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IBEROAMÉRICA

El español feo

En 1958 dos escritores norteamericanos, William Lederer y Eugene Burdick, acuñaron una frase feliz: el americano feo. Así titularon una exitosa novela, The ugly American, en la que criticaban a los arrogantes diplomáticos y hombres de empresa estadounidenses que, con su comportamiento desagradable, provocaban una inmensa antipatía en el imaginario país asiático en que se desarrollaba la trama. Ninguno de los dos autores, naturalmente, era antiamericano: por el contrario, condenaban este fenómeno porque pensaban que beneficiaba al imperialismo soviético.

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En América Latina comienza a hablarse del español feo. Los venezolanos, por ejemplo, reprochan a los dos mayores bancos españoles que dieran una considerable cantidad de dinero a Hugo Chávez para la campaña que lo llevó por primera vez a la presidencia, a fines de 1998. ¿Qué hacían estas entidades financiando la soga con que poco a poco sería asfixiada la democracia en ese país? Es verdad que muchos empresarios venezolanos cometieron la misma suicida estupidez, pero de una multinacional respetable se espera una conducta mucho más sensata y apegada a las normas legales internacionales.
 
No obstante, es tal vez en Cuba donde resulta más evidente la imagen del español feo. ¿Por qué? Por la proximidad histórica. No hay agravio más doloroso que el que perpetra el familiar querido. Esos hoteleros españoles (también los hay italianos y holandeses) que se asocian a la dictadura para cerrarles las puertas a los nativos, y que se convierten en colaboradores de la policía política colocando cámaras ocultas y sistemas de escucha en las habitaciones para espiar a los huéspedes, son algo más que empresarios inescrupulosos: son cómplices del apartheid y de la represión que existen en la Isla, delitos que posiblemente les acarreen graves responsabilidades penales cuando se produzca la inevitable transición a la libertad, como ya les han advertido sus propios abogados.
 
Moratinos y Zapatero.Todo esto viene a cuento del español más feo a los ojos de los cubanos, dada su prominencia política: el canciller Miguel Ángel Moratinos, una persona a la que su jefe, el presidente Zapatero, contra el criterio de muchísimos diplomáticos del Ministerio de Asuntos Exteriores y de algunos socialistas responsables, ha encomendado la sucia tarea de tratar de aliviar las presiones europeas sobre el Gobierno de Castro en materia de Derechos Humanos, sin tomar en cuenta los trescientos presos políticos que hay en el país, ni las torturas que se practican en las cárceles castristas, o el permanente acoso a los demócratas de la oposición, como el que padecen las Damas de Blanco, una organización de mujeres pacíficas e indefensas cuyos familiares son presos de conciencia.
 
El Gobierno de Zapatero está haciendo exactamente lo que durante todo el siglo XX los llamados progresistas –un inexplicable calificativo, dado que suelen defender los sistemas y países que menos progresan– criticaron al americano feo: tratar consideradamente a una dictadura, hacer negocios con ella, favorecerla en los foros internacionales e ignorar los reclamos de las víctimas. A Washington, con razón, se le censuraba por tener buenas relaciones con Somoza, con Batista o con Franco. Lo mismo que hoy hace el Madrid de Zapatero con Fidel Castro.
 
¿Por qué el Gobierno español intenta servir a la dictadura cubana en su etapa final? Hay dos hipótesis. La primera, la del español feo, es que se trata de una fría decisión en defensa de intereses económicos que no tiene en cuenta principios ni valores; la segunda es la que comienza a conocerse como la del español tonto: de acuerdo con ella, el canciller Moratinos ha llegado a la conclusión de que su colega Felipe Pérez Roque, corazón adentro, es un reformista que quisiera impulsar un cambio en Cuba tan pronto como Fidel Castro decida morirse, y para ello necesita cierto anclaje internacional.
 
Cualquiera de las dos posibilidades hace un flaco servicio a una admirable sociedad que hace pocas décadas conquistó la democracia y la libertad mediante una transición que asombró al mundo. Los cubanos no se merecen esa diplomacia miserable. Los españoles tampoco.
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