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Federico Jiménez Losantos

Cara y Cruz de Leopoldo Calvo-Sotelo

La cara es que hizo frente con dignidad a unas circunstancias delicadísimas tras el 23-F. La cruz es que fue incapaz de convocar elecciones para otra cosa que perderlas.

Federico Jiménez Losantos
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La cara de Leopoldo –la ventaja de un nombre raro es que puede ahorrarte los apellidos– es que representaba un cierto tipo de casta dirigente franquista, con inteligencia y muy buena educación, que fue capaz de hacer nada menos que la Transición. La cruz es que no fue capaz de hacer bien nada más que la Transición. Porque esa casta nunca se vio en la obligación moral y política de impedir la victoria apocalíptica del PSOE en 1982. La cara es que hizo frente con dignidad a unas circunstancias delicadísimas tras el 23-F. La cruz es que fue incapaz de convocar elecciones para otra cosa que perderlas, como si fuera más importante para él apurar el cáliz de un año y medio de Gobierno que tratar de que su partido, con mayoría en las Cortes, ganara las elecciones al PSOE. O, por lo menos, no regalara sin lucha el poder a la Izquierda para varias legislaturas. Leopoldo no quiso el pacto electoral de UCD con AP que hubiera reducido a un nivel aceptable la derrota de la Derecha. Y tampoco quiso ser candidato a la Moncloa, endilgándole el muerto a Landelino Lavilla, personaje pulquérrimo, tanto como el propio Leopoldo, pero que, después de Almunia, ha sido quizás el peor candidato a la Moncloa de los dos grandes partidos de la Izquierda y la Derecha en estos treinta años.
 
Leopoldo representó perfectamente las virtudes de UCD para salir de la dictadura, pero también sus defectos, que han inhabilitado a buena parte de la Derecha política para esa lucha sin cuartel –ideológica, mediática y política– que exige la democracia. Fue uno de los grandes funcionarios del Poder, pero no fue un político de acción, que es lo propio de la política. En cambio, en el análisis y en la dialéctica brillaba mucho más su talento.
 
También en la prensa de este domingo aparecía lo mejor de Leopoldo dentro de lo último: la crítica al modelo zapaterino de cambio de régimen, publicada en ABC bajo el título de La segunda Transición. He aquí los párrafos sustanciales del artículo: 
(...) Con la Transición quedaron atrás, muchos creímos que definitivamente, un par de siglos de fracasos, de dictaduras y de discordias civiles; (...) A la vista de este éxito rotundo y brillante han ido apareciendo políticos que intentan ocupar la prestigiosa marca «Transición» con ideas o proyectos a los que dan el nombre de segunda transición. No es que me hiera la usurpación por unos recién llegados de una marca política prestigiosa, pero sí me irrita y me preocupa que bajo el rótulo de segunda transición se intente pasar una extraña y confusa mercancía que traiciona la esencia misma de la primera.
La desnaturalización empieza por las bases históricas de nuestra convivencia política, desarrolladas a lo largo de la Transición y cifradas en la Constitución de 1978. Todo edificio constitucional tiene sus cimientos históricos y los del nuestro son los llamados valores de la Transición: la Monarquía, el espíritu de reconciliación nacional, el propósito de no repetir los errores del pasado, la voluntad de mantener un sólido consenso en las cuestiones fundamentales.
Han pasado treinta años y creíamos haber integrado y asumido ya aquellos valores, con la tradición política que arranca de ellos -desde UCD y la alta figura fundacional de Adolfo Suárez y, luego, la prudente pasada por la izquierda de Felipe González, hasta los años prósperos de Aznar.
Muchos creíamos, y vuelvo a utilizar el pretérito imperfecto, que la Transición es, por fin, un referente aceptable para todos los españoles sobre el que asentar el futuro con los necesarios ajustes no esenciales. (...) Pero he aquí que la izquierda, vencedora relativa en Marzo de 2004, no se limita al ejercicio normal de una alternativa de Gobierno, sino que, ignorando aquellos valores que muchos habíamos creído asentados, propone una segunda transición y parece como si quisiera edificar el futuro de España sobre los cimientos de la II República.
Es muy significativo, en efecto, que el preámbulo del proyecto de Estatuto catalán, que hoy se discute en las Cortes con el apoyo del Gobierno, cite dos veces la Generalidad de la II República y ni una sola vez la Constitución de 1978; o que cuando se decide a escribir el nombre de España lo haga pegándolo al epíteto de Estado plurinacional. Así como el famoso Proslogion de San Anselmo arranca de la blasfemia religiosa Non est Deus, Dios no existe, para refutarla contundentemente, la nueva transición española parece arrancar de la blasfemia histórica Non est Hispania, España no existe: Sintámonos convocados a refutarla contundentemente también.
Éste es el Leopoldo memorable. Pero el olvidable también tuvo su lugar en la Prensa dominical. Se encargó de la faena Juan Luis Cebrián, anulando la almibarada despedida de su periódico a un hombre que, en los últimos años de su vida, defendió políticamente el PP pero también a sí mismo dentro del tinglado institucional Zarzuela-Prisa, el gran responsable de que ese cambio de régimen, esa Segunda Transición, tenga lugar. La aparente generosidad del título Un hombre de las dos Españas escondía el áspid cebrianita habitual. Mejor dicho, dos: en el primero, recordaba que Leopoldo quiso echarlo de la dirección de El País y así se lo pidió a Polanco varias veces; en el segundo, que pese a ese antecedente, más propio de Cebrián el antenicida, siempre enemigo de la libertad de los otros, que de Leopoldo, pero que sin duda existió, impetró el amparo y ayuda de Cebrián para entrar en la Academia de la Lengua. Como es evidente que no entró, la única duda es si Cebrián contribuyó a ese fracaso o se limitó a disfrutar de la mendicidad y humillación de Leopoldo ante un tipo al que detestaba: él.
 
Cuando lo conocí, la vanidad de Leopoldo, aunque inferior a la de Cebrián, me pareció enorme. Le faltó para disfrutarla, tanto en la política como en la literatura, esa dureza implacable, letal que a Cebrián le sobra. Pero buscar acomodo a la sombra de los poderes fácticos es típico de esa casta dirigente del  franquismo, luego ucedea y después prisoica, que sobrevive procurando no mezclar lo que públicamente predica y lo que privadamente solicita. Es, de nuevo, la cara y la cruz de Leopoldo Calvo-Sotelo. Mis condolencias a su mujer y a su familia. Y, si Cebrián se lo permite, descanse en paz.

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