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De meniscos y alegrías

La mejor generación de la historia del fútbol español merecía morir, que diría Errol Flynn, con las botas puestas.

Fran Guillén
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Le oí decir una vez a un periodista argentino que "a los campeones los retira la cancha". No un seleccionador, ni un periodista, ni un aficionado, sino el juego, el rival mismo. Es el propio fútbol el que te acaba encumbrando o retratando. Y eso, sin más, es lo que le ha pasado a España. Cuando y donde debía ocurrirle. No antes, como pedían los iluminados que ahora se agolpan pero que, hace un mes, hubiesen abierto en canal a Del Bosque si al salmantino se le ocurre dejar en España al Xabi Alonso de turno.

La mejor generación de la historia del fútbol español merecía morir, que diría Errol Flynn, con las botas puestas. Merecía saltar a la pista en su último baile. Ahora (y sólo ahora) que sabe que la canción terminó, la Selección está lista (y legitimada) para acometer el cambio y señalarle a los venerables dónde está el cementerio de elefantes.

Colombia y la alegría

La selección colombiana del 94 era un equipo singular. Maturana les hablaba tanto de tácticas como de sexo. Les apremiaba a encauzar su disperso talento y les aconsejaba encontrar una mujer de provecho con la que compartir sus vidas antes de extraviarse volando de flor en flor. Aquel combinado, que cerraron como de un portazo las seis balas que atravesaron a Andrés Escobar, decepcionó en Estados Unidos y no hizo sino hundirse aún más en Francia, cuatro años más tarde.

Dieciséis temporadas después, Colombia vuelve a un Mundial y lo hace bailando, burlándose del drama. Ni siquiera la maldita rodilla de Radamel Falcao ha menguado la química de un equipo que chorrea chispa y que juega con una sonrisa. Laterales largos e interiores profundos. Y dinamita arriba, aun con Bacca y Jackson Martínez de mero fondo de armario. Quizá, por fin, alguien les encontró una buena esposa.

Uruguay y un menisco

Hoy por hoy, no hay jugador más diferencial en el mundo que Luis Suárez. Estoqueó a Inglaterra y corrió a celebrarlo con su kinesiólogo, ese que dicen que le ha permitido saltar directamente del quirófano al área.

Resulta complicado no adivinar en Uruguay una cierta decadencia, un cierto tono crepuscular de equipo que se aferra a un grupo de jugadores de los que se fiaría toda la vida. Pero, con todo, llegarán donde quiera el pequeño diablo. Ese lince que no tiene la potencia cilíndrica de unos ni la gambeta divina de otros, pero que tiene un poco de todo a la vez. Y no sólo vuelve a andar, sino que ha vuelto a correr más que el resto. Del menisco de Dios, como ya dicen los charrúas, depende un segundo Maracanazo.

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