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Los ultras empedernidos

Los ultras empedernidos se agrupan en el bando de la Antiespaña, que abarca desde el racismo endogámico de los secesionistas hasta el chavismo dictatorial de los podemitas, mimados los unos y los otros por un Gobierno claudicante.

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EFE

La aparición de Vox como partido con posible representación parlamentaria ha abierto un abanico de reacciones preocupadas en el resto de las formaciones políticas y en el campo intelectual. Reacciones que rozan la histeria en el extremo izquierdo del espectro ideológico, siempre listo para agitar el fantasma de la ultraderecha con el fin de alejar las miradas de su propio colapso imparable. Sin embargo, quienes discrepamos razonadamente con el modelo de sociedad tradicional sustentado por Vox, que contrasta con la abierta y laica de nuestro modelo liberal, debemos abordar las diferencias con talante de convivencia democrática. El peligro que nos amenaza en nuestra condición de ciudadanos españoles y europeos no proviene de Vox, y esto amortigua las diferencias y abre las puertas a las aproximaciones puntuales, que por supuesto excluyen, como en la relación con el PP, acuerdos en materia de eutanasia y aborto.

Los ultras empedernidos se agrupan en el bando de la Antiespaña, que abarca desde el racismo endogámico de los secesionistas hasta el chavismo dictatorial de los podemitas, mimados los unos y los otros por un Gobierno claudicante que depende de ellos y huye de la contienda electoral.

La franquicia hispana

La médula de la franja auténticamente reaccionaria y cainita está compuesta, en Cataluña, por quienes exhuman agravios arcaicos, tergiversan la Historia y exacerban sentimientos de supremacía identitaria con la única finalidad de levantar fronteras interiores y de romper los lazos familiares, sociales, económicos y culturales entre conciudadanos de un mismo país. Una operación segregacionista que también implica aislarse del resto de Europa y del mundo civilizado dentro de un bantustán tribal. Con la estelada como emblema, porque desprecian la senyera estatutaria como todo lo que asocian con el "sistema".

Poco importa que los partidos que practican esta política involucionista se autodefinan como emancipadores o de izquierda. La verdad es que representan la franquicia hispana del movimiento ultraderechista que gobierna en Hungría, Polonia, Italia y Austria, y que prepara el asalto al poder en Bélgica (con Flandes ya conquistada por los vástagos del nazismo protectores de Puigdemont), Holanda, Finlandia, Dinamarca y Suecia. Con metástasis incipientes en Francia, Alemania y el Reino Unido del Brexit. Y con una bomba de relojería en la gran incógnita: Estados Unidos.

Discursos inflamatorios

Los discursos inflamatorios de Carles Puigdemont, Quim Torra y sus subalternos encajan como anillo al dedo en este panorama apocalíptico. Con un agravante: los mensajes de odio de Matteo Salvini, Marine Le Pen y su tropa apuntan contra los extranjeros en general y los inmigrantes en particular, mientras que los de sus clones nacidos en cuatro provincias del Reino de España están dirigidos contra sus compatriotas españoles con el encarnizamiento típico de los renegados.

Como sucede a menudo, el predicador Francesc-Marc Álvaro intenta desacreditar a sus adversarios constitucionalistas y se dispara un tiro en el pie. Le apunta a Vox y acribilla a sus correligionarios ultras de la Antiespaña troglodita. Basta leer "autodeterminación" donde él escribe "Constitución" y "Cataluña" donde escribe "España" ("Vox, atado y bien atado", LV, 11/10):

Lo viejo vendido como nuevo. Lo rancio envuelto en diseño actual. Lo reaccionario ofrecido como regenerador. Una ultraderecha que levanta la bandera de la Constitución [léase autodeterminación], pero propone unas políticas que, de realizarse, representarían convertir España [léase Cataluña] en una pseudodemocracia de corte autoritario más cercana a Rusia que a Alemania, Francia o el Reino Unido.

