de asistir a un ciclo de la Filmoteca de Catalunya sobre El cine de propaganda nazi escribe:

Como ya también señaló [Hannah] Arendt, "sólo el populacho y la élite pueden sentirse atraídos por el ímpetu mismo del totalitarismo, las masas tienen que ser ganadas por la propaganda".(…) En unos casos la propaganda, como parte de la política de comunicación, buscaba convencer y persuadir, aunque fuera con la manipulación o falsificación de la realidad. En otros, se buscaba el adoctrinamiento, que es, en realidad, un instrumento de la ideología coercitiva que busca dominar, conformar conciencias y modular identidades.. (…) Estas películas promueven o bien la victimización de los alemanes o bien la glorificación de unas virtudes éticas que la realidad estaba desmintiendo de forma ostentosa. Los alemanes arios son mostrados como víctimas, débiles, injustamente tratados, agredidos, inocentes, objeto de la violencia de todos los otros.

Propaganda, manipulación, falsificación, adoctrinamiento, victimismo, autoglorificación, satanización de los otros. Es difícil sintetizar con más precisión los componentes básicos de la ofensiva secesionista.

Un guiñol denigrante

Francesc-Marc Álvaro es otro secesionista que, intoxicado por las falacias de su propio discurso, dispara argumentos sin darse cuenta de que estos se vuelven como un bumerán contra él y sus cofrades. Empeñado en demostrar que su clan no es étnico ni racista (LV, 23/1), se contradice al reconocer que, como explica el sociólogo Wieviorka,

"el racismo ha cambiado de rostro" y se ha hecho más sutil. El criterio de este experto es sugerente y ubica el debate en el terreno de los derechos, en una sociedad multicultural que tiene una estructura institucional que confunde integración y asimilación.

De esto se trata, hoy, en Cataluña. No del tronco matriz del racismo al que nos acostumbraron el Ku Klux Klan, el nazismo o la Sudáfrica del apartheid, sino de su variante más sutil: el retoño que vulnera los derechos cuando proscribe y discrimina la lengua española en la enseñanza, en las instituciones públicas e incluso en los carteles publicitarios. Un retoño que lleva su fanatismo al extremo de fijarse como objetivo el tendido de una frontera entre siete millones de catalanes y sus cuarenta millones de compatriotas españoles. No porque los consideren una raza aparte o inferior, sino porque los demonios identitarios sirven de pretexto para resucitar agravios de hace trescientos años. Arrastrar a los niños de las escuelas al escenario trucado del Born para dictarles lecciones de odio contra los compatriotas españoles tampoco es racismo en estado puro, pero lo parece. Y convertir al andaluz José Montilla en presidente de la Generalitat para que sirviera sumisamente los dictados de la camarilla secesionista también colisionaba con la imagen de lo que se define como racismo, pero… cuando creyó que su docilidad le daba el derecho a participar en la marcha por el Estatut lo corrieron a gorrazos. Para que el nouvingut advenedizo aprendiera a ceñirse al espacio que le habían asignado las cuatrocientas familias (Fèlix Millet dixit) dueñas del poder.

Después meter la pata al citar a Wieviorka, Álvaro volvió a equivocarse al interpretar en el mismo artículo, como un argumento a su favor, otra cita que deja malparados a los fanáticos en cuyas filas él milita con sus soflamas:

El escritor israelí Amos Oz ha escrito (sic) que "la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo". (…) El fanático, como también señala Oz, puede ser cualquiera y por eso hay que vigilar. La superioridad moral conduce a prescindir de la verdad y se fundamenta en el prejuicio y la mentira.

Una descripción impecable de los mecanismos intrínsecos de la ofensiva secesionista. Y cuando Álvaro quiso cerrar su artículo con un rapto de humor cáustico, nuevamente le salió el tiro por la culata. Imaginó la posibilidad de que un personaje deleznable como el cómico antisemita francés Dieudonné "acabe actuando un 20 de noviembre en el Valle de los Caídos". ¿Por qué tan tarde y tan lejos? Los promotores Miquel Calçada (alias Mikimoto) y Toni Soler podrían contratar a un émulo del difunto Pepe Rubianes –aquel de "la puta España"– para que interprete un guiñol denigrante el 11 de septiembre en el escenario del Born, donde espectáculos de esta naturaleza, preñados de beligerancia cainita, son el pan nuestro de cada día. El guiñol podría consistir en la lectura de las actas del simposio España contra Cataluña, para verter otra dosis de veneno en las mentes del público adulto e infantil.

Urge combatir esta epidemia de disparates, para lo cual no habrá nada mejor que recurrir a los anticuerpos engendrados por la misma sociedad catalana que, harta de abusos, empieza a exhibir sus virtudes de moderación y sensatez.

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