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El factor Gingrich

Romney aparece demasiado blando y dubitativo, mientras que Gingrich se defiende atacando como un león a esos medios de izquierdas que sistemáticamente humillan a los conservadores con su arrogante desdén.

GEES
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Gingrich llegó a Carolina del Norte con diez puntos porcentuales por detrás de Romney en las encuestas y le ha ganado por doce. Romney llegó con sendas victorias en las dos primarias iniciales y la tercera en camino, y sale rumbo a Florida (el día 31) con un solo triunfo, el de New Hampshire, porque el recuento definitivo lo dejó sin Iowa, por minúsculo margen.

"Volatilidad" es la palabra que está caracterizando este año la primera parte del proceso electoral. El otro término, de mayor importancia por ser factor que contribuye a aquella, es "debate". Desde hace ya muchos años es la TV la principal cancha en la que se dirimen las contiendas electorales, pero nunca, de una manera tan sistemática, por medio de debates, dirigidos por periodistas y encorsetados por estrictas limitaciones de tiempo. La fórmula podrá variar algo, pero el método ha llegado para quedarse. ¡Cómo ahora se va Obama a negar a multiplicarlos con su contrincante en septiembre y octubre! El mero hecho de escurrir el bulto se convierte en una vulnerabilidad. No es que lo haga mal, pero no es lo mismo que su especialidad, leer discursos en sus queridos teleprompters que nunca aparecen en pantalla, girando como descuidadamente la cabeza entre diestra y siniestra.

Gingrich tiene fama de visionario, corroborada desde hace años. Ciertamente es una máquina de parir ideas, algunas originales e ingeniosas, otras disparatadas y contradictorias: entre sí, con el ideario conservador o con su propia trayectoria personal. Se ha presentado en lo que lleva de campaña como el aspirante que ofrece planes y soluciones, algunos tan triviales como proporcionarles a los estudiantes de bachillerato trabajos auxiliares en sus colegios, para que aprendan a responsabilizarse y ganar dinero. Lo que ya se hace mucho, y desde hace mucho, en las universidades americanas. Puede ser práctico, pero no muy presidencial. Los proyectos de los que presume, más bien brillan por su ausencia. Su verdadera oferta es hacer pedazos a Obama en los debates del otoño.

Nadie espera de Romney una tal superioridad en el pugilato verbal. Pero lo importante es vencer en votos, no con la lengua, y para esa tarea Romney parece más sólido. Por mucho que insista, los conservadores no lo identifican como uno de los suyos, pero muchos están dispuestos a aceptarlo como mal menor. Su experiencia como político y empresario es un serio aval. Su vida privada parece sin tacha. Su personalidad es estable y predecible. Todo eso lo ha convertido en el hombre del aparato del partido y en el favorito con reticencia de una mayoría de republicanos, que sigue estando lejos de ser absoluta.

Los últimos debates lo han cambiado todo. Romney aparece demasiado blando y dubitativo en la defensa de su experiencia empresarial y en cuanto a hacer pública su declaración de hacienda, mientras que Gingrich se defiende atacando como un león a esos medios de izquierdas que sistemáticamente humillan a los conservadores con su arrogante desdén. Si Gingrich se demuestra capaz de vapulear a Obama se convierte en elegible. Elegible como candidato, pero ¿como presidente? Da miedo.

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