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MEMORIAS ERRÁTICAS

Una noche en el Metropole

La mano invisible de la agencia turística soviética nos había llevado a una reliquia de principios de siglo y de la arquitectura modernista, el hotel Metropole. El socialismo real no parecía haber dejado en él otra huella que el desabrimiento de parte del personal que lo atendía, fenómeno común al orbe comunista entonces. Luego me enteraría de que también se había hecho algún cambio en la fachada: una cita de Nietzche por otra de Lenin.

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En el interior, surtido de pinturas y antigüedades, se respiraba el aire de una mansión de aristócratas tolstoianos dejada en manos de inquilinos que no invirtieran un duro en su mantenimiento. Mi habitación era grande, pero la de Augusto tenía el tamaño de un estudio y una decoración de luna de miel, con cortinones ondulantes y un tocador propio de una estrella de cine de los años 20. Había sido un golpe de suerte.
 
Rápidamente rechazamos la mano visible de Intourist. Apenas íbamos a estar dos días y no queríamos ver monumentos ni visitar los lugares al uso con un guía, sino vagar por las calles moscovitas al tuntún. Queríamos tomar contacto con la gente. ¿Qué es una ciudad, y más una tan extraña para nosotros como aquélla, si no puede uno imaginar quiénes y cómo viven detrás de las fachadas?
 
Teníamos la idea de que en los países del Este, como decíamos entonces, la gente, en cuanto olía a un extranjero, prácticamente lo asaltaba para comprarle los vaqueros que llevaba puestos o proponerle algún otro tipo de trapicheo, lo que siempre es una forma de relacionarse. Pero en Moscú daríamos con hueso.
 
Mausoleo de Lenin.Paseamos por la Plaza Roja, admiramos la catedral de San Basilio (en la que no pudimos entrar), las murallas y la mole del Kremlin (con su estrella roja que se encendía de noche), y la infinita paciencia y aguante de los que hacían cola para entrar en el mausoleo de Lenin. ¡Con aquellas temperaturas! Pertrechados con nuestra ropa de más abrigo, deambulamos por las avenidas y calles del centro. Pero la gente no entraba al trapo.
 
No éramos altos ni rubios, quizás no parecíamos extranjeros. Llevábamos vaqueros, mas nadie se fijaba en ellos. Sólo una vez, de noche, un hombre joven al que paramos se interesó, en un inglés balbuciente, por nuestra condición foránea y mi tabaco rubio. Pero fue un encuentro breve y huidizo.
 
Se decía que los empleados de los hoteles eran los más proclives a trabar negocios de mercado negro con los turistas. Sin embargo, en el Metropole no nos hicieron ni una insinuación. Al contrario, se diría que molestábamos. Topamos con los más antipáticos del lugar. O nadie se atrevía. Tal vez aquel deseo de productos occidentales se diera en otros países situados tras el Telón de Acero, pero allí, en el centro del imperio, no percibimos interés por el visitante capitalista. Cada cual iba encerrado en sí mismo.
 
En una tienda para portadores de divisas, que ofrecía matrioskas de todos los tamaños, Augusto se compró un gorro de piel con orejeras. Con este pequeño trofeo ya podíamos dar por concluida la estancia en Moscú.
 
Sin esperanzas de remontar la decepción bajamos a cenar al restaurante del Metropole. Era nuestra última noche allí y, al igual que la previa, el local estaba injustamente vacío. Era un lugar magnífico, con columnas alabastradas, una preciosa claraboya de cristal y pequeños veladores. Todo refulgía con el esplendor de otros tiempos y otra estética. No había desaliño ni descuido. El camarero, que lucía impecable chaqueta blanca y correctísimos modales, nos fue trayendo la comida, que se ofrecía a precios muy razonables, salvo el caviar. Probamos el esturión.
 
Al cabo, empezaron a aparecer clientes. Uno de los primeros llegó solo y se sentó en la mesa de al lado. Vimos que no pedía comida, sólo bebida. Los siguientes hicieron lo mismo. Las mesitas se llenaron de botellas y vasos. Los clientes llegaban en grupos, dejaban los gruesos abrigos en el guardarropa y se lanzaban, impetuosos, sobre la cerveza y el vodka. Algunos llevaban paquetes que no confiaban al guardarropa, sino que depositaban sobre las mesitas; nos pareció que eran paquetes de mantequilla. Debía de haber llegado algún cargamento a las tiendas especiales.
 
Restaurante del Metropole.Aquellos que entraban no tenían aspecto de parias de la tierra. Abundaban los abrigos de piel. Imaginamos que estábamos rodeados de miembros de la Nomenklatura. Pero si así era, su comportamiento iba a quebrar nuestros estereotipos.
 
A medida que se trasegaba desaparecía el aire sombrío que habían tenido al llegar. Las conversaciones subieron de volumen y estallaron las risas. La reunión del Comité Central iba camino de convertirse en algo más divertido. Para animar el cotarro, apareció un grupo de músicos, ataviados con las chaquetas brillantes de las orquestas de variedades, y se instaló en un escenario. En cuanto empezaron a tocar salieron parejas a bailar a la pista redondeada que quedaba entre las columnas, bajo la claraboya. La orquesta se dedicaba al popurrí. Canciones rusas, versiones de canciones pop, temas de los Beatles y los Rolling.
 
A ninguno le hacían ascos los bailarines. Cada vez había más. La pista resultaba pequeña para tanto aficionado. Las risas ya eran risotadas. La juerga iba in crescendo. Nosotros, que primero habíamos visto la transformación con asombro, nos unimos al baile y a la fiesta. La pista era un remolino, un vertiginoso derroche emocional. Las caras resplandecían en éxtasis.
 
Yo tenía la sensación de compartir el ritual de una tribu arrebatada por sentimientos poderosos; pero una tribu cercana, familiar, que respondía a estímulos que conocía, aunque lo hiciera con una vehemencia incomparable. Y pese a que no cruzamos una palabra con ninguna de aquellas personas, nos sentimos como de la casa en el medio de su euforia. Creímos haber entrevisto allí un torrente que surgía de las profundidades del alma eslava.
 
Salí un momento a los lavabos. Había un montón de rusas, altas, rubias, de tez blanquísima, que esperaban para entrar. Aquello era un guirigay. Una de las mujeres gritó de pronto y soltó una carcajada. Se levantó la falda para mostrar a sus amigas que no había podido esperar. Todas lo celebraron. Yo había visto desde el tren, ya en territorio ruso, una noche, a una mujer que quitaba la nieve a paladas de la vía, y me había impresionado. Las rusas en los lavabos confirmaron aquella impresión. Eran de armas tomar, las señoras. Ya tendríamos alguna ocasión de comprobarlo.
 
La orquesta aún seguía tocando cuando el público empezó a mermar. Era la hora de la retirada, y se hacía ruidosa y tumultuosamente, pero con rapidez. Decididos a mantener alto el listón de los españoles, nos quedamos hasta que la banda se dio por vencida y aparcó los instrumentos. Era muy tarde, y los últimos clientes éramos el señor de la mesa de al lado y nosotros. El camarero, con admirable dedicación, ayudó al señor a levantarse de la mesa y llegar hasta la puerta. No podía haberlo hecho solo.
 
Aturdidos, pero felices por haber visto a los rusos en acción, nos fuimos a dormir las pocas horas que quedaban hasta la gran salida. A la mañana siguiente nos esperaba el Transiberiano.
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