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CIENCIA

Hijos del futuro

Lea esta lista y luego piense cuál de las siguientes posibilidades que ofrece la ciencia le parecen éticamente aceptables: una mujer de 63 años puede concebir un hijo sano que en realidad es su nieto; una pareja española selecciona el embrión de su futuro hijo para que pueda donar médula ósea a su hermano enfermo; una mujer sin hijos y enferma de cáncer congela sus óvulos para poder ser fertilizada con ellos dentro de una década, cuando haya superado las peligrosas y penosas consecuencias de la quimioterapia; una pareja de lesbianas engendra un retoño biológico de ambas.

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¿Ha decidido que ninguna es admisible? ¿Piensa que todas los son? ¿Quizás crea que en algunos casos se está procediendo a un servicio ética y moralmente irreprochable y en otros simplemente a una aberración? A un ejercicio similar de reflexión es al que se ven obligados gobernantes, instituciones y opinadores, ante el imparable avance de las técnicas de reproducción artificial en casi todos los países de Europa, y casi cada mes. Y lo que es peor, casi sin escuchar la voz de los científicos.
 
El auge de la biomedicina está poniendo patas arriba nuestro concepto de reproducción humana. El libérrimo acto de concebir, que tradicionalmente ha quedado confinado en la esfera de la moral, sólo regulado por las convicciones religiosas, personales o familiares, ahora empieza a ser objeto también de regulación legislativa. Hasta tal punto que en el lecho donde antes sólo se aventaban las pasiones personales y los conflictos morales ya se ha colado también el Gobierno de turno.
 
En el mundo occidental, la paternidad y la maternidad ya no son iguales para todos los países. Una pareja residente en Italia tiene un abanico de posibilidades para concebir mucho menor que otra que viva en Gran Bretaña, Bélgica y, a partir de la última Ley de Reproducción Asistida, España. Como escribía Jo Whelan la semana pasada en la revista New Scientist: "La reproducción a la manera tradicional está en crisis". Y el panorama tiende a complicarse de manera indefinida.
 
Concebir un niño es una suerte de lotería genética. Uno de cada 16 críos nacidos lo hace con una enfermedad física o mental producida por un defecto en los genes. Eso sin contar la cantidad de variaciones genéticas que cada uno de nosotros portamos en nuestro ADN y que están directamente relacionadas con enfermedades que padeceremos en algún momento de nuestras vidas, desde un tumor cerebral a un defecto en el desarrollo, pasando por numerosos males degenerativos. Cada vez sabemos más sobre el origen genético de la enfermedad, y nos enfrentamos con una realidad inalienable: ese origen genético nos acompaña desde nuestro nacimiento. Es una mácula original, un pecado de la biología que heredamos de nuestros padres, que cometieron el "error" de concebirnos de manera natural.
 
Observar el acto de la procreación desde los ojos de un biólogo molecular obliga necesariamente al paroxismo: la concepción es una práctica manifiestamente mejorable, y la ciencia puede hacerlo. El sexo tradicional quedaría así reservado para el amor o el disfrute; tener hijos es otra cosa, algo que puede suceder de manera sana, segura y eficaz en la fría sala de un laboratorio.
 
De nuevo Jo Whelan nos conmueve: "¿Llegará algún día la concepción natural a ser considerada una práctica de riesgo tan irresponsable como fumar durante el embarazo?".
 
Lo cierto es que observamos con pasmosa naturalidad el modo en que "lo clínico" ha ido invadiendo el terreno de lo natural en la difícil aventura de procrear. El momento de concebir ya no es una cuestión de azar: la anticoncepción ha permitido a las parejas tomar las riendas del tiempo, que antes sólo estaban en manos de la naturaleza o "de Dios".
 
El desarrollo del embrión dentro del vientre materno también ha podido ser arrebatado, en buena parte, de las garras de lo azaroso. La madre se alimenta, complementa su dieta con ácido fólico, consume medicamentos contra las nauseas… el médico vigila paso a paso el crecimiento de la criatura dentro de la placenta, se toman decisiones que permiten variar, adelantar o posponer el parto, se evita el dolor, se interviene quirúrgicamente dentro del útero a un nonato enfermo si es necesario, se estimula la creación de células sexuales en el varón y en la mujer para mejorar las probabilidades de embarazo, se arranca de la muerte a bebés increíblemente prematuros en centros de atención intensiva que simulan a la perfección las condiciones del vientre de la madre… ¿Alguien puede estar en contra de estas técnicas incuestionablemente beneficiosas?
 
