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Eduardo Goligorsky

La república que los parió

Como siempre, el secesionismo suma el 36% del censo. Ni la mitad más uno, ni la mayoría excepcional que se atribuían sus líderes y sus portavoces.

Como siempre, el secesionismo suma el 36% del censo. Ni la mitad más uno, ni la mayoría excepcional que se atribuían sus líderes y sus portavoces.
EFE

La república que los parió tenía taras congénitas. E inevitablemente las heredaron sus vástagos catalanes. Hostiles al modelo sobre el que descansa la grandeur –imperfecta como todas– de Francia, abrazaron el de los Estados totalitarios, endogámicos y maniqueos. Despotismo caudillista en muchas repúblicas de América Latina. Despotismo tribal en casi todas las de África. Despotismo oligárquico-mafioso en las que formaron parte del imperio soviético. Y en Cataluña una tentativa de saltarse el marco del Estado de Derecho en medio de una pugna feroz entre los clanes de cainitas que fueron paridos por la república tarada para desmontar el Reino de España. Terminator Puigdemont contra fray Junqueras.

Por fin, elecciones

Enric Juliana quiso conocer la opinión de intelectuales italianos residentes en Cataluña acerca del movimiento insurreccional, y la profesora Paola Lo Calcio lo describió con impecable precisión ("Sguardi sulla Catalogna", LV, 18/12):

Pugnan por la hegemonía. Pugnan por ser el Partit de Catalunya. Es una competición muy táctica, muy espesa y muy minuciosa. Una competición intrigante que ha emitido mucha toxicidad. (…) La lucha por el Partit de Catalunya vacante ha enconado el choque de identidades, provocando una colosal división en la sociedad. Existe el riesgo de que la comunidad soberanista acabe muy encerrada sobre sí misma, resentida, dolorida y sin capacidad de autocrítica.

Entiéndase bien: el choque de identidades y la colosal división de la sociedad a los que alude la profesora son los que se producen dentro de la comunidad secesionista. Mucho más devastador es el abismo que estas camarillas de crápulas han abierto en el conjunto de la sociedad catalana, ninguneando e intimidando a la mayoría constitucionalista, corrompiendo las instituciones y empobreciendo a todos, incluidos sus seguidores. La nación, la patria, la república, el poble, les importan un rábano a estas sanguijuelas, que solo los utilizan como fetiches para pescar incautos.

Por fin ha habido elecciones. Elecciones que los secesionistas temían como a la peste y por eso convocaban marchas típìcas de todos los regímenes totalitarios y referéndums con la misma impronta. Optaron por la DUI suicida para evitar las elecciones. La mayoría constitucionalista debe agradecer al Gobierno del Reino de España que desempolvara el artículo 155 de la Constitución para reimplantar el sistema democrático en Cataluña. Un sistema que cualquiera de los dos líderes supremacistas enfrentados por la pasta habría enterrado definitivamente con su república tarada.

El voto de los purines

El sistema electoral tramposo que duplica el valor del voto de los purines en perjuicio de los del montaje de automóviles todavía puede dar una oportunidad a la marabunta depredadora de Cataluña. Si el penitente de Estremera, el histrión cobarde de Bruselas y los mamporreros antisistema de la CUP entierran transitoriamente las navajas con que se despellejan los unos a los otros, los tendremos nuevamente encima con su hoja de ruta suicida: éxodo continuado de empresas, bloqueo de inversiones, aumento del paro, caída del consumo y las ventas, persistencia del adoctrinamiento en la escuela, debilitamiento del sistema de seguridad. Y, ahora sí, un referéndum para salir de la Unión Europea. Todo esto envenenado por la fractura social.

Bomba de relojería

La fractura social es lo que ha convertido el resultado de la elección del 21-D en una bomba de relojería. Lo diagnosticó (con datos de 2015) Joan Botella, decano de la Facultad de Ciencias Políticas de la UAB ("La Contra", LV, 19/12):

Nuestra división política en dos bloques refleja la de Catalunya: si usted traza una línea entre Lleida y Girona, el segundo partido más votado al norte es la CUP, y al sur, Ciudadanos. Hemos perdido el consenso constitucional que representaban socialistas, convergentes e Iniciativa. (…) El riesgo es que hoy en Catalunya partidarios y contrarios a la independencia están separados geográfica y sociológicamente.

El voto secesionista, sumados todos los componentes de la olla podrida, asciende a 2.000.000 de los 4.345.000 emitidos y los 5.550.000 del censo total. Como siempre, el secesionismo suma el 36% del censo. Ni la mitad más uno, ni la mayoría excepcional que se atribuían sus líderes y sus portavoces.

El bloque constitucionalista tiene la inmensa responsabilidad de desmontar la bomba de relojería y de hacer valer su mayoría de votos para frenar a la minoría parasitaria. Es probable que Márius Carol esté arrepentido de haber sido tan elocuente, pero la consigna rotunda que enunció ya es de dominio público y debemos convertirla en nuestro mantra:

O enterramos el procesismo o cavará nuestra tumba.

Enterrarlo con la ley y el artículo 155 de la Constitución en la mano.

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