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COMER BIEN

Vinos de España

Los de Galicia, el País Vasco, la Rioja y Castilla y León se han salvado, al parecer, de ser englobados en el enrevesado concepto de "Vinos de la tierra de los viñedos de España", vulgo "Vinos de España", muy amplio para ser atractivo o definitorio.

Los de Galicia, el País Vasco, la Rioja y Castilla y León se han salvado, al parecer, de ser englobados en el enrevesado concepto de "Vinos de la tierra de los viñedos de España", vulgo "Vinos de España", muy amplio para ser atractivo o definitorio.
La cosa obedece al imparable descenso en el consumo de los vinos no amparados por una denominación de origen. Es evidente que cada vez se bebe menos vino; pero no lo es menos que el ciudadano normal se gasta cada vez más dinero en vino. Vamos, que bebe menos... pero bebe mejor. Nostálgicos aparte, no parece que sean muchos los que añoren los tiempos de ir a comprar vino a granel a la bodega de la esquina, o las botellas de litro y tapones de plástico, dentro, y rosca, fuera, que protagonizaron el mercado hace algunos lustros.

Hoy sería imposible una actitud como la expuesta –con orgullo, además– por Luis Antonio de Vega en su Guía gastronómica de España (Editora Nacional, 1957), donde el autor expresa una y otra vez su preferencia por el vino "de pellejo" sobre el embotellado. Por cierto: la lectura de las obras de ese autor hace que uno tenga muy serias dudas sobre su carácter de gastrónomo, y ninguna sobre su condición de tripero.

A mí, qué quieren que les diga, me encanta ver, en las barras de los bares de vinos, nombre que, si no queremos, como parece, usar el clásico y magnífico de "taberna", prefiero mil veces a los un tanto cursis de "enoteca" o "vinoteca" –he llegado a ver un sitio bautizado como "vinacoteca", toma ya–, a gente joven que sabe lo que pide y no solicita "un vino", ni "un tinto", ni "un rioja", sino que especifica perfectamente la etiqueta que quiere. Bebemos mejor, mucho mejor que nuestros padres y abuelos.

Entiendo que la Administración quiera apoyar a los vinos "corrientes", por citar otra expresión del ínclito De Vega; pero es inútil remar contracorriente. La demanda del mercado va por otro camino, por el del vino de calidad. El valdepeñas de pellejo de las tascas madrileñas, el ribeiro en tazas de las tabernas gallegas, son apenas un apunte folclórico residual.

El consumidor español exige calidad. Cada vez más. Y la paga. Curiosamente, en las comunidades autónomas que no entrarán en ese cajón de sastre llamado "Vinos de España" se elaboran vinos bien conocidos y prestigiados en el mercado interior y en los exteriores: albariños, ribeiros, valdeorras, ruedas, riberas del Duero, riojas –incluidos los vinos de la Rioja alavesa–... Todos ellos controlados por unas denominaciones de origen de alto nivel de exigencia.

Inútil intentar una vuelta atrás. Otra cosa es que se promocionen y se den a conocer como se merecen los vinos de zonas que podríamos llamar "emergentes" si no fuera porque son bien antiguas: Cariñena, Valdepeñas, Priorato, Jumilla, Yecla y tantas otras, junto a alguna "emergente" de verdad, como el Somontano. Hay que hacerlo, pero hay que hacerlo bien.

Quiero decir que asistimos al curioso fenómeno de que, de seguir las cosas así, a un ciudadano amante del buen vino va a darle casi vergüenza pedir, en el restaurante y ante un sumiller de nuevo cuño, un rioja o un ribera del Duero: parece que el sumiller le mira a uno mal. Está de moda, entre estos profesionales –lógicamente, hay muy serias y brillantes excepciones– recomendar vinos de zonas ignotas para el gran público, para demostrar, sin duda, sus muchos conocimientos, superiores a los del pobre cliente al que le siguen gustando un montón los riojas. Y no es eso.

Uno tiene edad suficiente para recordar muy bien los tiempos, tampoco vayan a creer que tan lejanos, en los que la mayoría del público desconfiaba de los vinos embotellados y etiquetados. "Eso es química", decían. Por fortuna, las cosas han cambiado mucho y la gente prefiere la calidad garantizada a la excelencia aleatoria y problemática.

De todos modos, se agradece la intención subyacente en "Vinos de España", aunque me temo que al final sólo funcionan las cosas que están bien hechas, es decir, los vinos de calidad. Consideramos incluso legalmente al vino un alimento; en realidad, es una parte muy importante del placer gastronómico. Lógico, pues, que exijamos calidad, pese a que la calidad hay que pagarla siempre.
 
En fin, quede ese cajón de sastre para quienes todavía piden, simplemente, "un vino". Los que vamos uno o varios pasos más allá preferimos especificar bastante más las cosas. Así que disfrutaremos de los vinos de calidad, al menos mientras a Sanidad no se le ocurra emprender otra de sus cruzadas y ponga el vino en su punto de mira.
 
 
© EFE
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