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LA PATERNIDAD, BAJO ASEDIO

En el nombre (o apellido) del padre

Margaret Mead, antropóloga norteamericana conocedora de la evolución de la familia occidental, habló de "la muerte civil del padre" para referirse al "desposeimiento de derechos al que se ve sometido, en caso de divorcio, el progenitor que no disfruta de la tenencia de sus hijos".

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Dicho intento de "muerte civil" se basa en una realidad común a casi cualquier país occidental: la inmensa mayoría de las sentencias de separación conceden la custodia de los hijos a la madre. En España, el dato ronda el 90 por 100 de los casos.

A la implantación legal de la muerte civil del padre por vía de la tenencia materna de los hijos viene ahora a sumarse el nada inocente intento de cambiar la normativa sobre los apellidos paternos en el Registro Civil. Un paso más (aunque parezca inocuo) en la carrera por vaciar de contenido a la figura paterna. Puede que este tipo de arremetidas contra el hombre padre sea una merecida consecuencia de la tradicional falta de compromiso masculino con la familia. Pero si reconocemos que el hombre del siglo XXI no tiene nada que ver con el pater familiae del pasado, y si hoy queremos demandar la creación de herramientas sociales que impidan la habitual condena de destierro al hombre separado, habrá que empezar por construir una figura de papá más sólida, responsable, determinante, influyente y presente, basada en la realidad científica de las relaciones padre/hijo y que recoja el creciente compromiso de millones de hombres en el mundo occidental que quieren ser padres para toda la vida. Porque lo contrario es demoledor no sólo para los hijos, también para la propia institución paterna.

En su libro El rol del padre, Kyle D. Pruett advierte: "La tensión social entre el saber que el papel del padre es importante y, al mismo tiempo, el constatar que la sociedad lo convierte en apenas practicable impulsa gran parte del proceso de deterioro del compromiso paterno". Los padres necesitan que su labor sea valorada y reconocida. En la mayoría de los casos, el compromiso no se rompe ni siquiera cuando media una sentencia judicial. Pero ésta y las subsiguientes estructuras sociales generalmente patricidas pueden suponer un obstáculo demasiado difícil de superar. Desengañémonos: no existen las condiciones necesarias para que los padres puedan ejercer sus labores en igualdad de condiciones con las madres.

Al margen de experimentos más o menos hilarantes con la filiación, esta realidad se expresa con toda la crudeza en el ejercicio de paternidad a distancia del hombre separado. Primero, porque la mayoría de los hombres son conscientes de que lo que debe ser siempre salvaguardado en el proceso de divorcio es el bienestar de los pequeños. El padre separado sabe que su dolor no es el importante y, en más ocasiones de las que podemos llegar a imaginar, la figura paterna se ofrece en sacrificio ante el altar del bien mayor de los hijos.

No existen datos suficientes al respecto, porque la ciencia apenas está empezando a hacerse eco de esta realidad. Pero el estudio de algunos trabajos sociológicos recientes en Estados Unidos nos arroja una reveladora y diríase imparable tendencia. Los padres que legítima y genuinamente creen que estarían en disposición de acceder a la custodia de sus hijos tras el divorcio a menudo consienten la tenencia materna porque temen que, en la batalla por la custodia, puedan llegar a perder mucho más de lo que ya han perdido. Eleanor Maccoby y Robert Mnookin realizan desde la década de los ochenta un seguimiento a 1.100 familias norteamericanas sometidas a procesos de divorcio. El 82 por 100 de las madres quisieron la custodia exclusiva, y en más del 90 por 100 de los casos la lograron. En cuanto a los padres, las peticiones iniciales fueron menos claras: el hombre accede a un mayor abanico de posibilidades (desde la custodia única a la tenencia compartida), pero más de un tercio termina aceptando un régimen de custodia inferior al que habían solicitado al comienzo del proceso.

"Es mucho más probable que las madres logren ver satisfechos sus deseos iniciales que los padres", concluye el estudio. ¿Por qué? Según Maccoby y Mnookin, los padres tienen "motivos para creer que si realizan una petición de tiempo más generosa para ellos y sus hijos, ésta fracasará, y probablemente se volverá contra ellos en el proceso judicial". "De hecho –añaden–, cuando la pareja no logra un acuerdo previo sobre la custodia o los regímenes de visitas, la petición de ella triunfa el doble de ocasiones que la de él".

