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Eduardo Goligorsky

Los golpistas mandan

Quien desee coser las heridas que supuran en la sociedad catalana, previa desinfección, deberá buscar sus interlocutores en la franja racional.

Eduardo Goligorsky
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Quien desee coser las heridas que supuran en la sociedad catalana, previa desinfección, deberá buscar sus interlocutores en la franja racional.
Pedro Sánchez y Quim Torra | Moncloa

Todo golpe de Estado con perspectivas de éxito está precedido por negociaciones secretas del más alto nivel entre las fuerzas políticas y económicas que buscan beneficiarse de su desenlace. Las tratativas se complican cuando intervienen en ellas, con un papel prioritario, representantes de un país extranjero o, como en el caso de España, de un conglomerado subversivo cuyo propósito consiste en arrancar prerrogativas para desguazar el territorio nacional y convertir su parcela en ese país extranjero hasta ahora inexistente. Llegada la hora en que los usurpadores del poder cumplen sus pactos ocultos con la fracción foránea del golpe, el espectáculo humillante que protagonizan los subastadores de la soberanía nacional avergüenza y enardece a todos los ciudadanos que conservan un mínimo de respeto por la solidaridad con sus compatriotas.

La clave del entramado

El lector atento de la prensa pudo tener un presagio de lo que se estaba cocinando cuando aun antes del encuentro entre los dos ungidos por sus respectivos golpes, el Gobierno de la repúblika mostrenca anunció (LV, 4/7) quiénes serían sus representantes en la Comisión Bilateral Generalitat-Estado. Los sediciosos ya habían acordado con los entreguistas la exhumación de este ente anómalo. Pero la clave del entramado está en el hecho de que esos representantes de la Generalitat forman parte de la rama más beligerante, que pretende tratar de igual a igual con otros países, utilizando mercenarios travestidos de embajadores. O sea que en esta comisión las negociaciones se desarrollarán entre España y los truchimanes de un Estado paralelo fabricado contra natura.

El presidente de la delegación catalana es Ernest Maragall, titular de una ficticia cartera de Acción Exterior que anteriormente ocupó Raül Romeva, hoy encausado por un presunto delito de rebelión. Delito en el que se compromete a reincidir Maragall designando falsos diplomáticos de una falsa repúblika ante otros países. Y para reforzar la imagen de que esta delegación considera a España un país extranjero, la completan Mercè Salvat, también funcionaria de Acción Exterior, la contumaz hispanófoba Elsa Artadi y el "embajador" de Cataluña en Madrid, Ferran Mascarell.

Los antecedentes de Ernest Maragall confirman que no defenderá en la Comisión Bilateral los intereses compartidos de todos los españoles sino los de un enclave étnico cedido a traición por la camarilla golpista de la Moncloa. Cuando Maragall, converso del socialismo al supremacismo, inauguró las sesiones del Parlament elegido el 21-D como presidente de la Mesa de Edad, saltó el protocolo y pronunció una soflama subversiva que la portavoz socialista Eva Granados consideró "sectaria", en tanto que Inés Arrimadas la juzgó "propia de un mitin de ERC".

Este será el interlocutor renegado de su condición de español que dialogará con la complaciente representante de España, Meritxell Batet, ministra de Política Territorial y Función Pública. El desenlace es previsible. Los golpistas mandan.

Genuflexiones del ungido

Los golpistas mandan. Para hacer un balance objetivo basta observar los movimientos del pardillo Pedro Sánchez, postrándose a los pies del invasor Quim Torra, que le refregaba por las narices el churro amarillo. Al ver a esa ridícula pareja, con el símbolo insultante en primer plano, evoqué la entereza de Oriana Fallaci, que se despojó del velo y se lo arrojó a la cara al déspota Jomeini para demostrar que no se dejaba rebajar a la condición de súbdita. El contraste entre aquella heroína orgullosa de la civilización occidental y el parásito complaciente de la Moncloa, que acepta bofetadas sin chistar, es evidente.

Las genuflexiones del ungido por el golpe se suceden sin parar. "El 90 por ciento del encuentro lo dedicamos a hablar de la autodeterminación; este era el asunto y no me podía entretener con otros", afirmó, con su típica soberbia, el capo circunstancial de la banda. Y el único que podría haberlo desmentido se bajó los pantalones y calló.

Mientras los jerarcas y sus subalternos platican de tú a tú, las cuatro provincias invadidas por los republikanos continúan funcionando como un Estado aparte. Los impuestos que pagamos todos los españoles se desvían para engordar una caja que financia los privilegios de los fugados, los servicios de los lenguaraces, las chirigotas de las masas y las gamberradas de los energúmenos. La cárcel funciona como un ágora donde las autoridades de España congregan a los cerebros presos del alzamiento para que puedan urdir conjuntamente los planes para el futuro. La ministra Isabel Celaá atribuye virtudes magistrales a la discriminadora inmersión lingüística en catalán para justificar el incumplimiento de los fallos judiciales a favor de un 25 % de asignaturas en la lengua materna española de la mayoría de los alumnos.

