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Gabriel Moris

Los peritos del ácido bórico

Me sentiría aliviado si los medios de comunicación que dieron tanta información falsa o errónea se sintieran interpelados por el grito de una víctima que sigue queriendo saber la verdad que ellos mismos han falseado y ahora tratan de ocultar o silenciar.

Gabriel Moris
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Cuando se habla de los medios de comunicación y de su papel en una sociedad moderna y democrática con frecuencia se recurre a la ya manida denominación de "cuarto poder". Todos la hemos escuchado una y otra vez; sin embargo, no entendí en su totalidad el sentido de ese título hasta que asesinaron a mi hijo y fui consciente de que no sabía quién había sido. Muchos años atrás un grupo de periodistas estadounidenses fueron capaces de enfrentarse con éxito al que a pesar de ser el hombre más poderoso del mundo quiso apuntalar su poder sirviéndose de trampas. ¿Podría un grupo de periodista en la ya no tan joven democracia española enfrentarse con éxito a los hombres más poderosos de España?

Con razón y con frecuencia se duda de la actuación de la Justicia. Lo que no me impide reconocer que en alguna ocasión está a la altura de lo que cabe esperar de ella. Me refiero al proceso que se conoce con el caso del "ácido bórico". En un principio el asunto no parecía tener mucha importancia. ¿Qué tiene de extraordinario que unos peritos cumplan con lo que se les ordenó y reseñen en un informe lo que se encontró en el piso de un entonces presunto terrorista? Como en ocasiones anteriores y, atendiendo a lo establecido, los peritos se sirvieron del archivo de su Unidad y de forma rutinaria recordaron lo que en ellos constaba respecto a ETA y al ácido bórico. En ese preciso instante comenzaron sus problemas. Sus mandos policiales les exigieron que eliminaran de su informe cualquier referencia a la banda terrorista ETA.

¿Por qué sólo respecto al 11-M, y cuando casi toda la instrucción permanecía bajo secreto judicial se les exige a unos peritos que borren la más mínima y casual referencia a ETA? En cualquier caso, los peritos se negaron y Garzón no tardó en interrogarles. Los citó como testigos y los despidió como imputados. ¿Qué llevó a magistrado tan conocido a poner en tela de juicio la actuación de unos profesionales que no habían actuado de forma distinta a las anteriores y en el curso de informes semejantes? ¿Por qué se les has dispensado trato tan vejatorio? ¿Por qué son tan pocos los que han defendido su honor y su profesionalidad cuando a todos les consta que son perseguidos por negarse a cumplir órdenes que en conciencia no podían cumplir?

Estas reflexiones y preguntas responden a las noticias derivadas de la vista pública que ya ha finalizado y en la que se ha juzgado la actuación de la cúpula de la Policía Científica. Siento que lo que se conoce como "cuarto poder" no haya denunciado como merecía la actuación de unos mandos que, lejos de avergonzarse por obrar de forma delictiva e intimidante, insisten en advertirnos que de tener otra oportunidad actuarían de forma similar.

A la postre, el asunto del ácido bórico se está utilizando hábilmente para ocultar a la opinión pública el verdadero problema de los explosivos del 11-M y que se explican en la ausencia de muestras para realizar los análisis que nos permitirían conocer qué estalló en los trenes. ¿Quiénes son los responsables de que –al contrario de lo que siempre ha ocurrido en atentados semejantes– no existan muestras fiables que nos permitan conocer el explosivo que mató a nuestros hijos? Entre ellos jamás encontraríamos a los peritos que se negaron a falsificar un informe. ¿Encontraríamos a los mandos policiales que les ordenaron que borraran las referencias a ETA? ¿Encontraríamos al juez instructor? ¿Al ministro del Interior de turno?

Me sentiría aliviado si los medios de comunicación que dieron tanta información falsa o errónea –terroristas suicidas, metralla en los artefactos etc.– se sintieran interpelados por el grito de una víctima que sigue queriendo saber la verdad que ellos mismos han falseado y ahora tratan de ocultar o silenciar. El cuarto poder, al fin y al cabo, debe servir al pueblo indefenso y no a los poderes que arremeten contra los mismos ciudadanos que le otorgaron el poder.

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