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Obama el inflexible

No ha habido acuerdo. Obama no acepta retoques en su 'Obamacare' y la mayoría republicana de la Cámara de Representantes se niega a aprobar los presupuestos.

GEES
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No ha habido acuerdo. Obama no acepta retoques en su Obamacare (gran reforma sanitaria) y la mayoría republicana de la Cámara de Representantes se niega a aprobar los próximos presupuestos, con lo que, siguiendo una curiosa disposición exclusiva de los Estados Unidos, a partir del 1 se han cerrado total o parcialmente una serie de servicios gubernamentales por falta de financiación y los funcionarios que los atienden se tienen que quedar en su casa, en vacaciones forzosas y no remuneradas.

Los republicanos reconocen que su correligionario el senador novato Ted Cruz, jurista de 43 años y de padre cubano, tiene una gran responsabilidad en este cierre que en gran medida ha impuesto al partido, en contra de muchos, sobre todo de los líderes parlamentarios. Éstos están de acuerdo en el fondo de la cuestión, el rechazo del Obamacare, pero consideran el procedimiento inadecuado y, en términos populares, contraproducente.

Pero en lo que están todos de acuerdo es en que la principal responsabilidad le corresponde al principal responsable del país, su presidente. Obama también cree que el cierre es lesivo para sus contrincantes políticos y lo ha querido, propiciado y magnificado como una gran catástrofe económica, cosa que no tiene por qué ser, como no lo han sido los 18 casos precedentes de los últimos cuarenta años, siempre que él esté dispuesto a negociar y a hacer alguna concesión razonable. Lo malo es que no lo está, ni ahora ni nunca, y eso constituye un pésimo presagio para las negociaciones sobre el límite de la deuda pública, cuyo tope actual expira el 17 de este mes. Si para entonces no se ha solucionado el cierre y no hay acuerdo sobre un nuevo límite de la deuda federal, Estados Unidos puede empezar a suspender pagos de sus obligaciones crediticias, lo que podría llegar a tener graves consecuencias.

Lo que todo esto está poniendo de manifiesto, corroborando una vez más lo ya sabido, es la concepción considerablemente absolutista que tiene Obama del poder, con sorprendentes concomitancias con la monarquía del Antiguo Régimen. Ese cuasi-absolutismo se ve legitimado por el apoyo de su partido en las Cámaras en las que tiene mayoría, actualmente sólo en el Senado, pero su concepción y uso van en contra del espíritu y la práctica del sistema americano, basado en una rigurosa división de poderes, en la que el presidente acumula la jefatura del Gobierno y se elige con independencia del Congreso, el cual no puede derribarlo aunque esté dominado por el partido rival, ni aquél puede disolver las Cámaras y convocar elecciones. La negociación política con el adversario es propia de toda democracia, pero es indispensable para el funcionamiento de la americana. La obstinada negativa de Obama a negociar, sus referencias siempre despectivas, rayanas en el insulto, a la oposición, tergiversando con frecuencia los hechos, y la forma en que ha retorcido la ley en muchas ocasiones, abusando de las prerrogativas presidenciales y con la cobertura partidista, carecen de precedentes, más allá de casos muy puntuales, en la historia de los Estados Unidos.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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