Aún peor: incluso cuando los dos miembros de la expareja acuerdan por voluntad propia que la custodia resida en el padre exclusivamente, el riesgo de que el juez desestime la propuesta es mayor que en el caso contrario.

Esta aparente injusticia hunde sus raíces en lo que la catedrática de Derecho Civil de la Universidad Pablo de Olavide (UPO) Rosario Valpuesta Fernández llama una secular "feminización del espacio privado" y "masculinización del espacio público". Según esta experta, el proceso debería ser a la inversa: habría que masculinizar las labores en la familia y feminizar la sociedad (sobre todo desde el punto de vista profesional). La tesis oficial y mayoritariamente aceptada por los jueces hasta ahora es ésta: "El hombre ha demostrado tradicionalmente un fuerte desapego a su función de padre".

En el caso de separación, la mujer lleva sobre sus espaldas un curriculum mucho más brillante en cuanto a compromiso, apego, sacrifico y esfuerzo maternal. No en vano el 96 por 100 de las excedencias laborales para crianza de hijos sigue siendo solicitado por las madres.

¿Es esto cierto? Y, de serlo, ¿es suficiente razón para que la sociedad condene al hombre al ostracismo civil sistemático como padre?

En el imaginario social del siglo XX y, mucho me temo, en la visión del asunto que tienen quienes han de verse obligados a aplicar la ley subyacen algunos mitos comunes que favorecen la tendencia a conceder a la madre una posición de privilegio en casos de separación: que hay pocos hombres que afronten la responsabilidad paterna solos –cuando las mujeres sí tienen una larga tradición de maternidad en soledad–, que la mayoría de los padres divorciados se vuelve a casar, que el divorcio supone una mejora económica para el hombre...

Hoy en día, la paternidad ofrece muchos rostros, aumentan considerablemente casi todas las modalidades: el padre que se queda en el hogar, el padre soltero, el padre que tras la viudedad no vuelve a casarse, el padre homosexual con pareja masculina, incluso el hombre que acude a la paternidad por la vía del vientre de alquiler...; sea cual sea la legislación de cada país acerca de cada uno de estos fenómenos, lo cierto es que en el mundo occidental el número de hombres que acuden solos a la aventura de la paternidad crece sin parar. Quizás para desterrar ese mito social y legal de que sólo ellas tienen avalada su trayectoria como progenitor solitario que subyace, en buena medida, en la decisión final sobre la custodia en caso de separación matrimonial.

Pero el mayor y más ominoso de los mitos acerca de la situación del hombre separado es el de la estabilidad económica. Está basado en que, tradicionalmente, los ingresos de los hombres sin pareja son hasta un 20 por 100 más elevados que los de las mujeres sin pareja o los de las familias encabezadas por una mujer. Pero las cosas son bien distintas cuando media una separación. El informe 2000 de Caritas Diocesana arrojó datos espeluznantes: casi el 80 por 100 de los hombres que acudían a los comedores de esta organización eran individuos que lo habían perdido todo tras una crisis familiar, especialmente tras un proceso de divorcio. Otro informe realizado en 1999 en Finlandia sobre la nueva pobreza descubrió que el hombre que afronta un divorcio es el ciudadano con mayores probabilidades de cambiar de estatus económico y entrar en el umbral de la pobreza. En ese país, 8 de cada 10 nuevos pobres son hombres que se han separado en los últimos 3 años. En Estados Unidos, un 20 por 100 de los hombres divorciados vive en la zona fronteriza al umbral de la pobreza.

Puede que elegir el orden de los apellidos de los hijos sea una nimiedad sin importancia. Si el Gobierno cree de verdad que la preferencia paterna es un acto de injusticia está, indirectamente, confiriendo al orden de apellidos una trascendencia de la que carece. Sin quererlo ha solventado una injusticia provocando una mayor: la concesión de un privilegio cuasi medieval a aquellos cuyo apellido empieza por A.

Quizá el tema no pase a mayores. Pero, lejos de tratarse de una mera cortina de humo, como muchos quieren opinar, en tal decisión subyace una cada vez más evidente tendencia social al vaciado sistemático de contenido de la figura del padre. A su muerte civil.

 

http://twitter.com/joralcalde

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