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Eduardo Goligorsky

Nunca fueron tan pocos

Nunca fueron tan pocos y, después del retorno a la normal convivencia y a las buenas prácticas en el arte de gobernar, serán menos.

Eduardo Goligorsky
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Nunca fueron tan pocos y, después del retorno a la normal convivencia y a las buenas prácticas en el arte de gobernar, serán menos.

Un muy querido amigo catalán me abordó espantado. A su juicio, el sorpasso de ERC y la suma de votos de los partidos secesionistas colocan a España y, por supuesto, a Cataluña al borde del abismo. Aunque casi nunca discrepamos al valorar los acontecimientos políticos, esta vez tuve que contestarle con un rotundo: "Te equivocas. Nunca fueron tan pocos". Y mi reacción no fue producto de un arrebato de optimismo sino de un frío análisis realista de los hechos, refrendados por los números. A eso vamos.

Apelación jactanciosa

En un artículo publicado en La Vanguardia el mismo día de las elecciones, José Antonio Zarzalejos recordó que una semana antes Artur Mas había reclamado "un consenso amplio, una mayoría social lo más amplia posible y un liderazgo político lo más potente posible". Y reflexionó:

Palabras que evocan a la "mayoría indestructible" que el presidente también pidió -y el electorado catalán no le dio- en los comicios de noviembre del 2012. (…) Parecería coherente con la energía social empleada en el impulso secesionista que se produjese una participación próxima a la del 25-N del 2012, esto es, que superase, al menos, el 60%.

La jactancia con que Artur Mas se apropió para su cruzada secesionista de las presuntas mayorías sociales y las ficticias mayorías indestructibles estuvo presente en toda la campaña. Afirmó en Lérida (LV, 20/5):

Lo que no nos pueden recortar son los votos en las urnas ni el 25-M ni después el 9-N, que son los que nos harán ganar, y esto depende de nosotros y por esto conviene una gran participación. (…) Ya hemos demostrado que somos capaces de llenar las calles y ahora tenemos que ser capaces de llenar las urnas.

La "gran participación", que, para ser significativa, debía ser, según Zarzalejos y otros observadores, superior al 60, se limitó al 47,6. Y, como veremos más adelante, tampoco llenaron las urnas. Ni las calles.

Artur Mas no estuvo solo en su jactanciosa apelación a hipotéticas mayorías. La vicepresidenta de su gobierno y cofrade política del escurridizo Josep Antoni Duran Lleida, Joana Ortega, escribió (LV, 23/5):

Nunca como ahora se había constatado una voluntad tan colectiva, transversal y mayoritaria de poder pronunciarnos y decidir sobre nuestro futuro. (…) Y por eso también es muy importante que el próximo domingo llenemos las urnas de papeletas en las elecciones europeas para que nadie, de aquí ni de allí, pueda dudar de nuestro europeísmo, ni cuestionar la legitimidad del resultado de la consulta.

Propaganda descarada

El sábado, el comisario político del somatén mediático, Jordi Barbeta, no se privó de inyectar su dosis de propaganda descarada, transgrediendo la normativa electoral sobre la neutralidad en el día de reflexión:

Si con la expectativa creada la gente no responde en las urnas como en la calle, la sensación de ridículo será inevitable.

Para repetir al día siguiente la orden de cerrar filas disciplinadamente:

No votar es una manera de decir con su pan se lo coman. Hoy se lo puede permitir todo el mundo… menos los soberanistas catalanes, una vez más atrapados por las urgencias históricas. (…) En Catalunya, el resultado de las elecciones marcará el desarrollo del proceso soberanista. Si los catalanes que reivindican el derecho a decidir desaprovechan hoy la ocasión de expresarse en las urnas, habrá que interpretar que no es tan fiero el león soberanista como lo pintan.

Efectivamente, el día 25 reventó la burbuja y la impostura del león quedó al descubierto. Ni siquiera el comisario político Jordi Barbeta pudo disimularlo (LV, 26/5):

Con todo, la participación no alcanzó la cota del 50% y por lo tanto ninguna conclusión puede considerarse definitiva de cara al futuro, que se presenta cambiante.

