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COMER BIEN

Y ahora, el pollo

No han sido pocas las vicisitudes por las que han pasado los pollos durante, más o menos, el último medio siglo. No han sido pocas... ni, tampoco, agradables la mayoría de ellas, se miren las cosas desde el punto de vista del consumidor o, me imagino, desde el de los propios pollos.

No han sido pocas las vicisitudes por las que han pasado los pollos durante, más o menos, el último medio siglo. No han sido pocas... ni, tampoco, agradables la mayoría de ellas, se miren las cosas desde el punto de vista del consumidor o, me imagino, desde el de los propios pollos.
Recuerdo que en mi infancia, allá por los años 50 del siglo pasado (la verdad: aterra leer cosas como ésta), el pollo era un artículo de lujo, o poco menos, reservado para días marcados en rojo en el calendario de cada cual: navidades, santo del cabeza de familia y acontecimientos semejantes. Claro que, entonces, comerse un pollo era una fiesta... como sabe bien todo el que recuerde las historietas que protagonizaba Carpanta.

Eran pollos que vivían en la semilibertad del gallinero y su entorno próximo, que completaban su alimentación con lo que pillaban por ahí, que estaban amenazados desde siempre por el astuto raposo y, desde hacía bastante menos, por los pocos automóviles que circulaban por el medio rural. Se les dejaba adquirir su peso óptimo en el tiempo natural, salvo que fuesen convertidos en pollitos tomateros, que tenían muchos partidarios.

Llegaron por entonces las granjas avícolas, la cría intensiva. Se encarceló a pollos y gallinas, se les privó hasta de la noche –nunca se apagaba la luz–, se les alimentó con piensos... Crecían muy rápidamente, eran comercialmente útiles en pocas semanas... pero su sabor no era comparable con el de los pollos anárquicos de antes. Sólo tuvo un lado bueno esta mutación: el pollo pasó de ser un lujo a ser una carne barata.

Llegó –tarde, pero llegó– la reacción. Empezaron a aparecer en las pollerías pollos "de granja", pollos criados "a la antigua", devoradores de maíz y otros granos, pero también de lombrices, insectos y demás posibilidades que les brindaba su estado de libertad vigilada. Tenían una vida más larga, más acorde con el ciclo natural... y sabían otra vez a pollo. Eso sí, costaban más. Pero el pollo, ahora con el apellido "de corral" o "de grano", en oposición a la granja o el pienso, volvía a tener categoría gastronómica, para alegría de los gourmets.

Y cuando las cosas parecían ir bien... llega la gripe. Qué curioso: una gripe que sólo afecta a las aves que viven en libertad o semilibertad, no a las encajonadas en granjas de producción masiva. El virus lo introducen aves "salvajes", o aves migratorias, pero se contagia a las domésticas.

Ya vemos que una de las primeras medidas recomendadas en todas partes es encarcelar nuevamente a las gallinas y a su familia, para evitarles contactos con aves poco recomendables, con aves "de la calle", como llamaban hace muchos años los padres a los niños con los que no querían que nos juntásemos.

Siempre me han gustado más las aves "de la calle" que las de internado, por muy de lujo que sea éste. Reconozco que una de mis mayores debilidades gastronómicas es la caza de pluma... aunque hoy cada vez sean más las perdices, codornices y faisanes criados en granja y, en el mejor de los casos, soltados en el campo poco antes del correspondiente ojeo. Me encanta toda la gama palomera, desde las torcaces y tórtolas hasta los palominos domésticos. Y me gustan mucho los capones, las pulardas... y los pollos de corral.

Bien, pues por obra y gracia de la gripe parece que vamos a regresar a los tiempos de opresión, al menos para los pollos, y de carencia, para quienes disfrutamos comiendo un pollo de verdad. Dios me aparte de ser mal pensado, pero es que cuando pasan cosas de éstas, uno se pregunta automáticamente: "Qui prodest?", ¿a quién beneficia? Ya sé que, de momento, se nos dice que comer carne de pollo no transmite la gripe; no se preocupen, que todo se andará: recuerden las "vacas locas" y la histeria desatada entonces.

Andan revueltos los ríos, y no faltarán pescadores que saquen provecho de ello. Está claro que los consumidores no vamos a obtener ningún provecho: me temo que vamos a quedarnos, otra vez, sin pollos golfos, sin pollos que hayan disfrutado razonablemente de la vida, circunstancia que, naturalmente, reflejaban en el sabor que ofrecían sus carnes, aptas para recetas que van mucho más allá del simple pollo asado. Ahí es nada, sembrar el pánico en una sociedad cada vez más hipocondríaca y "gastrocondríaca"...
 
En fin, mientras hay vida hay esperanza. Esperemos, entonces, que las aguas vuelvan a su cauce y que los pollos callejeros sobrevivan a esta plaga; saldremos ganando todos. Lo malo es que, conociendo el percal, la pregunta es: tras vacas y pollos, ¿qué próximo alimento del orden cárnico se verá atacado por otra "pandemia"? Que no sea el cerdo, por favor.
 
 
© EFE
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