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DESDE JERUSALÉN

Átomos coránicos

Entre plegarias, el ayatolá iraní Mohamed Mirmalek arengó a la feligresía para que, con el voto, fortaleciera "los pilares del régimen islámico", y la multitud respondió fielmente con la angelical cantinela de "Muerte a EEUU" (17-6-05). No fue en una fanática mezquita, sino en la Universidad de Teherán, que, como el resto del vasto y petrolífero país, está bajo ocupación de una teocracia islamista que, desde su violenta instauración, en 1979, ha hecho progresar a la nación hacia el añorado Medioevo.

Gustavo D. Perednik
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Hoy, el enemigo de los ayatolás somos los infieles por doquier, pero al principio circunscribieron su odio a la denominada "revolución blanca", que iniciara el Sha en 1963 al introducir estrafalarias ideas como la industrialización, la igualdad de la mujer y la educación fuera del credo. Mientras financiaba la modernización con los crecientes ingresos del petróleo, el Gobierno del Sha atinó a silenciar y expulsar a los críticos, pero, como era de esperar, le resultó imposible clausurar las mezquitas. Éstas se convirtieron en una conspicua red para la sublevación, del mismo modo en que actualmente se urde desde una parte de ellas la trama de la guerra islamista contra Occidente.
 
El cabecilla de la rebelión desintoccidentalizadora, Rujolá Jomeini, maldecía primero desde un seminario en Qom, luego desde el exilio en la ciudad iraquí de An Najaf, y en 1978 instalado en un suburbio de París, desde donde concluyó los preparativos para la insurrección final. Un año después retornó a Teherán como sucesor de Mahoma, hizo ejecutar a los opositores y sumió su país en una guerra de diez años contra el vecino Irak (a la sazón bajo las garras de Sadam) que cobró un millón de muertos.
 
La revolución iraní estimuló a los islamistas por doquier, y cuando ese mismo año el otro totalitarismo invadió Afganistán ellos llevaron a cabo la resistencia antisoviética. Después de una guerra de desgaste de una década, las tropas rusas se retiraron vencidas por los Talibán ("estudiantes de religión"), cuya victoria presagió el fin del comunismo y un nuevo éxtasis del triunfalismo islamista. El totalitarismo se desmoronaba en Rusia, pero en Afganistán ascendía a niveles inauditos.
 
La despiadada teocracia de los ayatolás era eclipsada por las hazañas de los mulahs afganos: en la vía pública se separaron los sexos completamente; las mujeres debían permanecer en las casas, se les prohibió el estudio y la atención médica, y se debían cubrir el cuerpo íntegramente con una burka que permitía ver sólo los ojos. Se destruyeron las antiguas reliquias budistas, y se prohibió afeitarse, la televisión, el cine y la música.
 
El intachable estilo no sacudió a aquella opinión pública europea siempre ocupada en denostar a Israel, pero despertó la activa simpatía de ociosos multimillonarios saudíes. Especialmente la de uno de ellos, que instaló su centro de operaciones en Afganistán, tierra que contrastaba a sus ojos con la somnolienta y descuidada Arabia. En las inexpugnables montañas afganas comenzaba la conocida saga de Ben Laden.
 
Menos conocido es que el imperio de los ayatolás fue novedoso para el Islam: jamás había habido un Estado teocrático coránico. A los pretéritos imperios mahometanos no los habían regido las autoridades religiosas. Tampoco a los veintiún estados árabes de la actualidad: están comandados por autócratas o monarcas absolutos, pero no por el clero islámico.
 
En 1979 la vanguardista epopeya de los ayatolás comenzó por asaltar la embajada norteamericana, secuestrar a 52 funcionarios de ese país y propugnar –hasta hoy– la destrucción del Estado hebreo.
 
Los rehenes fueron liberados después de quince meses, pero el secuestro que los islamistas continúan perpetrando con éxito es el de muchos medios europeos, que cubren los comicios iraníes (20-6-05) como si fueran una legítima elección. El mismo engaño habían difundido cuando, en 1996, Arafat fue "elegido" con el 90% de los votos, frente a una sola opositora permitida, una asistente social ignota.
 
Detalle de un cartel ensalzatorio de Jamenei expuesto en una calle de Teherán.Pocas veces los medios informan inequívocamente que para ser candidato en Irán hay que practicar el Islam y abstenerse de criticar el sistema islamista. Sólo así puede obtenerse la aprobación del Consejo Guardián, de los doce teócratas que designan a los candidatos permitidos. El Consejo –liderado por el sucesor de Jomeini y reverendo infalibilísimo Alí Jamenei– bloqueó las candidaturas femeninas y eventualmente aprobó menos de diez de un total de mil presidenciables.
 
La prensa ha elevado este céntimo de sufragio al pedestal de "elección", y al candidato oficialista Hashemi Rafsanjani al estatus de "moderado". Debido a que su contrincante, el intendente de Teherán Mahmud Ahmadinejad, es más parecido a los talibán, el pueblo iraní se debate, en rigor, entre trogloditas moderados y trogloditas extremos, y a nadie parece importarle mucho.
 
Un país sin elección
 
Entre dos de las ediciones gubernamentales de los Protocolos de los Sabios de Sión, en mayo de 1998 el comerciante hebreo Ruhola Kakhodah-Zadeh fue ahorcado en prisión, sin juicio, y doce judíos más fueron asesinados por el régimen. Al año siguiente 13 judíos del sur del país –incluidos un rabino y un maestro de escuela– fueron arrestados bajo la acusación de espionaje, torturados, y liberados tres años después.
 
La otrora comunidad judía de Persia, vibrante y con 2.700 años de antigüedad, se ha reducido en dos décadas a menos de la cuarta parte, y en las pocas escuelas que le quedan los directores son musulmanes y los alumnos tienen prohibido respetar el sábado. Irán promueve el terrorismo internacional, incluidos los atentados judeofóbicos como los llevados a cabo en Buenos Aires (17-3-92 y 18-7-94), que causaron cien muertos y casi un millar de heridos.
 
La gravedad del régimen es soslayada por una buena parte de los medios, que ahora observan "las elecciones" en Irán. Mientras tanto, Israel solo debe hacer frente al Hezbolá, un implante de los ayatolás en el Líbano que persiste en utilizar su vasto armamento para asesinar israelíes mientras gobiernos como el francés lo presentan como "partido político".
 
Pero Israel no podrá tolerar que un Estado empeñado en destruirlo obtenga armas nucleares, meta de los ayatolás. Según la declaración oficial de Irán ante la Agencia Internacional de Energía Atómica de la ONU, hasta 1993 la teocracia había reprocesado plutonio. Más tarde modificaron la declaración para admitir que en realidad habían continuado secretamente con los experimentos, por lo menos, un lustro adicional. Irán confirmó este dato (26-5-05), y la información fue revelada en una carta (18-6-05) de la Agencia, que viene investigando las travesuras nucleares iraníes desde hace más de dos años, cuando se supo que durante dos décadas los ayatolás habían ocultado sus designios atómicos.
 
Israel no puede bajar la guardia ante la amenaza concreta y letal que suponen las armas nucleares en manos del clero islamista; por ello es quizás la nación a la que la votación en Irán le resulta más baladí.
 
 
Gustavo D. Perednik es autor, entre otras obras, de La Judeofobia (Flor del Viento), España descarrilada (Inédita Ediciones) y Grandes pensadores (Universidad ORT de Uruguay).
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