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Federico Jiménez Losantos

Marianela Mato: de Gran Hermana a Gran Mamá

Lo que conocemos del Proyecto de Ley para la Protección de la Infancia parece la ensoñación norcoreana de una déspota con resaca.

Federico Jiménez Losantos

Lejos de mí la intención de rebajar el mérito de que una persona que se proclama invidente y carece del auxilio de la ONCE haya alcanzado los más altos puestos del Gobierno. Dicen que de no ser amiga de Rajoy, hoy sería la urdangarina de Sepúlveda, su ex-marido, cuyo Jaguar no veía Mato en el garaje familiar, tal vez porque estaba oculto tras otro enorme vehículo, un 4x4 de la marca Gurtel, que tampoco veía, la pobre. De haberlo visto, se habría preguntado quién lo pagaba y se habría evitado tanta ignorancia, hija de la invidencia.

La ministra Marianela, o la Marianela ministra, porque no hay cieguita más simpática que la de la novela galdosiana, tiene, por tanto, un enorme valor, de ahí que su discapacidad psicofísica, matizada por la amistad rajoyana, no le impidiera alcanzar el Ministerio de Sanidad, cuyas competencias, al fin y al cabo, están todas transferidas. Sin embargo, el engreimiento también alcanza a los que deberían agradecer su suerte sin forzarla; de ahí que Mato pretenda ahora convertirse en la Gran Hermana o, mejor, la Gran Mamá de las familias españolas.

Actriz Margarita Xirgu, caracterizada como Marianela | Wikipedia

Lo que conocemos del Proyecto de Ley para la Protección de la Infancia parece la ensoñación norcoreana de una déspota con resaca o el clásico alarde político-moral de los manuales de comienzos del siglo XX como el Juanito de Parravicini, La educación del ciudadano de Palau Vera y Cortesía y buen tono, de la Condesa Collalto. O, ya en la posguerra, Educación y mundología de José Antonio de Armenteras. El proyecto de Mato le hubiera parecido excesivamente intervencionista a la mismísima Pilar Primo de Rivera en la inmediata posguerra, no digamos en los años del desarrollismo o cuando el harakiri de las Cortes franquistas. Hasta aquella procuradora Belén Landáburu, siempre de distinguidísimo azul mahón, lo hubiera considerado exageradamente conservador.

Portadas de 'Juanito' de Perrivacini, 'Cortesía y buen tono' de la Condesa Collalto, 'La educación del ciudadano' de Palau Vera y 'Educación y mundología' de José Antonio de Armenteras

Lo es. En ese proyecto o producto legislativo se dice que los niños "deben corresponsabilizarse de las tareas domésticas". ¿Y eso qué le importa a la ministra? –se dirán muchos-. ¿Y qué hará Marianela Mato si los niños no obedecen en casa y los padres los denuncian al Gobierno? –me pregunto yo-. ¿Multarlos? ¿Y quién pagará la multa? ¿Encarcelarlos? ¿Y dónde? ¿Solos o en compañía de sus padres? ¿Desde qué edad? ¿Y quién se encargará de verificar el grado de incumplimiento de la ley? ¿Qué jueces establecerán si el niño cometió delito o sólo falta, si hubo o no hubo dolo?

Explayémonos en la prosa ministerial: "los menores deben participar en la vida familiar" (se nos antoja inevitable), "respetando a sus padres y hermanos así como a otros familiares o personas que se relacionen de forma estable con el núcleo familiar". Así debería ser. "Los menores deben participar y corresponsabilizarse en el cuidado del hogar y en la realización de las tareas domésticas de acuerdo con su edad y con independencia de su género". Menos mal que nos lo aclara la Ley. Lo que no aclara es cómo.

Vayamos a la escuela. Allí, los escolares "deben respetar las normas de convivencia de los centros educativos, estudiar durante el periodo obligatorio y tener una actitud positiva de aprendizaje durante todo el proceso formativo". Faltaría más. Para eso los llevamos. Pero esto es más difícil: "Los menores deben respetar a los profesores y otros empleados de los centros escolares así como al resto de sus compañeros, evitando situaciones de conflicto escolar". Vale, pero ¿esto no es cosa de Wert y de las autonomías? ¿Quiere Marianela ser también El árbol de la Ciencia?

Entremos en el área del respeto, que es universal, oceánico, total: "deben respetarse a sí mismos, a las personas con las que se relacionan y al entorno en el que se desenvuelven" (…) "respetar la dignidad, integridad e intimidad de todas las personas con las que se relacionen con independencia de su edad, nacionalidad, origen racial o étnico, religión, sexo, orientación e identidad sexual, discapacidad, características físicas o sociales o pertenencia a determinados grupos sociales o cualquier otra circunstancia personal o social." (…)

Eso, en lo que atañe a las personas. (cómo adivinará un niño la orientación sexual de su Seño, no lo sé) ¿Y las cosas? Más: deben "conservar y hacer un buen uso de los recursos e instalaciones y equipamientos públicos o privados, mobiliario urbano y cualesquiera otros en los que desarrollen su actividad" (…) "respetar el medio ambiente y colaborar en su conservación dentro de un desarrollo sostenible".

Hasta aquí, como buen menor de edad, que es como a todos, padres e hijos, nos trata la ministra, he llegado. Pero aquí me paro y no me muevo hasta que Marianela me explique qué es el "desarrollo sostenible". ¿Es desarrollo que un ministerio produzca semejante melonada? ¿Es sostenible un Gobierno que nos considera esclavos en lo fiscal y nasciturus en lo moral? ¿Es ético que una ciega voluntaria dé clases de ética, que una présbite de jaguares pretenda evitar a las criaturas los peligros de la selva?

Pues no.

Nota final: Marianela no era ciega y la cosa acaba peor

Como aclara muy bien el avisado lector Juan Pablo Sánchez Vicedo, Marianela no era ciega, aunque la novela de ese título, la más popular sobre la ceguera a final del XIX, hoy esté olvidada en favor de El túnel y Sobre héroes y tumbas de Sábato o del Ensayo sobre la ceguera de Saramago. Pero su argumento es insuperable para el culebrón: Marianela -"Nela"- es lazarillo de Pablo Penáguilas, rico y guapo, de quien se enamora y por quien es correspondida, pero cuando él recupera la vista y la ve fea y deforme, se enamora de otra joven muy guapa. Y la pobre Nela, "royendo su corazón y apartándose de la vista de los hombres", como Edipo, muere de pena, tras haber unido sobre su torturado pecho las manos de los novios.

Así que este de Marianela es un título equívoco tirando a absurdo, porque confieso que yo no creo que Mato sea invidente; para mí que veía en el garaje el Jaguar y el 4x4. También estoy convencido de que cuando ella no pagaba las fiestas de comunión de sus hijos, sino Gurtel, barruntaba que algo era ilegal o bastante feo. Y como no hay peor ciego que el que no quiere ver, seguro que Mato se mira en el espejo y no ve a Leire Pajín.

Tengo otro problema con el paralelismo entre Marianela y Mato: la ministra era monísima de joven, en el género formal-colegial, y no me sirve como Nela salvo que veamos su fealdad como un hecho político-moral que mariano, cegado por la amistad, es incapaz de ver. Un día, se le cae la venda de los ojos, ve su deformidad ética, se horroriza y la destituye. ¿Y qué hace la difunta –políticamente hablando- tras su destitución en el BOE? Dejo a los comentarios de los lectores la continuación de la historia. Y pido perdón por el equívoco del título: a veces, uno se ciega con las metáforas.

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