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Emilio J. González

Una política exterior tercermundista

Ahora, sin embargo, el presidente del Gobierno quiere estar en ese círculo al que lleva repudiando cuatro años: en parte porque cree que en esas cumbres se va a dar sepultura al capitalismo y va a resucitar la socialdemocracia.

Emilio J. González
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Aquellos polvos trajeron estos lodos. En las próximas semanas es probable que vaya a decidirse cómo se estructura el nuevo sistema financiero internacional, después de que el actual haya quedado gravemente dañado como consecuencia de la crisis de las hipotecas de alto riesgo. En esta cuestión, a España le va mucho en un doble sentido. Por un lado, como una de las economías más desarrolladas del mundo, deberíamos tener mucho que decir al respecto, puesto que lo decidan los miembros del G-8 y del G-5 nos afectará, y mucho, a nosotros. Por otro, porque nuestros dos mayores bancos, el Santander y el BBVA, se encuentran entre los más grandes del mundo, mientras otras entidades crediticias de peso en nuestro país, como Caja Madrid y La Caixa, ya están dando los primeros pasos para la internacionalización de sus actividades. En consecuencia, todo cuanto ocurra en las cumbres que prevén celebrar los principales líderes mundiales tras las elecciones presidenciales estadounidenses es de una relevancia singular para nuestro país y nuestra economía. En buena lógica, por tanto, los españoles no sólo tendríamos mucho que decir al respecto, sino que deberíamos estar presentes en esas reuniones al más alto nivel mundial. Sin embargo, por ahora estamos fuera y de tan triste realidad sólo hay un responsable: el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero.

Desde que Zapatero llegó a La Moncloa, la estrategia de política exterior española dio un giro radical, no sólo a lo que había sido dicha política en los ocho años de Gobierno del Partido Popular, sino, incluso, a esa vocación mitad europeísta mitad atlantista que desplegó Felipe González en sus trece años como presidente del país. Y es que, por la lógica de la dinámica del desarrollo socioeconómico que estaba alcanzado España, lo normal era estrechar lazos con las principales naciones europeas y mejorar las relaciones con quien, hoy por hoy, sigue siendo la nación más poderosa del mundo: Estados Unidos. Pero Zapatero llegó al sillón presidencial con otras ideas, olvidándose de quienes eran nuestros aliados naturales, para desplegar, de forma irreflexiva, toda una estrategia de política exterior tan incoherente como nociva para los intereses de España.

Zapatero empezó abofeteando metafóricamente a Estados Unidos, Reino Unido e Italia con la forma en que retiró las tropas españolas en Irak, siguió con la ofensa que produjo a los países europeos que respaldaban a España en el veto a la constitución europea levantándolo de forma unilateral y sin consultar con nadie y terminó con nuevos aliados: Hugo Chávez y demás panda. Sólo con estas cosas basta para comprender que Bush vete la presencia española en la reunión y que el único interés que muestre Sarkozy, al que Zapatero pretendió ridiculizar y menospreciar en septiembre en las Naciones Unidas, se deba a que este semestre Francia ocupa la presidencia de la Unión Europea, después de haberse negado a respaldar las pretensiones de Zapatero al respecto. El apoyo de Gordon Brown, en cambio, es más sincero en tanto en cuanto el Santander se ha convertido en el segundo banco británico y todavía podría estar llamado a entrar en una nueva operación de salvamento de alguna entidad crediticia británica.

Los errores de Zapatero continúan por la miopía respecto al papel y el lugar de España en las relaciones internacionales. José María Aznar quiso colocar a nuestro país entre aquellos que cuentan a nivel mundial y, en buena medida, lo consiguió, con independencia de lo que cada uno pueda o quiera pensar de la foto de las Azores. Es más, Aznar tenía muy claro que España, además de influir como influía en la Unión Europea, debería entrar en el G-8 y los demás organismos u organizaciones, formales e informales, que gobiernan la globalización. Para Zapatero, todo aquello no era más que aliarse con el más infame de los capitalismos opresores y prefería el tercermundismo de su alianza de civilizaciones y de sus nuevos amigos, con lo cual renunció abiertamente a esa pretensión legítima y lógica de España de contarse verdaderamente entre las naciones más influyentes del mundo. Ahora, sin embargo, el presidente del Gobierno quiere estar en ese círculo al que lleva repudiando cuatro años: en parte por lo que se juega España, en parte porque considera que su presencia allí contribuirá a revitalizar su más que deteriorada imagen ante los votantes españoles, en parte porque cree que en esas cumbres se va a dar sepultura al capitalismo y va a resucitar la socialdemocracia y él quiere ser uno de los que extiendan el acta de defunción de la economía de mercado y el certificado de renacimiento del intervencionismo estatal (dos cosas que, por cierto, tengo serias dudas de que se vayan a producir). Después de despreciar por todos los medios posibles al club de las naciones más influyentes del mundo, ahora Zapatero llama desesperadamente a sus puertas para que le admitan en él. Pero algunos de sus miembros no olvidan.

Zapatero apenas cuenta con interlocutores que avalen sus pretensiones. Brown lo hace por interés propio y Sarkozy porque no le queda más remedio como presidente de turno de la UE, aunque con tal desgana que ya veremos hasta qué punto va a realizar gestiones que sean efectivas. Y si fuera no tiene quién le avale, en España aún menos. La presencia de nuestro país en dichas cumbres debería ser una cuestión de Estado, pactada y respaldada por los dos principales partidos políticos, el PSOE y el PP. Hoy, sin embargo, ese pacto no parece posible. Zapatero se ha mofado una y otra vez de los populares, a los que ha engañado siempre que ha podido; trata de romper al PP con la cuña que ha introducido en Navarra y los únicos acuerdos a los que quiere llegar con la oposición son aquellos que sirvan para legitimar sus disparates políticos o para cubrir de una pátina de credibilidad su operación de marketing para tratar de recomponer su imagen pública. En este sentido, el PP podría haber prestado un servicio a Zapatero, o a España, como miembro del Partido Popular Europeo, pero probablemente no lo va a hacer porque si el primer problema a nivel mundial es la crisis financiera y sus consecuencias, lo que constituye el primer problema para España, según la visión de Rajoy, es Zapatero.

Lo dicho, aquellos polvos trajeron estos lodos y lo más probable es que España se quede fuera de las cumbres en las que se debatirá la nueva arquitectura del sistema financiero internacional. Aunque no sé qué es peor para nuestro país: si no estar presente en los foros en los que deberíamos o conseguir un lugar en la foto a costa de rogar y suplicar.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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