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Eduardo Goligorsky

Los envenenadores recetan

Los envenenadores recetan la capitulación de los constitucionalistas cuando los enemigos de España intentan poner a su elegido al frente del Gobierno.

Eduardo Goligorsky
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Eduardo Goligorsky - Los envenenadores recetan
Pedro Sánchez y Albert Rivera, durante su reunión de este martes en La Moncloa. | EFE

Albert Rivera y Ciudadanos están acaparando, en pocos días, más espacio mediático que el que ocuparon desde su aparición en el escenario político. Llueven sobre ellos opiniones, críticas y consejos dispensados con una prodigalidad que el observador desprevenido podría interpretar como una prueba de afecto y de interés por corregir posibles errores tácticos para garantizarles el éxito de su iniciativa. Sobresalen, en esta campaña de asistencia benévola, personajes y medios que hasta ayer nomás menospreciaban al dirigente citado y a su partido o solo se ocupaban de ellos para borrarlos del mapa. El súbito interés que esos viejos detractores demuestran ahora para llevarlos por el buen camino invita a pensar que su intervención reparadora encubre el deseo de utilizarlos para sus fines espurios antes de hacerlos desaparecer. Son envenenadores que le recetan al paciente, con pretextos humanitarios, el elixir de la buena muerte.

Fines espurios

¿Fines espurios? Basta pasar revista a los materiales que abordan este tema para comprobar que cualesquiera sean las disquisiciones de sus autores, todos ellos desembocan en una única y apremiante conclusión: si Ciudadanos desea conservar su imagen de partido liberal y Rivera la suya de líder progresista, sus diputados deben abstenerse en el Congreso cuando se vote la investidura de Pedro Sánchez.

No voy a entrometerme en los debates internos de Cs sobre esta cuestión: soy partidario de mitigar las diferencias entre constitucionalistas, no de verterles gasolina, porque los necesitamos a todos unidos. Pero incurriría en un acto de abandono de mis convicciones si no denunciara la felonía de quienes hostigan desde fuera a Ciudadanos porque no le perdonan su negativa insobornable a colaborar bajo cuerda en el encumbramiento del entreguista Sánchez.

Cornudo apaleado

El mayor despropósito, que los pactistas repiten hasta el hartazgo, consiste en sostener que al negarse a facilitar la elección de Sánchez, Ciudadanos lo empuja a los brazos de los comunistas, los secesionistas y los blanqueadores de etarras. Lo remacha un editorial tendencioso ("La crisis de Ciudadanos", LV, 25/6):

Por eso, [Rivera] ha negociado con el PP y con Vox. Por eso, se niega a apoyar la investidura de Sánchez, pese a que tal apoyo libraría al socialista de cualquier dependencia de Unidas Podemos o de los independentistas.

El reproche destila parcialidad sanchista. El trepador de marras optó por depender de esa gentuza desde el vamos, porque se siente más cómodo intercambiando favores con la chusma totalitaria que dialogando con los ciudadanos libres e iguales. Si Rivera cediese a las presiones y le abriera las puertas de la Moncloa a Sánchez, haría el papel del cornudo apaleado, porque el ungido seguiría prefiriendo amancebarse con la hez del contingente cainita.

Retórica difamatoria

La élite que se ha confabulado para imputar a Rivera la derechización de su partido huele a rancio. Juan Luis Cebrián no vacila en autoproclamarse apóstol del liberalismo español para adoctrinar con lecciones de apolillada progresía a un público cada vez más raleado. Y abomina de la rectitud de Ciudadanos, acusándolo de negarse a dar el visto bueno al doctor Sánchez ("Carta de un liberal de acá a un liberal de allá", El País, 24/6). Le augura la defunción:

Comienza a agonizar y envenenado también por la pócima y el arrebato del poder, aunque la beba por el momento (¡encima esto!) en proporciones casi irrisorias.

Cebrián no se priva de emplear la retórica difamatoria que aprendió durante su espectacular carrera al servicio del aparato de propaganda del Caudillo, y acopla insidiosamente a Ciudadanos con Vox, "un partido neofranquista, heredero del más crudo credo reaccionario" En boca de Cebrián, que sirvió a aquel credo reaccionario cuando no era rentable ser un "liberal de acá", sus argumentos suenan a la mención de la soga en casa del ahorcado.

No es no, no y no

Los envenenadores son precisamente quienes recetan la capitulación de los partidos constitucionalistas cuando los enemigos de España intentan poner a su elegido al frente del Gobierno. La fórmula del veneno lleva la marca del aprendiz de brujo Rodríguez Zapatero, con el aval del necrófilo Arnaldo Otegi. Facilitar la investidura del escanciador del brebaje equivale a aceptar el contubernio con los comunistas, la fragmentación de España, el indulto de los golpistas, el blanqueo de los terroristas y la euskaldunización de Navarra. Ninguna de estas traiciones contará con el voto de Ciudadanos, del PP o de Vox y sí con el del actual (y esperemos que transitorio) PSOE, Unidas Podemos y la olla podrida de partidos antiespañoles. No es no, no y no.

Investidura exprés

Existe, sin embargo, una vía para concertar una investidura exprés, prescindiendo de las trampas y capitulaciones que los trileros guardan bajo sus cubiletes. No me explico por qué todavía no la planteó ninguno de nuestros eminentes politólogos. El único obstáculo para dicha concertación tiene nombre y apellido: Pedro Sánchez. Un trepador inescrupuloso del que el PSOE se había desprendido con muy buen tino y que volvió a coger el bastón de mando rescatado por el voto de 74.223 militantes de su partido. Esos escasos 74.223 ciudadanos son los padres del engendro que ahora pone patas arriba el Reino de España y amenaza la continuidad de la vida institucional democrática.

La presión no debe recaer sobre el PP y Ciudadanos para que renuncien al deber de enrocarse en la defensa de la Monarquía constitucional y la integridad de España, sino sobre el PSOE para que se desembarace del candidato pringado. Bastaría que en el PSOE perdure una pizca de cordura y de patriotismo, o que en la sociedad se produzca un movimiento regeneracionista masivo, para barrer el engendro del escenario y sustituirlo por un candidato potable. Cito un nombre, Javier Solana, que no es el desiderátum (ver mi artículo "Javier Solana, maestro ciruela", LD, 7/5/2011), pero que muy probablemente satisfaría las expectativas de los partidos constitucionalistas para una investidura exprés.

Él, u otro de su talla en el plano nacional e internacional, pero por favor librémonos lo antes posible del pelele conchabado con la anti España.

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