Cuando la tecnología ha invadido ya ciertos terrenos, es inevitable que intente invadirlos todos. ¿Por qué no es inmoral utilizar una anestesia epidural, contraviniendo el mandato bíblico de parir con dolor, y sí lo debe ser que una mujer condenada irremisiblemente a la infertilidad por efecto de una quimioterapia pretenda mantener congelados los óvulos sanos que aún es capaz de producir, a la espera de poder recuperar en el futuro la fuente de su esperada maternidad?
 
En el pantanoso terreno de la reproducción, pocas cosas parecen evidentes. No se antoja lógico que la decisión quede reducida a unos párrafos de un proyecto de ley negociados en los corrillos del Congreso. ¿Dónde queda la voz de los padres, de la Iglesia, de las asociaciones de enfermos, de los científicos?
 
La lista de posibilidades con las que se abría este artículo no puede ser saldada con un "sí a todo" o un "no a todo". No debería serlo, al menos. Porque cualquiera de las opciones nace de un profundo error: el error de creer que la ciencia es infinitamente docta e infinitamente beneficiosa, en el primer caso; el error de considerar que cualquier intervención científica en el destino de un nonato es "contra natura", en el segundo.
 
Pero, se opine lo que se opine al respecto, nadie debería dudar de que la ciencia ha abierto una vía de desarrollo que no sabemos adónde conduce realmente. ¿Qué pasaría si las parejas llegaran un día a preferir la concepción artificial sobre la natural? No es una idea descabellada. Un futuro progenitor tiene todo el derecho del mundo a desear el mejor comienzo para la vida de su hijo, del mismo modo que desea lo mejor para su salud y educación.
 
Ahorramos para pagar un colegio privado, para dotar a nuestros retoños de una atención sanitaria digna; nos sacrificamos para que obtengan lo mejor de la ciencia y la tecnología en su beneficio. ¿Y si algún día el médico nos garantiza que nuestro futuro bebé puede nacer sin riesgo alguno de padecer una enfermedad genética en toda su vida? ¿Alguien podría impedir que lo deseáramos? ¿Alguien puede robarnos el derecho a evitar a nuestros hijos los horrores que nosotros hemos padecido?
 
No nos engañemos: no es un asunto de ficción, sino una realidad científica a menor plazo del que creemos. Y no podemos resolver el anhelo humano de mejorar, el deseo irrefrenable de que nuestros hijos vivan en un mundo mejor, con un aterrado "no a todo" o un perezoso "sí a todo".
 
El debate cuenta con buenos argumentos a favor y en contra, pero, curiosamente, no son los que suelen emplearse en los foros públicos, demasiados sesgados entre intereses políticos y juicios morales. En contra, nadie puede hurtar al ciudadano la información sobre los serios peligros, para la salud de madres y criaturas, de ciertas técnicas invasivas. O sobre las evidencias sobre el riesgo sobrevenido de implantar embriones múltiples, o sobre las lagunas técnicas que aún están por resolver en los casos de selección embrionaria preimplantacional. A favor corre la realidad objetiva de que la mayoría de los avances propuestos tienen una única intención: mejorar la calidad de vida.
 
La decisión nunca tendrá que satisfacer a todos, el consenso se antoja imposible y, quizás, perjudicial. El avance de la ciencia por un lado o la protección de las convicciones morales por otro… alguien ha de perder/ceder inevitablemente en este asunto. Pero al menos sería bueno que el debate no fuera perezoso: no digamos "sí" o "no" a todo, aunque el todo sea… un niño nace con tres padres, una mujer concibe gemelos por deseo propio, un hombre dona su semen y tiene hijos después de muerto, una niña aquejada de anemia de Fanconi salva la vida gracias al trasplante recibido de su hermano pequeño, concebido a la carta para tal fin. Hoy ambos celebran su cumpleaños el mismo día.
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