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Eduardo Goligorsky

Rescatar la senyera

La sustitución de la senyera institucional por la estelada sectaria es la prueba palpable de que ha culminado el asalto al poder de una minoría infectada por los peores virus del totalitarismo.

Eduardo Goligorsky
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La sustitución de la senyera institucional por la estelada sectaria es la prueba palpable de que ha culminado el asalto al poder de una minoría infectada por los peores virus del totalitarismo.
Pixabay

Vi por primera vez la enseña cuatribarrada en 1955, cuando empecé a trabajar como traductor y asesor en la editorial Poseidón, en Buenos Aires. Decoraba el despacho del propietario, Joan Merli i Pahissa, un catalán culto, crítico de arte y polígrafo, que había sido alto funcionario de cultura en la Generalitat republicana, y que visitaba a su admirado presidente Josep Tarradellas en su exilio francés cada vez que viajaba a la Feria del Libro de Fráncfort. Merli me enseñó muchos secretos del oficio y también a respetar los sentimientos de los catalanistas ilustrados, entre los cuales él sobresalía.

Memoria profanada

Exactamente un año después de mi llegada a Barcelona, concurrí con un joven vecino, arquitecto aragonés, a la Diada de 1977, donde me vi rodeado por un mar de senyeras, y me reencontré con ellas cuando me sumé a la columna que siguió el coche del recién arribado Tarradellas hasta el palacio de la Generalitat. Me sentía como en mi casa y compartía la emoción de la multitud, a pesar de no tener con esta vínculos identitarios o lingüísticos. Los suplía el compromiso con la libertad y la democracia.

Nunca me han entusiasmado las banderas, que se usan con demasiada frecuencia para envolver las ideologías o los comportamientos obtusos de los corruptos y los salvapatrias. Por eso, cuando falleció mi padre doné a una escuela la bandera argentina que él siempre colgaba en el balcón en las festividades cívicas. Me resultaba superflua. En el caso de estas senyeras, las veía como una extensión simbólica de los ciudadanos allí congregados en defensa de sus derechos.

Lo que me hizo evocar estos recuerdos lejanos fue el espectáculo degradante que los secesionistas montaron en Montjuïc para cerrar la campaña a favor del pucherazo intimidatorio del 1-O. Allí –como en muchos edificios públicos, escuelas e incluso campanarios de iglesias–, la senyera tradicional había sido reemplazada por un belicoso tsunami de trapos revolucionarios cargados de reminiscencias cubanas. Para colmo, en la tribuna, un caricaturesco Carles Puigdemont tuvo la desfachatez de profanar la memoria de Josep Tarradellas mezclándola con sus bufonadas. Si el gigante físico y moral hubiese oído las paridas que desembucharon los teloneros de la farsa, y visto el mogollón de esteladas insolentes, habría dado rienda suelta a una de sus medidas pero implacables explosiones de ira. Como la que descargó contra el intrigante Jordi Pujol en su profética carta a La Vanguardia del 16 de abril de 1981. Carta desmitificadora que debería ser texto de estudio en todo el sistema escolar de Cataluña.

Ciénaga política

La sustitución de la senyera institucional por la estelada sectaria no es producto de una consulta referendaria como la que nos quieren imponer para sumergirnos en una ciénaga política, ni de una trampa legislativa como la urdida para facilitar dicha inmersión. Es la prueba palpable de que ha culminado el asalto al poder de una minoría infectada por los peores virus del totalitarismo. Es una minoría tenebrosa, un híbrido de anarcotrotskismo y nacionalsocialismo, que procede como la que sustituyó la bandera alemana por la de la esvástica: paso a paso, gradualmente, con equívoca naturalidad, hasta que la serpiente sale del cascarón y ya es tarde para neutralizarla.

La representación visual de este proceso la encontramos en la película Cabaret, que dirigió Bob Fosse. Un adolescente vestido con el uniforme de las juventudes hitlerianas y la esvástica en el brazalete entona una canción al principio amable y bucólica, que se va transformando en un himno patriótico que enardece a los comensales burgueses de un merendero campestre. Hombres y mujeres, niños y ancianos –excepto un viejo que conoce el paño– terminan coreando el amenazador y premonitorio "Morning belongs to me" (El mañana me pertenece).

Sociedad desgarrada

La senyera se apolilla en los armarios, arrumbada por los portadores de la estelada, los que dan miedo y más que darán mientras se jactan de que el mañana les pertenece. Son, asegura Enric Juliana, "los sectores más dinámicos de la sociedad catalana" ("La tormenta perfecta", LV, 2/O), protagonistas de la "fractura generacional realmente existente", donde la derecha, la mayoría de cuyos votantes son "mayores de sesenta años", y parte del PSOE han "provocado un mayor desgarro en la sociedad catalana. Un desgarro de graves consecuencias. Un incendio colosal".