Y los okupantes de la república mostrenca exigen más y más. Por ejemplo, que se instale un telón de acero para impedir que las empresas corridas por el miedo -como la mayor parte de la sociedad catalana fracturada- busquen refugio en lugares seguros. O que se dicten leyes contra los que Quim Torra -exegeta empedernido de los pistoleros fascistas de los años 1930- llama "fascistas", cuando a los que él quiere reprimir con una acusación falaz es a los enemigos de su régimen racista, xenófobo y alzado contra la Constitución y la democracia.

Campaña reptiliana

Sin embargo, donde el contubernio de leninistas-chavistas y okupantes republikanos alcanza el punto máximo de fetidez es en su campaña reptiliana contra el rey Felipe VI, que Ignacio Varela describe crudamente ("Con el Rey o contra el Rey", El Confidencial, 13/7). Campaña miserable que el golpista de la Moncloa y sus obedientes correligionarios acompañan coqueteando con los sicarios.

Había que tener un estómago de hierro para no vomitar al ver cómo Pedro Sánchez hacía carantoñas en el palco de Tarragona al beligerante Torra con su churro amarillo en la solapa, mientras el Rey conservaba su porte majestuoso a un costado de los dos histriones. Muy bajo ha caído el desertor del frente constitucionalista cuando no se da cuenta de que su cargo le obliga a comunicarle al matón barriobajero que carece de autoridad para romper con la Casa Real o para decretar que el Jefe del Estado no es bienvenido en Cataluña. Un gobernante con atributos habría ordenado la aplicación sumaria del artículo 155 de la Constitución. El silencio cómplice del traficante de plurinacionalidades lo pinta de cuerpo entero.

Ínsulas retrógradas

Es reconfortante, en este contexto, comprobar que mientras una patulea de trepadores, revolucionarios de alcantarilla y renegados de su nacionalidad española conspiran para convertir nuestro país en un pudridero de ínsulas retrógradas, hay ciudadanos que convierten su catalanismo de pura cepa en un dispensador de racionalidad. En este caso para reivindicar el papel del Rey frente a la ofensiva de los neandertales.

El Colectivo Treva i Pau -entre cuyos miembros, con los que a menudo he discrepado en estas columnas, se cuentan Josep M. Bricall, Juan-José López Burniol, Josep Miró i Ardèvol, Alfredo Pastor y Antoni Puigverd- recuerda ("Agravios y disculpas", LV, 2/7) que cuando el Rey se sumó a la manifestación contra el terrorismo pocos días después de los atentados de Barcelona y Cambrils:

Durante todo el recorrido, tuvo que soportar abucheos e insultos de unos alborotadores, perfectos conocedores del itinerario, mientras el entonces president Puigdemont, a su lado, no tuvo un solo gesto de solidaridad hacia el monarca, ni movió un dedo para detener esa indignidad. ¿No debería haberse disculpado ante el uso sectario del dolor compartido?

Y después de citar la decepción que experimentaron muchos catalanes al escuchar el discurso del Rey el 3 de octubre, el artículo del colectivo corrige:

Pero escuchémoslo de nuevo con la cabeza fría, y quizá pensemos que estábamos equivocados. El discurso era una respuesta no al referéndum, sino a la ruptura, una enormidad desde la perspectiva del Estado y de Europa. Contenía palabras duras, pero exactas, dirigidas a sus responsables, pero nada había contra los catalanes, ni siquiera contra los que habían ido a votar. Era un discurso destinado, no a respaldar la acción del Gobierno, al que ni siquiera mencionaba, sino a garantizar a todos, dentro y fuera de España, la permanencia del Estado que él, en ese momento, encarnaba. Más importante que consolar era tranquilizar, porque una ruptura de la Generalitat con el Estado, si uno se la tomaba en serio, había de crear una enorme incertidumbre. El discurso estaba destinado a prevenirla. Cada cosa a su tiempo: que el Rey es capaz de empatía lo vimos nítidamente en agosto pasado, en Barcelona.

Quien desee realmente coser las heridas que supuran en la sociedad catalana, previa desinfección, deberá buscar sus interlocutores en la franja racional de dicha sociedad, en lugar de arrastrarse mendigando los votos de los empedernidos pirómanos guerracivilistas que utilizan hasta la bucólica ratafía como combustible arrojadizo.

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