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Europa, de Omaha Beach a Munich 38 (I)

Casi diez mil tumbas ponen nombre y apellidos al sacrificio de aquellos jóvenes que apenas llegaron a vivir para que Europa pudiera seguir matándose.

Federico Jiménez Losantos
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Primeros días de agosto de 2014: por la playa de Omaha corren tres patines a vela; unos cuantos niños, provistos de palas y cubos de plástico, se afanan en construir castillos de arena; los viajeros, silenciosos, contemplan el mar lento, azul y gris de Normandía donde cabrillean amables olas domésticas.

Hace setenta años, sin embargo, estas playas hoy semivacías estaban llenas de sangre seca, petróleo quemado, restos de acero calcinado y retorcido, como grandes manchas imprecisas que el poco entusiasta sol normando no intentaba siquiera enjugar. En el verano de 1944, el destino del mundo y en particular la civilización alumbrada por griegos y romanos y signada por la cruz dos mil años atrás, estuvo en juego más que nunca pero como siempre. La libertad política, hija de Roma y de la Cruz, es por naturaleza frágil y desmemoriada. Y la causa, la razón última por la que tres mil soldados veinteañeros, que habían visto la luz en las grandes ciudades y en los más remotos pueblos de los Estados Unidos de América, entraron en el Valle de las Sombras, se ha ido perdiendo entre oficiosidades políticas y mediáticas.

Diez kilómetros tierra adentro, en Colleville-sur-Mer, está el cementerio norteamericano donde casi diez mil tumbas ponen nombre y apellidos al sacrificio de aquellos jóvenes que apenas llegaron a vivir para que Europa pudiera seguir desviviéndose o, simplemente, matándose. El camposanto alinea sus cruces blancas salpicadas por estrellas de David. Porque fueron muchos los soldados norteamericanos judíos que dieron su vida también aquí, en estas lentas playas donde la historia dejó caer los dados en 1944. El lugar, que recuerda al de Arlington, tiene su misma majestad cívica, su sencilla y geométrica dignidad: todos somos iguales en la muerte, sí, pero no todos pueden ser recordados del mismo modo. Unos kilómetros más allá, en La Cambe, el cementerio alemán alberga más de veinte mil muertos, cuyo recuerdo se agrupa en cruces de piedra cobriza, vagamente medievales, indudablemente germánicas. Pero si la tierra hermana a los muertos, no cabe confundir la razón última de su muerte. Unos ocuparon estas tierras francesas, que no conocían, para construir la Europa alemana; otros, que tampoco las conocían, los mataron para impedirlo. Cementerio francés no hay. Una hostelería inteligente mantiene las tumbas a distancia.

Y sin embargo, cientos de miles de soldados franceses murieron en las dos primeras semanas de guerra, pese a tener los mismos medios que el ejército alemán. También perdieron en la guerra franco-prusiana. Pero, tras terribles sacrificios y perder la flor de la juventud francesa, cuatro millones de muertos, acabaron ganando a los alemanes la Primera Guerra Mundial, también gracias a la ayuda final de un millón de soldados norteamericanos. En todos los pueblos de Francia se alza en lugar destacado un monolito "aux enfants" del lugar, "morts pour la Patrie", o "morts pour la France".

En Bretaña, única región francesa donde, gracias al apoyo e instrucción de los ingleses, puede hablarse de una actividad "maquisard" o de guerrilla contra la ocupación alemana, hay calles dedicadas a Bonsergeant, el primer civil fusilado -por escarmiento, tras una pelea de bar- por los nazis, pero son infinitas las referencias a De Gaulle, símbolo militar de una Resistencia que, militarmente, no existió. En Saint Marcel, cuyos espesos bosques albergaron esa heroica actividad del "maquis" hay un museo extraordinario sobre la vida cotidiana bajo la ocupación nazi. Muchísimo mejor que el que puede verse en Omaha Beach. Pero la batalla de Sant Marcel, donde llegó a haber, entre ingleses y franceses, más de dos mil hombres armados, tuvo una sola jornada de gloria. Al llegar el contraataque alemán, se dio la orden –no fácil de entender- de que se dispersaran las tropas, que se convertían así en irregulares y quedaban sujetas, como toda la población civil, a las crueles represalias de los nazis, que nunca escatimaban vileza ni encarnizamiento. ¿Por qué, sin embargo, la historia oficial francesa ha puesto el acento sobre esa actividad militarmente irrelevante de la Resistencia y no sobre la noble derrota de su ejército al empezar la II Guerra Mundial y, por supuesto, sobre la acción heroica, decidida de norteamericanos y británicos. ¿Por qué se habla ahora tanto de la Liberación de París y no de la de Francia?

Yo creo –y trataré de explicarlo y explicármelo en próximas entregas– que por algo que un gran francés, un gran liberal y gran amigo de España, Jean François Revel, dijo en uno de sus libros: "la primera de todas las fuerzas que mueven al mundo es la mentira". Si Europa está desandando el camino de Omaha Beach a Munich 1938 es porque la mentira se ha convertido en la verdad oficiosa, cómoda, políticamente correcta, en unas democracias regaladas –Francia, sí, pero también España– que han olvidado por completo el precio de la libertad.

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