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Emilio Campmany

Aznar contra Casado

La verdad es la verdad, la diga Agamenón o Adriana Lastra. 

La verdad es la verdad, la diga Agamenón o Adriana Lastra. 
José María Aznar y Pablo Casado. | EFE

A Aznar le gusta ser el guardián de las esencias. Fue el Pepito Grillo de Rajoy y ahora lo es de Casado. Puede que no sea oportuno ejercer de tal en campaña electoral. Pero ha sido la cúpula del PP la que ha querido su intervención en ella para conformar a Mañueco, que quería contar con Ayuso. "Para eso más valdría que no hubiera venido", dicen. Pero si propugnan lo contrario de lo que él aconseja, ¿qué esperaban? Que hubieran convidado a Rajoy, cuya moderación habría casado bien, nunca mejor dicho, con el furor reformista del actual presidente del PP. Pero, claro, a Rajoy no lo invitan, no vaya a ser que se acuerden de todas sus traiciones y concluyan que la vocación de Casado es la misma. Se supone que estas elecciones tienen por objeto demostrar que no es Ayuso la que gana elecciones, sino el PP. El inconveniente de esta estrategia es que, si se pierden sin contar con ella, podrá atribuirse el fracaso a su ausencia, se especulará con cuál habría sido el resultado si se hubiera contado con la madrileña y, por supuesto, el liderazgo de Casado quedará todavía más en entredicho.

Y luego está Vox. Casado no parece haber entendido, a diferencia de Aznar y Ayuso, que, por muy de extrema derecha que sean sus líderes o su ideario, que es algo discutible, la práctica totalidad de sus votantes no lo son. La mucha representación que en sucesivas elecciones va reuniendo el partido verde se debe a la atracción que ejerce sobre los electores del PP. Si Casado quiere que vuelvan, lo aconsejable no es abroncarles o insultarles. Es más eficaz el método Ayuso, como demuestra el que muchos partidarios de Vox volvieran al PP para respaldarla el 4 de mayo pasado. Dicho de otra manera: si Casado quiere comerse a Vox, lo que tiene que hacer es recuperar el programa del PP, el de Aznar y Ayuso, y no abjurar de él, como hizo Rajoy, como hace Almeida y como Casado se empeña en parecer que hará.

Cuando Adriana Lastra, en intervalo lúcido, dice que Aznar tiene razón al acusar a Casado de falta de liderazgo, muchos ven en ello la prueba de que el expresidente se ha equivocado. Y eso no es: la verdad es la verdad, la diga Agamenón o Adriana Lastra.

La estructura del PP, como la del PSOE, impide una revuelta de las bases. De manera que Casado tiene asegurada la presidencia del partido mientras no pierda dos elecciones generales consecutivas más o sufra una debacle brutal en las próximas. Pero, como dice Aznar, no se trata tanto de ganar como de ganar para hacer qué. Esa es la pregunta que no quiere ni sabe contestar Casado. Seguramente pensará que para hacer lo mismo que Rajoy, o sea nada, salvo subir impuestos. Y lo que le pone en evidencia no es que Aznar se lo recuerde. Lo que lo expone al escarnio público es la mera existencia de Ayuso, que gana elecciones con el programa del que Casado reniega y sabe muy bien qué hacer cuando las gana. Como sin duda reconocerá Adriana Lastra, el problema nunca está en quien denuncia la incompetencia sino en la incompetencia misma.

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