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El payaso Pogo es un personaje tétrico, más terrorífico que divertido, con unas pinturas que asustan en la cara, un traje rayado y el gorro con pompones

Francisco Pérez Abellán
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Los malos periodistas que nos intoxican han difundido en los grandes periódicos que John Wayne Gacy el asesino en serie en el que se inspira Stephen King para su novela It ("Eso") convertida en película, que ahora estrena nueva versión, mataba vestido de payaso. No es extraño porque la degradación de la información empezó cuando se estimaba que la modernidad era acabar con las secciones de sucesos.

La ocurrencia ha supuesto el fin de los periodistas especializados en policiales y que ahora lo lleven becarios que creen que la opinión de un tertuliano es noticia, los pobres. Wayne no mató nunca vestido de payaso sino que creó el personaje, Pogo, que utilizaba para ganar fama de entregado a la causa social en fiestas infantiles, colegios y orfanatos.

El payaso Pogo es un personaje tétrico, más terrorífico que divertido, con unas pinturas que asustan en la cara, un traje rayado y el gorro con pompones. La primera vez que una imagen pretendidamente lúdica da miedo cuando sujeta un manojo de globos.

Por el contrario, Wayne era un señor formal, amigo, vecino y asesino. Cuando empezó a matar era de mediana edad y siempre fue bajito, rechoncho y con cara de buena persona. Había empezado muy joven a convertirse en un pedófilo despiadado y fue descubierto tras abusar de un niño de quince años, en 1967, por lo que le cayeron diez años de prisión de los que solo cumplió 18 meses. Aunque las consecuencias de su acto le llevaron al divorcio, logró rehacerse, fundar una empresa y utilizarla para sus crímenes. Se ocupaba de chapuzas y albañilería y solía ofrecer trabajo a jóvenes atractivos. Muchos de ellos destinados a desaparecer como se cuenta en mi libro Killers (Poe Books). Convencía a los chicos con el cebo de que iba a darles trabajo o mejorar las condiciones del que tenían y solía llevarlos a su casa, reducirlos, torturarlos y sodomizarlos. Al final, los estrangulaba.

En la cárcel había aprendido una cosa sencilla pero fatal: si mataba a sus víctimas no podrían enviarle a prisión. Como siempre, se equivocaba. No obstante dio muerte, según propia confesión a 45 jóvenes. ¿Y cómo fue posible ocultar esta multitud de cadáveres?

Muy sencillo: aprovechando la ineficacia, la falta de prevención, la negligencia policial, la comunidad perpleja ante la enorme cantidad de jóvenes desaparecidos y al hecho de que, como suele suceder, un asesino en serie de este tamaño no tiene a nadie tras sus pasos. Mataba a los chicos y los enterraba en los bajos de su vivienda. Allí se encontraron 33 cadáveres y otros 5 en el río cercano al que acabó tirándolos cuando no tuvo terreno para más entierros.

Mientras, multiplicaba sus actuaciones como Payaso Pogo y benefactor de la sociedad, incluso logró una foto con Rosalyn Carter que sería primera dama de la nación. Hasta increíblemente logró que los servicios secretos le concedieran una insignia que le permitía consultar documentos secretos. El payaso Pennywise del It de Stephen King no es más que un reflejo onírico e irreal del verdadero monstruo. Al que redactores ignorantes mezclan en engrudo intragable de verdad y ficción que da como resultado la locura. Logran que nadie entienda nada y desde luego tengan sensación de miedo no tanto por el peligro físico sino por la tormenta mental.

El payaso asesino que nunca existió al que se le da carta de veracidad nos convierte en personas atemorizadas de nosotros mismos que viven en un caos donde nadie sabe lo que pisa. El triste corolario es que el brutal asesino no fue detectado por la sociedad, ni por la policía, sino advertido por la madre de la última víctima cuarenta cinco cadáveres tarde. Muchos de ellos jamás fueron encontrados, ni siquiera después de que el creador de Pogo fuera ajusticiado con inyección letal. La sonrisa tétrica del payaso continua.

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