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UN VIAJE POR LAS HURDES

La señora Isabel

Cuando el caminante pasa por Cerezal, la tarde acaba de irse. En la fonda saluda a la señora Isabel, que toma un vaso de leche sentada a una mesa frente al televisor. Es gruesa, de ojos claros y expresión sonriente; de edad próxima a la de Eusebio, a quien conoce y de quien dice que "es un hurdano auténtico, como debe ser". La señora Isabel tiene muchas cosas que contar.

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"No, ni un robo ni un crimen. Hambre, antes, cuando no había carreteras ni nada. Ya llegaban estas fechas y se empezaba a pasar mal. Pero la gente, siempre muy honrada".
 
"El que más hizo por estas tierras fue Alfonso XIII. El mejor político que ha pisado Las Hurdes. No teníamos carretera, ni luz eléctrica, ni médicos, y había mucho paludismo. Morían muchos niños. Entonces el sendero iba por la parte de arriba de la montaña, y Alfonso XIII fue por allí, a caballo. Mandó tres médicos, a Pinofranqueado, Caminomorisco y aquí. Y maestros. Se desinfectaron los charcos y se acabó con el paludismo. Lo que le dio vida a Las Hurdes fue hacer la carretera".
 
"En aquella época… Se hacía carbón en la sierra y se vendía luego, a una peseta el saco de sesenta kilos. Y se trabajaba el lino. La abuela hilaba a la luz de la lumbre. Lo cocían con ceniza de encina, luego lo lavaban y lo ponían al sol, y hacían unos paños blanquísimos. Calaos preciosos, vainicas… También se molía centeno en un molino de piedra que había en Batuequilla, y se cocía el pan".
 
"Las mujeres daban a luz en el suelo. Yo hacía de comadrona y lavaba a los niños, ¡cuántos pude salvar! Le voy a contar el caso más valiente. Una vez nació una niña con seis dedos en cada mano. Y el padre y la madre, venga a llorar: 'No se casará el día de mañana, porque no la querrán'. Pero yo noté que el sexto dedo estaba muy blando, como un trocito de piel casi sin carne y sin hueso. Así que les dije a los padres: 'Esto se puede arreglar, no tengáis miedo'. Yo tenía experiencia de comadrona y de ayudar al médico, así que cogí agua oxigenada y alcohol, desinfecté con mucho cuidado las tijeras y ¡zas!, le corté un dedo sobrante y le vendé enseguida la mano. Salió muy poca sangre, y la niña lloró, pero enseguida paró. Esto, a los cuatro días de nacer. Al cabo de una hora hice la misma operación en la otra mano. A los dos días le quité las vendas, y la chica quedó normal. Actualmente está en Pamplona, en un hospital, trabajando. ¡Ah, hace muchísimos años, antes de la guerra! El médico me dijo que había hecho muy bien".
 
La señora Isabel ha tenido cuatro hijos, dos de cada sexo, que se han ido a Madrid y Barcelona.
 
"También he vivido en Madrid, en Alcorcón, pero aquello no era sano, y yo tenía la tensión altísima, con que me volvía a Las Hurdes. ¡Aquí sí que se respira, sí que es sano esto! Ya no necesité más medicinas para la tensión".
 
"A mí, mire usted, me han hecho una gran injusticia. Después de la guerra no me dieron una pensión, que me correspondía, porque mi marido volvió del frente enfermo e inútil. En Teruel lo hirieron en una pierna, y estuvieron cercados tres días. Les echaban víveres con aviones, pero no tenían agua. A los tres días, por la noche, encontraron un pozo que debía de estar contaminado, había allí soldados muertos. Bebieron muchos, y algunos murieron también. Y mi marido quedó así, enfermo, que ya no se recobró. Pero no recibí ningún seguro ni ayuda, porque decían que como no había muerto en los dos años siguientes y no tenían en cuenta unos certificados médicos… Eso ha sido una injusticia, que parece mentira. Para vivir tuve que trabajar en un horno de pan, amasándolo, por 25 duros, y dormía encima de unos sacos de salvado, en el suelo. Hasta que mi padre vino a verme y vio que podía coger una pulmonía, y vendió un huerto e hizo esta casa. La fonda… por aquí en invierno no viene nadie. Se tira un mes entero sin que venga nadie".
 
"Se celebraba mucho el carnaval. Todo el mundo se disfrazaba y bailaba al son del tamboril y de flautas de madera de madroñera. Tocaban jotas y picaos: tito-tatito, tito-tatito, tin, tin, tin. Todavía el año pasado hubo un concurso de tamborileros que organizó la Caja de Ahorros".
 
"En Carnaval se comía mucha matanza, y a los que no tenían se les llevaba tocino, morcilla, con nabos y berza. Pero sin ofender, de manera natural. La gente se invitaba unos a casa de otros, y cuando las matanzas, lo mismo. Había mucha alegría. Hoy la gente anda como disgustada, como triste, sin ilusión por vivir. Y la juventud está más maleada. También se hacían fiestas por San Blas, que es el patrón de Las Hurdes. Bailaban los solteros con las casás y al revés, pero con respeto".
 
"Una canción, que recuerde… Ésta la cantaba mi abuela, y no me acuerdo muy bien, pero decía algo así:
 
A la orilla de una fuente
A una zagalilla vi
Y acercándome a ella
Yo le dije así:
¿Te quieres venir conmigo?
A un café me la llevé
Y en su divino rostro
Tres besitos le pegué
Entonces dijo la niña
¡Ay, qué atrevido es usté!
 
 
Se fue pasando el tiempo
Y yo con grande amor…
Amor, amor, no te muestres esquiva
Dame, si quieres que viva…"
 
"Mi abuelo era muy religioso. Siempre bendecía la mesa. Mi padre también, y muy aficionado a hacer poesías. Siendo yo muy pequeña enfermé de anginas y estuve a punto de morirme. Una hermana mía sí que se murió, porque le salió una ampolla en la cara. Entonces mi padre me dijo: 'Tenemos que escribir una poesía entre tú y yo, porque te has salvado'. Y la hicimos. Todavía me la sé de memoria. Se llamaba Poesía a San Blas, abogado de la garganta".
 
 
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