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PANORÁMICAS

El último sermón del marxista Ken Loach

Si odia el cine, o es un sadomasoquista, o si odia el cine y además es un masoquista, como parece ser el caso del director británico Ken Loach, El viento que agita la cebada es su película.

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El último festival de Cannes se abrió con El código da Vinci y se cerró con la Palma de Oro a la película de Loach sobre el IRA y la independencia de Irlanda; pero podrían haber invertido los papeles: apenas se habría apreciado la diferencia entre la fantasiosa invención del linaje de Jesús y la empanada política con que se indigesta el fósil del trotskismo cinematográfico inglés. Que el más prestigioso de las festivales se inaugure con un blockbuster pseudorreligioso y conceda su máximo galardón a un blockbuster pseudopolítico revela el carácter putrefacto del planeta cinematográfico.
 
Ahora el viejo fanático de la lucha de clases nos presenta la historia del terrorismo irlandés a través de dos hermanos que lideran, como si fueran Frank y Jesse James, un grupo del IRA espoleados por el salvajismo del ejército inglés. Pueril y maniqueo, Loach aprovecha los conflictos que distorsiona en sus películas, desde la guerra civil española (Tierra y Libertad) a la revolución sandinista (La canción de Carla), pasando ahora por el terrorismo irlandés, para sermonear al respetable con sus delirantes apologías de la violencia contra cualquier sistema político con un mínimo de organización, sin importarle si es dictatorial o "aparentemente" democrático.
 
"Aparentemente", porque Loach no es de los que admite que una votación democrática o unos límites constitucionales arruinen sus pequeños anhelos utópicos. En una secuencia con un sacerdote católico que defiende el pacto entre irlandeses e ingleses se burla explícitamente de la voluntad popular; en otra ocasión legitima el robo revolucionario; un poco más allá comprende y justifica el asesinato de inocentes en nombre de los ideales revolucionarios.
 
La dominación inglesa de Irlanda es descrita como si la Gestapo y las SS fueran invención de Churchill, lo que le da ocasión para liberar sus más bajos instintos sádicos y pornográficos en unas sesiones de tortura convertidas en puro espectáculo. Por otro lado, los irlandeses, reducidos a fantoches folclóricos bastante torpes y sentimentales, como exige el tópico inglés, se rebelan, claro, pero Loach no desaprovecha llevar el conflicto irlandés a su terreno: la lucha de clases contra el imperialismo capitalista, representado por cualquier organización política que no satisfaga sus criterios revolucionarios, da igual que sea el Estado inglés o el Estado irlandés, cuando finalmente se constituye, el cual no deja de ser, según Loach, otra máscara de la opresión oligárquica (paradójicamente, son el aristócrata terrateniente irlandés y el sacerdote católico los únicos que se libran del acartonamiento del guión de Laverty).
 
La crítica "comprometida", por ejemplo Diego Galán en El País, ha hecho creer que, a pesar del premio en Cannes, Ken Loach es poco menos que un perseguido político por la derecha. Nada más lejos de la realidad. En los Cahiers du Cinema –que no es precisamente un bastión de Le Pen– apuntaron que "una película que deja a sus personajes la elección entre ser un cabrón o un mártir es forzosamente mediocre", y calificaron el típico adoctrinamiento loachiano de "nada vergonzoso, pero nada apasionante".
 
La negación de Loach como creador cinematográfico se manifiesta en la contradicción entre la belleza sosegada de los paisajes y la crispación y la crueldad que se supone es el núcleo temático del film. No sentimos en las bucólicas panorámicas el dolor patriótico que recitan, obedientes al guión, los terroristas del IRA. No se huele la pobreza en las ropas recién compradas en Zara. No hay una pizca de verdad en las canciones irlandesas arregladas según los parámetros de Enya.
 
En contraposición a la predecible atracción de Loach por el crimen como herramienta política y el academicismo como estrategia formal, destacan con más fuerza si cabe los claroscuros expresivos que Ford imprimió en El delator, o la amenaza y el desamparo del paisaje irlandés que David Lean supo captar en La hija de Ryan, las mejores películas que se han realizado, aunque indirectamente, sobre la verdad esencial de la relación entre Irlanda e Inglaterra. Tanto Ford como Lean se ponían de parte de los presuntos traidores a la causa, mientras que Loach lo mata sin piedad. Pero es que, como que dijo William Blake, citado por Laverty en el guión de forma oportunista, el verdadero artista está de parte del diablo.
 
El desprecio de Loach por los procedimientos democráticos, la justificación de la violencia contra cualquier régimen político posible, el martirologio y la santificación como únicas respuestas humanas posibles se corresponden con la pobreza formal de una dirección insípida, en el límite de la parálisis, ante la que los actores bastante tienen con ser marionetas de ese fullero al que escuchamos el resuello cuando perpetra sus trampas sin talento. Las secuencias repetitivas y explicativas, puestas al servicio de la ideología pero superfluas, entorpecen el desarrollo de una trama inverosímil en la que se suceden las estampas academicistas, en el peor estilo amanerado de James Ivory, en apariencia su opuesto de clase, en realidad su camarada visual.
 
Paradigmática es la escena en que aparece un grupo de terroristas entre la niebla mientras retumba la canción irlandesa de turno. O la confesión del matarife del IRA de su vil hazaña, ajusticiar a un pobre chaval, que consigue que una chica se arroje en los brazos de aquél, ante tamaña autenticidad, intentando de paso ganarse a los espectadores (Loach no tiene la valentía de mostrarnos la mirada de la madre al asesino de su hijo). Por no mencionar las patéticas discusiones, dignas de analfabetos funcionales, simulando asambleas revolucionarias, tan del gusto de Loach.
 
Como buen marxista, Loach piensa que el cine no debe conformarse con ser fiel a la realidad, sino que debe contribuir a transformarla, y niega cualquier comparación con Leni Riefenstahl. Qué más quisiera el británico que parecerse a la directora favorita de Hitler. Porque plásticamente podría alcanzar algo de fuerza y originalidad en las imágenes, cuya falta trata de sustituir su incompetencia con discursos de checa. Y porque sería capaz, como hacía la alemana, de transmutar las brutales y simples ideas nazis en personajes cinematográficos complejos y poderosos, en lugar hacer lo que hace: simplificar las relaciones sociales en una Disneylandia totalitaria.
 
 
EL VIENTO QUE AGITA LA CEBADA (127 minutos). Director: Ken Loach. Guión: Paul Laverty. Intérpretes: Cillian Murphy, Padraic Delaney, Liam Cunningham, Gerard Kearney, William Ruane. Calificación: Mediocre (3/10).
 
 
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