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CIENCIA

Preguntas al cielo

"Llegará una edad en la que una investigación diligente y prolongada saque a la luz cosas que hoy están ocultas. Llegará una época en la que nuestros descendientes se asombren de que ignoráramos cosas que para ellos son tan claras", decía Lucio Anneo Séneca en sus Cuestiones naturales.

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Muchos son los descubrimientos reservados para épocas futuras, cuando se haya borrado el recuerdo de la nuestra. Nuestro universo sería una cosa muy limitada si no ofreciera a cada época algo que investigar. La naturaleza no revela sus misterios de una vez para siempre.
Cuando Séneca pensaba estas cosas ni siquiera podía sospechar que milenios más tarde el ser humano iba a ser capaz de poner en órbita un telescopio espacial. De hecho, no sabía lo que era un telescopio, ni una órbita, y su concepto del espacio era muy diferente al nuestro. Pero, por esas bromas que tiene la evolución humana, lo cierto es que en 2009 un artefacto humano puesto más allá de la atmósfera llamado Hubble ha venido a darle la razón. La reparación de los ojos del telescopio más perfecto jamás creado ha sido considerada por la revista Science como uno de los hitos científicos del año; pero, más allá de dicho honor, lo que ha venido a demostrar es que nuestro conocimiento del cosmos es tan pequeño que nos permite imaginar que nuestros descendientes se asombrarán de lo que de él ignoramos.

Cuando uno mira al cielo, le asalta la impresión de que está asomándose a un abismo... y siente vértigo. El cosmos es para nosotros el reino de lo lejano, el espacio donde yace todo aquello que nunca podremos tocar. Lo que ocurre, sin embargo, es todo lo contrario. Encaramarse a una noche estrellada sin luz artificial, arropados por la bóveda de perlas que nos protege, es en realidad mirarse a uno mismo; es adentrarse en el mejor conocimiento de lo que somos. No hay nada más cercano que el cielo, nada más propio de nuestra condición que dejarse asombrar por el brillo de un planeta. No hay nada más humano que el choque de dos galaxias a millones de años luz de nosotros. Todo lo que nos ha ocurrido como especie, todo lo que les ocurrió a las especies que nos precedieron y habrá de ocurrirles a las que nos sigan está íntimamente unido al devenir de los astros.

He reflexionado recientemente sobre ello de la mano de Rafael Bachiller, director del Observatorio Astronómico Nacional y (ahora que no me escucha) una de las figuras más parecidas a Carl Sagan que tiene nuestra divulgación. De las conversaciones con él para epilogar su último libro (Astronomía, editado por Lunwerg) surgieron algunas reflexiones sobre nuestra condición de buscadores de estrellas que, ahora, con el Hubble a punto de abrirnos a nuevas realidades cosmológicas, se me antojan más que pertinentes. Y me atrevo a extractar para compartir con ustedes.

Otras civilizaciones, miles de años más antiguas que la nuestra, aprendieron a mirar al firmamento y a interpretar sus signos. Supieron descubrir el tránsito aparente de las estrellas ante sus ojos quietos, la anunciación de los cambios de estación, el milagro de los eclipses, la bella rareza de las conjunciones, el reinado de las supernovas, el inquietante viaje de los cometas. A veces, a todo ello le dieron forma de superchería: elaboraron explicaciones sobrenaturales con las que a un tiempo saciaron su sed de conocimiento y sofocaron el miedo a la pequeñez humana. Pero otras veces aquella paciente observación de la bóveda celeste configuró un saber pre-científico susceptible de ser aplicado al curso de los días. Conocer los entresijos de los solsticios, cuantificar la influencia de la Luna en las mareas, calcular el paso del tiempo con exactitud, orientarse en la inmensidad de un mar mirando a las estrellas... fueron saberes comúnmente utilizados por agricultores, pescadores, marineros y artistas.

Hoy, el ciudadano medio es apenas capaz de reconocer cómo estará la Luna mañana. Por eso el cosmos nos parece tan injustamente lejano. Y por eso somos tantos los que sentimos admiración por el puñado de hombres y mujeres sabios que todavía hoy dedican su vida a interpretar sus signos. Han sustituido su mirada desnuda por potentes telescopios (algunos de ellos navegan a bordo de naves espaciales) que envían miríadas de información a ordenadores repartidos por todo el mundo. Han trocado la superstición y el miedo por el parsimonioso avance del método científico. Han cambiado los vestidos sacerdotales y el cetro de chamán por la bata blanca y un vaso de plástico lleno de café recalentado. Pero se mantienen insomnes esperando encontrar, en el mismo firmamento que horadó la mirada de nuestros abuelos, un signo que albergue una respuesta.

Hay preguntas que los coetáneos de Séneca no siquiera hubieran podido plantearse y que hoy están esperando respuesta gracias a aparatos como el Hubble: la medición definitiva de la edad del cosmos, la decisión sobre cuál será su destino y muerte, la explicación de todos los tipos de materia que contiene (incluida la materia oscura hoy indetectable), la formulación de una teoría que dé cuenta de la realidad material de todo lo que ocurre dentro de un agujero negro, la identificación de planetas similares al nuestro y quién sabe si habitados por formas de vida que no podemos imaginar ni de lejos, el hallazgo de mecanismos biofísicos que permitan entender qué papel juega el surgimiento de la vida en la dinámica del Universo... Pero, de todas esas preguntas, mis preferidas son aquellas que todavía no nos hemos hecho, que escapan incluso a nuestro ingenio futurista. Preguntas que se harán nuestros nietos, burlándose de que sus abuelos no hubieran sido capaces de pensarlas.
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