Basta vivir en Cataluña o tener noticia del aquelarre montado por los talibanes que se disputan el poder intercambiando puñaladas traperas mientras siembran cizaña contra las instituciones legítimas, para saber que es allí, en la repúblika mostrenca, donde impera "una pseudodemocracia de corte autoritario más cercana a Rusia que a Alemania, Francia o el Reino Unido".

Falsarios profesionales

Otro lenguaraz que desnuda sin querer, con su discurso, las vergüenzas del Leviatán supremacista al que prestó servicios en el ilegal Diplocat es Josep Ramoneda, a quien se aplica, sin saltar una coma, la implacable semblanza que José Antonio Zarzalejos traza de estos antiguos popes de la intelligentsia hoy precipitados al nivel atrabiliario de Pilar Rahola ("El hundimiento intelectual del secesionismo", El Confidencial, 13/10). En su artículo "Reprobar al Rey" (El País, 12/10), Ramoneda, que fue en otros tiempos un humanista liberal digno de respeto, se suma al coro de los falsarios profesionales para enredar a los incautos.

Abominando de su antiguo rigor intelectual para así poder defender mejor los desafueros de los caudillos y de su impresentable guiñol parlamentario, no vacila en poner la verdad patas arriba y en atribuirse la representación de "el conjunto de la sociedad catalana" con la desfachatez de un vulgar Torra, que se cisca en más de la mitad del censo. "Nunca la monarquía ha provocado entusiasmo en Cataluña", afirma, ocultando que los catalanes aprobaron por abrumadora mayoría el texto de la Constitución que instaura la monarquía parlamentaria, y en cuya redacción habían intervenido el comunista Jordi Solé Tura y el nacionalista Miquel Roca Junyent, dos catalanes de pura cepa.

Añade el embaucador, con aires de moralista:

Tampoco es raro ni es novedoso, decir que la monarquía es caduca y antidemocrática. (…) El carácter aristocrático de una institución basada en la sangre y la herencia familiar es incompatible con el principio de igualdad y de soberanía de la democracia.

Esto, escrito por quien se enroló disciplinadamente en la cruzada que inauguraron los malhechores de la dinastía Pujol Ferrusola, cruzada que ha sobrevivido hasta ahora de escándalo en escándalo y de dedazo en dedazo, huérfana siempre de mayorías sociales, hasta desembocar en una satrapía decadente sin ley, de la que huyen las empresas y los inversores, es una tomadura de pelo insultante. Es cierto que hoy, en algunas monarquías europeas, aparecen líderes populistas y xenófobos como los que movilizan a nuestros republikanos, pero los culpables de los abusos que allí se cometen no son los monarcas, sino esos demagogos, de la misma estirpe despótica que los que explotan a la población de las republiquetas caribeñas, africanas y balcánicas. Y catalana.

Estos son los ultras cavernícolas a los que ofendió el discurso esclarecedor del rey Felipe VI, rico en valores republicanos, contra el que vomitan sus insidias. Razón de más para que todos los demócratas cerremos filas sin exclusiones sectarias en defensa de nuestra Monarquía constitucional e ilustrada.

PD: Hablemos de alianzas y exclusiones contraproducentes. El peronismo triunfó en 1946 por un margen muy estrecho de votos, precisamente porque los centristas de la Unión Cívica Radical vetaron la entrada de los conservadores en la alianza de la Unión Democrática. Paradójicamente, los comunistas fueron los únicos que defendieron la inclusión de los conservadores en dicha alianza, con la consigna "Batir al naziperonismo" firmada por el capo máximo del PC, el italoargentino Vittorio Codovilla, temible excomisario de las Brigadas Internacionales. Paradoja que se explica porque en aquella época el enfrentamiento era entre pro aliados y pro nazis, y el peronismo era un fruto podrido del bando que perdió la guerra. Argentina sigue sufriendo las consecuencias nefastas de aquella lejana discriminación practicada con pretextos de pureza cívica.

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