Desgarro. Incendio. Lo que faltaba: una confirmación de que, contra lo que predican otros plumillas del régimen, la sociedad catalana está desgarrada, incendiada; en tanto que las invocaciones al "pueblo catalán" y a "los catalanes" como rebaño dócil del secesionismo son mentiras flagrantes. Siguiendo la táctica fascista que describe Stanley G. Payne, la minoría secesionista de esta sociedad desgarrada, incendiada, estimula la fractura generacional y recluta a los jóvenes como instrumentos de la sedición.

En términos psiquiátricos

La estelada no es la bandera de Cataluña, es el fetiche de la insurrección, y todo el proceso se ha desarrollado bajo sus pliegues. El guiñol del 1-O ha tenido la estelada por emblema. El número indeterminado de ciudadanos que concurrieron a los colegios electorales actuaron movidos por la obediencia a ese símbolo que no es el de la nación de la que creen formar parte, sino el de un embrión de república sometida a las arbitrariedades de una conjura de alucinados más fáciles de definir en términos psiquiátricos que políticos.

Tan estrambótico fue todo que Isabel Garcia Pagan informó (LV, 2/10) –suprimiendo sospechosamente el "ilegal" con que ese diario acompañaba siempre la palabra referéndum– que se movilizaron "más de 2.262.424 personas". No ciudadanos sino personas, porque votaron adolescentes, niños, extranjeros y todo quisque que pasaba por allí, tantas veces como quisieron. Pero, si da una cifra tan precisa, ¿cuántas son más de 2.262.424 personas? ¿2.262.425? ¿3.226.487? ¿4.318.220? Tanto da.

Estrategas emboscados

Por ahora, la estelada cubre todas las coyunturas del proceso de desconexión con el beneplácito de la Nomenklatura. Lo diagnostica sin rodeos José Antonio Zarzalejos ("Puigdemont ha perdido el control de Cataluña", El Confidencial, 3/10):

La Asamblea Nacional Catalana, Òmnium Cultural y CUP son el triunvirato que gobierna Cataluña sin que la inmensa mayoría de los ciudadanos se hayan percatado aún de que están absorbidos por un proceso prerrevolucionario.

La Vanguardia, servicial, titula el 2 de octubre: "El Gobierno reprime el 1-O", y cede espacio en sus páginas interiores para que un desaforado Francesc-Marc Álvaro compare a Mariano Rajoy con Erdogan y Putin ("La vergüenza y la esperanza") y despotrique contra "policías y guardias civiles atacando con brutalidad a personas que solo querían poner una papeleta en una urna". Portavoz de una camarilla que se pasa el Estado de Derecho por el arco del triunfo, Álvaro debería enterarse de que las esferas dirigentes de la UE ponen a Puigdemont y su equipo a la par de Erdogan y Putin… cuyo régimen apoya, según The Washington Post, el golpe secesionista. En tanto que las trajinadas urnas eran bombas de relojería colocadas por los estrategas emboscados de la involución endogámica para hacer saltar a los catalanes fuera del marco europeo y occidental, donde están exclusivamente por su condición de españoles. La DUI los privará del único DNI válido, el español. Hasta que caduque, también los hispanófobos más encarnizados deberán conservarlo para salir del bantustán.

Nadar y guardar la ropa

Significativamente, fiel a su historial oportunista de nadar y guardar la ropa, el mismo día en que publicó el titular falaz y las jeremiadas de Álvaro y otros colegas suyos, La Vanguardia trocó en su editorial la estelada por la senyera ("Propuestas para salir del drama"). En un ejercicio de funambulismo, trató de volver a conectarse con los intereses de su público burgués:

La política catalana no puede seguir en manos de la CUP. Advertimos, por tanto, contra cualquier tentación aventurerista en estos momentos, que no obtendría ningún apoyo en Europa y en el mundo, y que agravaría aun más la situación creada. Rechazamos rotundamente el "cuanto peor mejor". Esta nunca puede ser la política de una sociedad europea. Hay que atajar toda tentación suicida. Hay que devolver los centros de la dirección política catalana a su más estricto marco institucional. La política de la Generalitat no debe ser guiada por comités ocultos. Las entidades cívicas del soberanismo no pueden sustituir al Govern. Hay que restablecer la institucionalidad catalana.

En otras palabras: rescatar la senyera y devolver la estelada al cubo de la basura donde yacía olvidada. Condición sine qua non para iniciar un diálogo con interlocutores civilizados, ceñido a la ley, muy distinto de la capitulación que proponen el inescrupuloso enredador Pedro Sánchez y los correveidiles de la segregación identitaria.

Y mientras tanto, no olvidemos que los monigotes mediáticos de la izquierda espuria (sanchistas, podemitas y colauitas), junto a los energúmenos supremacistas que tras la tragedia de la Rambla y Cambrils vertieron su veneno antiespañol en la manifestación del 26-A, forman la base de un entramado autodestructivo, indiferentes al hecho de que los yihadistas afilan sus cuchillos para abrirlos en canal también a ellos. A ellos y a los restantes infieles españoles. Evidentemente, los demócratas pagaremos el pato en compañía de los saboteadores de la democracia y de sus defensas. He aquí otro motivo para frenar sin tardanza a esta chusma con todos los medios legales a nuestro alcance.

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