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CÓMO ESTÁ EL PATIO

¿Dónde colocamos a ZP?

Los presidentes del gobierno de España son unos trabajadores ejemplares a los que, en premio por sus desvelos y aciertos, el resto de los ciudadanos otorgamos una más que confortable jubilación, para que puedan pasar los últimos cuarenta años de su vida divagando sobre los problemas del planeta, asesorando a multimillonarios, leyendo en público los papeles que les escriben sus equipos a modo de conferencia y, en fin, zascandileando en la política nacional sin asumir coste político alguno.

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Es bueno ser presidente de un gobierno, y directamente cojonudo si se trata del gobierno de España.

A Felipe y Josemari, los dos ejemplares más recientes de ex presidente español, ya los tenemos colocados –"bien alpargatados", que se dice en el ruralicio sureño–, y ahora nos queda el reto de decidir qué hacemos con José Luis Rodríguez Zapatero en cuanto abandone el palacio de La Moncloa, evento planetario que puede estar más cerca de lo que la mismísima Pajín supone. De hecho, quizá ni siquiera tengamos que apurar en su totalidad el cáliz de esta segunda legislatura, si es que los mercados internacionales deciden situar a ZP frente a sus responsabilidades de orden financiero, algo para lo que el personaje no está preparado porque nadie le dijo, ni siquiera Sonsoles, que en este oficio a veces hay que asumir las consecuencias de las acciones propias y, eventualmente, de las ajenas, cuando el ajeno es un subordinado nombrado con total libertad por uno mismo.

Podríamos dejarle de diputado raso, que por otra parte es un oficio que conoce a la perfección, no en vano lo ha desempeñado la mayor parte de su vida. En su favor debemos señalar que el chavalote, formal donde los haya, no se ha distinguido por participar en broncas parlamentarias como las protagonizadas por su compañera López i Chamosa. Sin embargo, el ornato que requiere en España la figura del ex presidente del gobierno impide dejar a un cesante monclovita de simple culiparlante. El ejemplo del diseñador sevillano de baratijas, que no volvió a sentarse en su escaño tras abandonar el poder ejecutivo, es suficientemente expresivo de cómo se las gasta un ex cuando ya no es el inquilino de La Moncloa.

En cuanto a buscarle acomodo en la empresa privada, chocamos con una dificultad de primera magnitud: y es que, a sus cincuenta añazos, Zapatero no sabe lo que es ganar un sueldo a cambio de su desempeño laboral sujeto a un horario. Por supuesto, no podemos pretender que el actual presidente busque un puesto en el mercado de trabajo ajustado a sus capacidades, porque la figura del ascensorista ha desaparecido y las máquinas de café hacen innecesario la del chico de los recados.

No. A un ex presidente hay que colocarle, como mínimo, en el consejo de administración de una compañía de fuste, a poder ser una multinacional, que es donde sus servicios pueden resultar más útiles. Nuestro José Luis no sabe qué es una empresa privada ni, por supuesto, cómo funciona el mercado libre, pero a cambio ha forjado las relaciones internacionales que se suponen a un tipo que ha gobernado un país importante durante casi ocho años.

Los ex presidentes son una mercancía que las transnacionales están muy dispuestas a comprar, con el fin de amortizar el gasto en futuros negocios facilitados por la capacidad de engrase de los personajes en cuestión. Zapatero es ignorado en los organismos financieros y despreciado en los foros políticos del mundo libre, pero en cambio mantiene unas extraordinarias relaciones con los principales tiranos del Tercer Mundo. Por desgracia para la libertad, esas relaciones se cotizan mucho más que cualquier otra. Hasta en eso va a tener suerte el jodío.

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