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Los sonámbulos de Barnapest

No sé qué resulta más triste: ver cómo Madrid se parece a la Viena de 1914 o comprobar cómo Barcelona le provoca la misma parálisis que Budapest.

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Sonámbulos, de Christopher Clark (Galaxia Guttemberg, 2014) es uno de los mejores libros de Historia que he leído. Porque rara vez un libro logra cambiar, a base de datos, evidencias y deducciones lógicas, la visión que uno tiene acerca de algo tan importante como la I Guerra Mundial. Y sucede que, por el influjo retrospectivo de la II Guerra Mundial, en la que la culpabilidad de la Alemania nazi es evidente, y dado que gran parte de la opinión pública asume que la II Guerra Mundial fue en muchos sentidos la conclusión de la I, tendemos a creer que la responsabilidad esencial de la guerra que por dos veces destruyó Europa fue esencialmente germánica.

Es verdad que se admitía, al menos desde el libro de Keynes, que el Tratado de Versalles era tan injusto para Alemania que podía provocar una revancha, que finalmente tomó la forma nazi. Sin embargo, la indudable importancia intelectual del totalitarismo y el hecho de que los totalitarismos fascista y nazi fueron reflejo del comunista, hijo político de la I Guerra Mundial, ha provocado un desinterés casi absoluto sobre las causas de la Gran Guerra Europea, como se llamó al principio. Hemos creído, en fin, que lo importante de la IGM es lo que albergaba de IIGM y que su valor intelectual residía en lo poco que se parecía a lo que desde 1917 –origen de la URSS - y no 1918 –Versalles y el saldo de la guerra- ha marcado el mundo.

Pues bien, tras leer el libro de Clark, los españoles podemos pensar exactamente lo contrario: que es la I Guerra Mundial (o, según reza el subtítulo, "Cómo Europa fue a la guerra en 1914") la que nos ayuda a entender mejor lo que nos sucede. Y lo peor es que la agonía del imperio austrohúngaro y de la Europa bastante pacífica en la que ocupaba un lugar esencial –su importancia se advirtió cuando desapareció- se parece horrores a la agonía del Estado Español, a la que en estos días estamos asistiendo. No sé qué resulta más triste: ver cómo Madrid se parece a la Viena de 1914 o comprobar cómo Barcelona le provoca la misma parálisis que Budapest.

Me remito a Clark y al excelente libro de Ricardo Artola La I Guerra Mundial, de Lieja a Versalles (Alianza Editorial) –hay entrevista con el autor en Libertad Digital- para comprobar, con la letal contundencia de los números, el resultado de ese empeño en la guerra que, en lo esencial, fue responsabilidad de serbios, rusos y franceses, con la activa complacencia de la diplomacia británica. Ahí se cuenta además, tumba a tumba, cómo los países vencedores tuvieron muchas más bajas que los derrotados; pero no por su heroísmo, sino porque la dirección militar fue tan criminal como la civil. Para meditar.

Entre Barnagrado y Barnapest

Quiero subrayar, sin embargo, lo que menos suele destacarse en el relato general de la IGM: la parálisis diplomática y política de Austria-Hungría tras el asesinato del heredero del trono, que le llevó a tardar casi un mes no ya en atacar sino en presentar un ultimátum a los criminales serbios –los asesinos eran los terroristas de Apis, pero los responsables fueron el Gobierno y su batahola mediática nacionalista-, un ultimátum que incluso estaban dispuestos a aceptar si Rusia y Francia no les hubieran convencido de que les protegerían militarmente de Austria.

¿Cómo pudo Viena tardar casi un mes en redactar un ultimátum -amenazador, sí, pero un papel al fin y al cabo- cuando se ha asesinado al Heredero del Trono y absolutamente todos saben quiénes son los asesinos? Pues porque Hungría tenía una especie de derecho de veto sobre la política y la actividad diplomática del llamado Imperio de las Dos Coronas. Pese a ser sólo una minoría, inferior a la alemana y no muy superior a las eslavas, Budapest había constituido un Estado dentro del Estado, que mandaba en lo suyo y no dejaba de mangonear en lo demás. Hace tiempo leí en alguno de los estudiosos del totalitarismo moderno en Cataluña –creo que Pericay- cómo la Generalidad de Pujol, Montilla y Mas había copiado el modelo lingüístico húngaro tras la derrota ante Prusia y el nacimiento del Imperio, un modelo que, en síntesis, se resumía en prohibir el alemán en todos los ámbitos públicos de Hungría, mientras Hungría tenía derecho de consulta con el Emperador y participaba decisivamente en todas las decisiones de Viena.

Tisza, el Pujol magyar, que era muy escuchado por el emperador Francisco-José y también el mayor enemigo del asesinado Archiduque, consiguió frenar, torpedear y, finalmente, impedir lo que debería haber sido una respuesta militar fulminante de Viena contra Belgrado. La razón es que el Heredero asesinado tenía el plan de dar a las minorías eslavas, rumanas, checas y demás –había once en el imperio- los mismos derechos que a los húngaros, acabando con ese protectorado minoritario de Hungría que paralizaba toda la actividad del imperio. Después de Belgrado, donde más se brindó para celebrar el asesinato de Francisco Fernando fue en Budapest, porque con él moría el proyecto de los Estados Unidos de la Gran Austria. Siempre que una reacción militar tras el crimen no llevara a Austria a imponerlo, arruinando el negocio del cabildeo magyar. Nunca hubiera habido guerra si Austria invade Serbia de inmediato, pero Budapest lo impidió. Y eso, que era la prueba de la debilidad interna del Imperio, es lo que animó a Moscú y París a respaldar a los asesinos de Belgrado. Que mataron precisamente para impedir que esa reforma democratizadora o federalizante del Imperio arruinara su plan de una Gran Serbia independiente.

Para los austríacos de Madrit, desde la Transición, Barcelona es Barnapest. Ningún Gobierno se atreve a hacer nada contra el despotismo magyar, porque éste se presenta como garante –aunque condicional- de la estabilidad de la Corona y el Estado. Y ahora que Barcelona ya no es sólo la Barnapest de los Tisza sino la Belgrado de los Apis, o sea, Barnagrado, se ha quedado como Austria ante lo que creyó el cadáver de su futuro, como si su futuro fuera necesariamente cadáver. Y no lo era. No era fatal que se produjera la I Guerra Mundial, ni que desapareciera el imperio Austro-Húngaro, ni que sobre millones de muertos se preparase la inmensa pira de decenas de millones de muertos de la II Guerra Mundial y los cien millones de muertos del comunismo en todo el mundo. Nada es inevitable nunca y nada era inevitable en Austria, salvo el estúpido respeto a Hungría. Tampoco es inevitable nada en esta España de poderes sonámbulos, salvo que sigamos temiendo y subvencionando a Barnagrado, antes Barnapest.

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