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El crimen más audaz

Las supuestas asesinas serán juzgadas dentro de poco y, dado el temor a que sean eliminadas antes de que hablen, se las lleva a declarar con chaleco antibalas.

Francisco Pérez Abellán
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Kim Jong Nam | Cordon Press

En el aeropuerto de Kuala Lumpur (Malasia), el hermanastro de Kim Jong Un, líder supremo de Corea del Norte, que viajaba solo, estaba a punto de tropezar con dos chinas en el zapato: la vietnamita de 29 años, Doan Thi Huong, de mirada salvaje, y la indonesia Siti Aisyah, de 25, de ojos de ciruela, cuando perdió el pie definitivamente. Aunque la cosa solo iba a ser cuestión de un minuto. La joven en la que se había fijado tardaría muy poco en cometer el asesinato más audaz desde el abrasamiento radioactivo de Litvinenko.

Kim Jong Nam, hijo del mismo padre del provocador lanzamisiles, era un tipo rechoncho, avejentado, medio calvo, al que no favorecía nada ir de incógnito, que había adoptado el nombre falso de Kim Chol, aunque eso no engañaba a nadie. En especial a la media docena de servicios secretos que le seguían. Tampoco a las dos mujeres presuntamente contratadas para asesinarle en uno de los procedimientos más retorcidos y circenses que jamás se hayan empleado. Supuestamente una de ellas, la más guapa, mientras llamaba la atención del viajero le roció la cara con un producto húmedo y helado. Sin transición, la otra le agarró la cabeza por detrás y con una mano enguantada, para protegerse, le restregó una sustancia grasienta por cara y boca. El hombre sufrió un shock mientras el veneno actuaba. Dicen que la mezcla produjo el gas letal VX, un neurotóxico que se absorbe a través de la piel y del que basta una gota para morir.

Quedó desorientado y confundido. Trató de llegar a los lavabos pero empeoraba rápidamente mientras todos sus órganos internos se descomponían. Cambió de rumbo a media carrera buscando refugio entre los guardias de seguridad. Pero estaba paralizado, ahogándose, probablemente bajo un dolor intenso. Hay una foto suya sobre una butaca del aeropuerto despanzurrado, abotargado, mudo y transido. Ya no se recuperaría jamás.

Las dos presuntas asesinas habían actuado como en un paso de ballet. Conjuntadas, armónicas y al unísono. Sin duda lo habían ensayado, aunque ahora dicen que creían trabajar para un programa de televisión al estilo japonés, en el que había que rociar perfume para embromar a las víctimas. Menuda broma. Como algunos antecedentes: el paraguas búlgaro con el que dispararon ricina en Londres a Georgi Markov o el té radioactivo, con el polonio de Marie Curie, que le dieron a Alexander Litvinenko para quitarle de en medio. Aunque esta danza oriental ha sido insuperable: dicen que las chicas no se conocían, que fueron contratadas por una casa de perfumes, pero uno de los componentes que utilizaron no huele a nada, y el otro tiene la consistencia de un aceite para motores.

Además, si no sabían lo que estaban aplicando, ¿por qué tomaron la precaución de lavarse las manos antes de salir huyendo? Se dice que cobraron poco más de cien euros, y aunque en los países de referencia se puede conseguir mucho sexo a ese precio, participar en algo tan peligroso y perfecto para matar a un posible candidato al mando de Corea del Norte vale mucho dinero. Pero no compensa porque si te equivocas, como no podía ser de otra manera, puedes acabar en la horca. Las hermosas Doan y Siti, flores asiáticas perturbadoras, pueden ser ahorcadas, aunque tras su estela se van los ojos del pasajero en el aeropuerto internacional al que llega la víctima huyendo de su propia familia, lleno de cámaras de seguridad, policía, vigilantes y agentes secretos.

Las supuestas asesinas serán juzgadas dentro de poco y, dado el temor a que sean eliminadas antes de que hablen, se las lleva a declarar con chaleco antibalas. Kim Jong Nam era una amenaza para la actual correlación de fuerzas y ahora lo podría ser su hijo Kim Hansol, que dijo en la televisión que su tío era un dictador y que él estaba a favor de la reunificación de las dos Coreas. Por el momento está desaparecido, mientras Kim Jong Un amenaza con su poderío nuclear. No sería la primera vez que un crimen deslumbrante, como el del archiduque Francisco Fernando (1914), precede a una guerra mundial.

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