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Lecturas y lecciones del 14-N

El paro se ha saldado con un sonoro fracaso, no tanto por que la gente no tenga razones para protestar como por quiénes lo convocaban.

Emilio J. González
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La huelga general del 14-N se convocó para tratar de castigar al Gobierno por su gestión de la crisis, y quienes han recibido el varapalo, por el contrario, han sido los sindicatos. El paro, digan lo que digan UGT y CCOO, se ha saldado con un sonoro fracaso, no tanto por que la gente no tenga razones para protestar, que seguro que las tiene, como por quiénes lo convocaban.

Las centrales sindicales llevan lustros dando la espalda a la sociedad, sobre todo a las legiones de parados que está produciendo esta crisis, y ahora es la sociedad la que les vuelve la espalda. Esta es la primera conclusión de la fallida jornada de paro laboral de este miércoles, que ha venido a confirmar, una vez más, que los ciudadanos no se sienten representados por estos sindicatos ideológicos y subvencionados que solo se preocupan de ellos mismos, de lo suyo y nada más que de lo suyo.

He aquí la otra gran razón del fracaso de la huelga. Toxo y Méndez querían convocarle al PP una huelga general a cualquier precio, con cualquier pretexto, porque lo suyo no es velar por el bienestar de los trabajadores, sino por que en este país gobierne la izquierda, con independencia de lo que dictaminen las urnas. Y las ganas de hacerlo se incrementaron después de que el Gobierno del PP decidiera recortar las subvenciones a los sindicatos, dejarles sin la gestión de los cursos de formación y descentralizar la negociación colectiva al nivel de empresa, lo cual acaba con el poder artificial de que venían haciendo gala aquéllos.

Ahora bien, como ninguna de estas razones tenía el peso suficiente para promover una movilización general de la ciudadanía, UGT y CCOO se escondieron en la convocatoria de huelga a escala europea, a ver si de esta forma se animaba a parar algo más de gente, pero ni con esas. Lo que hemos constatado este miércoles es que los sindicatos querían obligar al Ejecutivo a cambiar de rumbo, y ahora se encuentran con que los que van a tener que cambiar de rumbo son ellos. Con la convocatoria de huelga, ya han quemado sus cartuchos contra la reforma laboral y las medidas de ajuste del Gabinete, y no han conseguido nada. Ahora serán ellos los que tendrán que cambiar si quieren sobrevivir, porque después del fracaso cosechado este miércoles su estrategia de movilización permanente contra el PP ya se ha quedado sin más recorrido. La cuestión es si comprenden que están en el umbral del renovarse o morir; o se reforman, o no tienen nada que hacer.

Todo lo anterior, sin embargo, no significa que el Gobierno no tenga que hacer la correspondiente lectura. El Ejecutivo temía que la convocatoria de huelga general fuera una ocasión para que los españoles expresaran su malestar no tanto con las medidas que se están tomando como con aquellas otras que no se están aprobado, y, sobre todo, que fuera un acto de protesta general contra la casta política. Finalmente no ha sido así, no porque los ciudadanos no estén hartos de sacrificios mientras los políticos sacrifican poco o nada, sino porque son y han sido conscientes en todo momento de que sumarse a la convocatoria sindical equivaldría a helenizar la situación y, por tanto, a condenar al país a vivir un drama de tintes entre dantescos y shakespearianos. Eso no quita para que el Gobierno, como los sindicatos, tome nota. Ambos deben de hacerlo. 

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