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CRÓNICA NEGRA

Tu casa, tu reino

La casa de un español ya no es un lugar sagrado, como la tumba de un cementerio no es un lugar de eterno descanso. Los ladrones y los gamberros pueden entrar ambos sitios con cierto desparpajo. Recuerdo que, cuando era pequeño, una ofensa a la madre podía costarte el pellejo; hoy, se ciscan en su tumba y además te dicen que lo que hay ahí abajo no son sino meros restos orgánicos.

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Hoy, gamberros o satánicos consumidores de coca pueden reventar tumbas, sacar los restos que albergan y organizar un festival de esqueletos. De hecho, es lo que hacen. Hay cementerios donde, con mucha frecuencia, se producen aquelarres; pero no se da la noticia para no alarmar a la población, o tal vez por pura desidia. Y quien habla de tumbas habla de hogares. Hoy, la casa de un español ya no es su reino. Recordemos a José Luis Moreno, con un ojo a la virulé, o al yerno de los de Ferrys, un caballero español con gran habilidad con las armas cortas que hubo de pasar por el banquillo antes de que lo absolvieran por hacer uso del derecho a la legítima defensa, o al familiar de los Tous encarcelado por desbaratar a tiros el asalto a la mansión de los joyeros.

El hogar de un español debería ser inviolable. No lo es, y ha habido políticos, como el ministro Corcuera y su ley de la patada en la puerta, que lo han querido hacer todavía más vulnerable, para bochorno de la sociedad civilizada. La casa de un español debería ser su reino, y solo debería entrar en ella quien sea invitado o quien lleve una orden judicial. Pero el caso es que si un ladrón se mete en una casa, cosa que ocurre a diario, apenas se le regaña. Desde luego, la ley no le asusta. El hecho es que los españoles estamos indefensos ante quienes asaltan nuestras viviendas, que además saben que aquí los únicos que llevan armas son los criminales y los policías.

Un grupo de mafiosos, acostumbrados a allanar moradas, penetran sin preocupación en un chalet aislado. Desvalijan, amenazan o golpean, coaccionan o hieren. En algunos casos se encuentran con que el propietario, inesperadamente, tiene un arma, porque trabaja en seguridad o porque es cazador, o, simplemente, y no lo quiera dios, porque ha decidido tener un arma sin papeles por si, como es el caso, la necesita; un tipo, en fin, que prefiere purgar una condena por tenencia ilícita que pasar por la UVI.

En mayo del año pasado, un constructor de Arganda del Rey (Madrid) fue condenado a pagar 300.000 euros a los hijos de uno de los tres asaltantes que irrumpieron en su casa; de esta forma se libró de cumplir siete años de cárcel por haber matado al asaltador con su escopeta de caza. El fiscal pedía prisión por homicidio con eximente incompleta de legítima defensa, pese a los atenuantes de confesión de los hechos y reparación del daño. Como se ve, los ladrones no precisan hacerse un seguro de vida. A los dos que salieron con vida sólo les ha caído un año de prisión.

El constructor de Arganda, víctima de un asalto, hubo de pasar por el trance de la prisión preventiva. Ha llegado a un acuerdo, en virtud de una sentencia de conformidad, y le toca pagar. Trescientos mil euros. Y encima ha de salir contento de todo esto, que ya lo dice su abogada: más vale un mal acuerdo que un buen pleito. Claro que sí. Porque en España los reyes de la casa y de los derechos son los ladrones.

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