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DRAGONES Y MAZMORRAS

Siempre es Carnaval

No recuerdo qué escritor español –del siglo XIX– constataba con cierto enojo que en Madrid siempre era Carnaval. Creo que fue Larra, pero pudo ser también doña Emilia Pardo Bazán, a despecho de su frívolo gusto por los salones que tanto escandalizaba a la pareja Varela-Menéndez Pelayo, comiditos de envidia por el talento natural y adquirido de la buena señora que, además de pasárselo mucho mejor que ellos, escribía con tanto o mayor talento.

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A los hombres les gusta pensar que las mujeres no son rivales (manos blancas no ofenden), pero esa benevolencia les dura los dos o tres primeros libros de la dama; cuando empiezan a superar la docena "el resto es selva", que diría Jorge Guillén. Viene esto a cuento de un artículo que leí el otro día a Francisco Umbral (quien, por cierto, está sembrado, y no hay sarcasmo sino rendida admiración en este aserto) sobre los carnavales y el poco reflejo que tienen en la sociedad últimamente.
 
Esta indiferencia, en lugar de señalar el fin de una tradición que, por razones de censura religiosa, conoció muchos altibajos en gran parte del siglo XX, más bien corrobora la afirmación con la que titulo esta crónica. Ya no hay Carnaval, sencillamente, porque ya no hay Cuaresma, o lo que es lo mismo, porque siempre es Carnaval. Como esa primavera eterna anticipada por El Corte Inglés. Como esa moda juvenil de no taparse nunca el ombligo, así caigan chuzos de punta. Otras tantas maneras de negar la evidencia, de hartarse. 
 
Algo de eso me debe de estar pasando (inconscientemente) con las presentaciones de libros y actos anejos, cuando siempre que me propongo salir nuevamente a la palestra me ocurre algo. Tenía yo pensado asistir en Barcelona a la entrega del premio Biblioteca Breve 2005 (generosamente invitada por la editorial Seix Barral, no vayan a creerse que por el periódico) cuando un virus nada oportunista me dejó clavada en mi casa, con el único recurso de la prensa más o menos especializada para enterarme del desarrollo del evento.
 
Les diré que me sentí muy frustrada, pues, además de que pensaba pasar por el barrio del Carmelo para solidarizarme con las víctimas de la incompetencia socialista al grito de ¡Nunca Mais! (sugerencia del propio Maragall, que comparó ese claro caso de negligencia con el accidente del Prestige), me perdí una conferencia de prensa que, en palabras de alguna compañera, dio ganas a todo el mundo de abalanzarse sobre la novela.
 
Oportunidad única que seguro no va a repetirse para mí, habida cuenta de que se trata de un producto de Elvira Lindo (¡pero qué les pasa a las editoriales con los premios, que no se arriesgan un pelo!), cuya trayectoria literaria me resulta tan poco apetitosa como repelente. Su ramplona creación de Manolito Gafotas no anticipa nada bueno.
 
Sus columnas en El País son vulgares, cuando van en broma, y cursis cuando en serio. Para no hablar de su pasado como guionista de las Mamás Chicho de Tetacinco… De todos modos, por prurito de exactitud y de conciencia, la leeré, y les prometo que si tiene razón el jurado lo haré constar, en esta sección y en donde sea. Sobre todo después de que Rosa Regás, con esa ecuanimidad que la caracteriza, haya dicho que no se fía mucho de los críticos.
 
Otro de los miembros, concretamente Manuel Longares, revelando algo que desmerece mucho la labor del jurado, afirmó que la novela de Lindo destacaba "clarísimamente entre la terna que me dieron a leer". Ya fueron muchas. Y yo me pregunto: ¿por qué no aclaran que el jurado sólo va a decidir entre finalistas elegidos por un comité de expertos? Esas palabras, y la realidad que traslucen, hacen un flaco favor a la fiabilidad del jurado y al prestigio de esos premios.
 
Afortunadamente, para quitarme el mal sabor de boca que siempre dejan estas cosas, también pude enterarme, gracias a esa misma fuente, de que la editorial Edhasa acaba de publicar una nueva traducción de La montaña mágica. Con ella, y de la mano de Isabel García Adánez, no sólo se conmemora el cincuenta aniversario de la muerte de Thomas Mann, sino que se recupera la integridad del texto. Al parecer, Mario Verdaguer, el primer traductor (su versión apareció en 1934 en la editorial Apolo), además de no haber recurrido al alemán directamente, hizo lo que le dio la gana con ciertos pasajes, suprimiéndolos o resumiéndolos.
 
Según ha explicado Marisa Siguán, catedrática de Filología Alemana de la Universidad de Barcelona, se trata de uno de los numerosos y ominosos casos de autocensura por parte del traductor, que no es sólo el primer y más atento lector de una obra, sino muchas veces su principal censor. Así que no se la pierdan, porque es uno de esos libros que valen la pena.
 
Y a propósito de reediciones, reimpresiones, etcétera: hace apenas dos semanas les recomendaba yo la edición del Quijote (de Paco Rico, por supuesto) que publicó en 1998 el Instituto Cervantes en la editorial Crítica. Dos volúmenes completados con un CD fundamental para localizar palabras, frases, nombres y todo lo que se quiera sobre el libro y el tema.
 
Pues bien, a la semana siguiente tenía yo en mi casa la última actualización de esa edición, esta vez chez Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores. Se ha enriquecido ésta con las nuevas publicaciones aparecidas desde entonces y con un seguimiento más cerrado de ediciones antiguas, lo que permite un texto más ajustado, supongo, a la realidad del original, pues a lo largo de las sucesivas ediciones y lecturas que ha conocido desde hace ya cuatro siglos se han alterado algunas cosas.

Digo esto para enterados y maniacos, porque, en cuanto al resto del género humano, el texto lleva ya fijado y funcionando hace bastante tiempo. No quita que yo, que pertenezco a la segunda categoría del primer grupo, me haya alegrado muchísimo al tener en mis manos esta nueva y preciosísima edición (cuya letra tiene además un cuerpo más acorde con mis mermadas cualidades ópticas) y al introducir en mi ordenador el renovado y actualizado CD ROM, con la idea de sacarles un placer y un rédito incalculables.

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