Aunque, para compensar su sinceramiento, intentó colarnos en el mismo texto una de las patrañas favoritas del agitprop secesionista:

Las elecciones europeas han supuesto un impulso al proceso soberanista. Suben los partidos que apoyan la consulta del 9 de noviembre, que juntos superan el 55% de los votos y respecto a hace cinco años han aumentado los apoyos en dieciocho puntos.

El François Hollande catalán

Aquí es donde hay que recurrir a los números, y los números cantan. Ese 55% de los votos emitidos equivale a 1.401.421 sufragios a favor de los partidos secesionistas. Menos que la cantidad de fieles que los secesionistas dicen haber congregado en sus manifestaciones y cadenas humanas, lo que desenmascara, para empezar, su tendencia a abultar adhesiones en las calles. Pero esos 1.401.421 votos representan el 26% del censo electoral, compuesto por 5.500.000 ciudadanos, cuando los secesionistas sumaban habitualmente alrededor del 36% de dicho censo. Por ejemplo, cuando se votó el mitificado Estatut al que los secesionistas atribuyeron falsamente el apoyo de la mayoría del pueblo catalán. El 36% de entonces se redujo al 26%. Nunca fueron tan pocos.

La referencia al censo electoral tampoco es arbitraria o caprichosa, pues se trata del único medio idóneo para calibrar la magnitud del apoyo a un cambio tan radical como es la fragmentación unilateral de un país, la ruptura de lazos humanos y sociales entre compatriotas y el aislamiento autoimpuesto respecto de la comunidad de naciones. Abordar este proceso como si se tratara de un referéndum local sobre la urbanización de terrenos públicos, las corridas de toros o el carril bici es el colmo de la irresponsabilidad y la frivolidad.

La negativa del presidente de la Generalitat a reconocer que nunca fueron tan pocos y que su aventura está condenada al fracaso permite augurar que se convertirá en el François Hollande catalán, experto en la demolición de su propio partido. Un partido, CiU, que inevitablemente le pedirá cuentas por haberlo arrastrado a alianzas contranatura con radicales que llevan en su ADN totalitario el odio a liberales, conservadores, socialdemócratas y democristianos.

El Club de Políticos Fracasados

Para verificar la falta de contacto con la realidad que condiciona al líder desnortado, nada mejor que leer lo que dijo al conocer los resultados de las elecciones (LV, 26/5):

Todo sigue adelante, ni un paso atrás. (…) En Madrid pueden tomar nota de que no se trata de la obsesión de unos cuantos, sino de la voluntad del pueblo catalán.

No se equivocó el propagandista Barbeta al prevenir, como hemos visto, que "la sensación de ridículo será inevitable". Lo corroboró el ya irremediablemente estigmatizado Antoni Puigvert (LV, 26/5):

Artur Mas recibe el segundo bofetón consecutivo. Dejó tierra quemada a su espalda en un viaje que ha desconcertado a una parte de sus votantes mientras dejaba a otros en manos de ERC. Mas queda tocado. En un contexto de gran fragmentación, el procés está en manos de Junqueras. Es primero de la fila pero no hegemónico. Desde lo alto, Rajoy contempla el panorama callado como una esfinge, con las garras afiladas.

Y Zarzalejos se adelantó a los acontecimientos cuando diagnosticó, el mismo día de las elecciones, en el artículo arriba citado:

Artur Mas no podría permitirse el lunes encajar, tras perder doce escaños en noviembre del 2012, un sorpasso que erija en vanguardia mayoritaria del secesionismo a los republicanos. O sí, si el president cree que la construcción nacional-estatal de Catalunya pasa por la inmolación de CDC y de Unió.

Lo evidente, para tranquilidad de todos, es que antes que dejarse inmolar, con la consiguiente pérdida de prebendas, los cuadros de CDC y Unió optarán por reservar a Artur Mas una plaza en el Club de Políticos Fracasados, donde podrá intercambiar confidencias y lamentaciones con François Hollande, José Luis Rodríguez Zapatero y Umberto Bossi.

Nunca fueron tan pocos y, después del retorno a la normal convivencia y a las buenas prácticas en el arte de gobernar, serán menos.

En España

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