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La política y la educación

Cada vez que surge el debate sobre nuestro modelo educativo, se pide más y más intervención del Estado.

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No hay que hacer sesudos estudios ni encuestas para determinar que una inmensa mayoría de los ciudadanos consideramos que nuestros políticos no hacen bien su trabajo. Da igual a quién preguntes, te responderá de forma muy parecida tanto si es de derechas como si es de izquierdas. Habrá diferencias en los matices, pero no en la esencia. Por ejemplo, los de izquierdas culparán de la corrupción a los políticos de derechas, y al revés. Según el último barómetro del CIS, del pasado mes de febrero, los tres mayores problemas percibidos por los españoles son el paro, la corrupción y los políticos. En concreto, "los/as políticos/as en general, los partidos y la política"lo cita el 24,2%. Bien, nótese que los tres están copados por la política. Los tres.

Sin embargo, cada vez que surge el debate sobre nuestro modelo educativo, se pide más y más intervención del Estado. Llevamos décadas hablando de pactos de Estado por la educación, desde 1980 se han promulgado seis leyes orgánicas para regular el sistema educativo, se han gastado miles de millones de euros, y el resultado no satisface a nadie. ¿Vamos a resolver los problemas de la educación con más intervención de los políticos? Suena incongruente, cuando no absurdo.

Como absurdo es, por ejemplo, que la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía aprobara hace dos años el II Plan Estratégico de Igualdad de Género en Educación, que pretende imponer un cierto tipo de lenguaje en las clases. En concreto, la norma, ya en vigor, promulga una serie de medidas, actuaciones e indicadores de evaluación para "impulsar y favorecer la práctica escolar inclusiva y equitativa, mediante la utilización de un lenguaje no sexista en sus expresiones visuales, orales, escritas y en entornos digitales". ¿Que cómo lo harán? Pues también lo tienen contemplado: "La Inspección Educativa velará por el uso de un lenguaje inclusivo y no sexista en los centros docentes". Es decir, que entre las tareas de los inspectores está el velar por que los profesores y los textos de apoyo contengan expresiones como "la población andaluza" en vez de "los andaluces", y cosas así. Todo muy orwelliano y en consonancia con las preocupaciones de padres y alumnos, dicho sea esto último con la mayor carga de ironía posible.

El asunto del adoctrinamiento en las escuelas catalanas, que daría para escribir cien artículos, es otro caso sangrante; de hecho, es aún más grave, puesto que a los críos se les ha inculcado odio, racismo y nacionalismo a partes iguales.

Hay miles de estudios, artículos y libros que diagnostican los problemas que tenemos en las aulas, y que proponen soluciones. Cientos de reputados estudiosos del mundo académico ponen el énfasis en lo importante que es para la sociedad tener una buena educación. Pero lo que muy pocos dicen es que urge sacar a los políticos de las aulas. Nada de pactos de Estado, salvo que sea para limitar la intervención de éste en las escuelas.

Porque, como solemos decir en El Club de los Viernes, los problemas tienden a desaparecer cuando los políticos dejan de ocuparse de ellos.

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