Todos los diarios dedican, en términos generalmente laudatorios, un editorial a los 25 años de pontificado de Juan Pablo II. También haremos referencia a otro editorial de El Mundo, que es el único diario que comenta el acto de presentación del libro de José Barrionuevo, al que asistieron Felipe González, Rafael Vera, José Luis Rodríguez Ibarra, y otros dirigentes del PSOE.
Respecto al Papa, dice El País que “ni sus más radicales detractores niegan hoy, 25 años después, el protagonismo que en los cambios históricos producidos desde entonces ha tenido Karol Wojtyla”. Debe ser cierta esta afirmación de El País, teniendo en cuenta que este diario es, precisamente, uno de los “más radicales detractores” de la figura de Juan Pablo II. Hay muchos que no le perdonan precisamente eso, que haya sido uno de los principales responsables del desplome del comunismo en Europa, como evidencia el furibundo artículo que ayer publicaba —precisamente en El País— el “teólogo” Hans Kung.
Sin embargo, para El País, “el balance de su papado en el seno de la Iglesia es mucho más cuestionable que su capacidad como estratega y aliado de occidente para acabar con el comunismo”. Admite el editorialista que “la independencia de criterio de Wojtila no está en duda. Ha censurado a EE UU, incluso con virulencia, también respecto a la guerra en Irak” pero le reprocha “el rigorismo moral de que hace gala y que ha alineado a creyentes en todo el mundo. Desde su resistencia —prosigue El País— a la revisión del papel marginal de la mujer en la Iglesia a su permanente batalla contra los anticonceptivos, sus muy discutibles criterios para beatificaciones o su forma de reprimir a teólogos discrepantes, Juan Pablo II ha reimpuesto unas formas conservadoras que muchos consideran contrarias al espíritu que alumbró con Juan XXIII en el Concilio Vaticano II”.
Aunque El Mundo es mucho más generoso con la figura del Papa —al que llega a tildar de progresista— también habla de un Papa reaccionario que “defiende unos conceptos cerrados, caducos para buena parte de la sociedad, de la moral privada, sexual y familiar, que se opone a la contracepción y, en ese sentido, puede estar contribuyendo a la desgracia de este Tercer Mundo mísero que tanto visita y al que tanto defiende”.
Por nuestra parte, y más en la línea de ABC, La Razón o La Vanguardia, consideramos a Juan Pablo II como uno de los mejores papas con los que haya contado la Iglesia Católica en toda su historia. Y, aunque ciertamente se puede discrepar en algunos puntos, las críticas que El Mundo y, sobre todo, El País dirigen a este Papa no se sostienen.
El denigrado “rigor moral” de Juan Pablo II no es otro que el del propio catolicismo. Otro tanto se podría decir del supuesto “papel marginal de la mujer en la Iglesia”. Wojtyla, por el contrario, ha sido uno de los papas que más ha reivindicado el papel de la mujer —ciertamente diferente al del hombre— pero en igualdad de dignidad. La figura destacada de Maria no encuentra parangón en ninguna de las figuras del sexo masculino dentro de la Iglesia. Y si la mujer ha alcanzado esa igualdad legal en Occidente como en ninguna otra parte del planeta es, precisamente, gracias a la influencia del cristianismo. No existe parangón de esa igualdad y dignidad de la mujer en ninguna otra religión. Y si hacemos un análisis específico de la Iglesia Católica frente a otras confesiones cristianas hemos de decir que “esos problemas”, que según El País, “se acumulan y agravan en la Iglesia Católica” es un problema de niños comparado con la desbandada, división y decadencia de esas otras confesiones.
Que la Iglesia Católica, por otra parte, se oponga a la ordenación de mujeres como sacerdotes en nada supone un agravio para la mujer como no lo supone su oposición a que el hombre sea ordenado como monja. Que los puestos de la iglesia conserven un carácter sexuado —que no discriminatorio— es algo que, a diferencia de lo que sostienen El País y El Mundo, les está creando muchos menos problemas a la Iglesia católica que a las otras confesiones cristianas que han ordenado sacerdotisas.
Lo que denigra El País como “represión de teólogos discrepantes” no es otra cosa que el deber de mantener una unidad en el discurso teológico, papel fundamental que ostenta el Sumo Pontífice y que Juan Pablo II ha desempeñado con enorme paciencia y afán de concordia, en plena concordancia con “el espíritu que alumbró el Concilio Vaticano II”. ¿O acaso lo contradijo Juan Pablo II cuando excomulgó al obispo tradicionalista Lefevre?
No menos disparatado —aunque mucho más extendido— es el reproche de El Mundo que acusa al Papa de “estar contribuyendo a la desgracia del tercer mundo” por “su oposición a la contracepción”. En primer lugar, esta oposición de la Iglesia —como antes apuntábamos— no es nueva ni ha sido “reimpuesta” —como dice El País— por Juan Pablo II. En segundo lugar, se puede cuestionar la oposición a la contracepción sin llegar al disparate de decir que contribuye a la desgracia del Tercer Mundo. El problema del tercer mundo, no es que sobren hombres —como sostienen estos editorialistas neomalthusianos— es que faltan políticas que estimulen y generen prosperidad. Uno de esos recursos es el propio ser humano, y , como se preguntaba el demógrafo y economista Julian Simon, "¿por qué es que cada vez que nace un ternero el PIB per cápita de la nación aumenta, y cada vez que nace un bebé el PIB per cápita cae?".
Gracias precisamente a la influencia de este prestigioso economista una reciente encíclica del Papa Juan Pablo II urgía a los gobiernos a tratar a la gente "como activos productivos", una realidad consciente y argumentadamente sostenida ya por muchos economistas pero que ya encontraba un respaldo en la moral tradicional cristiana.
En cualquier caso, mucho más criticable que el rechazo moral —que no legal— a la contracepción, son las políticas coactivas y genocidas del control de natalidad como las que se cometen en China.
La repentina decepción de El Mundo
El Mundo tiene el acierto de ser el único diario que da relevancia editorial al bochornoso espectáculo que ayer se vivió en la representación del libro de José Barrionuevo al que acudieron, no sólo Felipe González y Rafael Vera, sino también cuatro miembros de la Ejecutiva Federal del PSOE, entre ellos los emblemáticos secretarios de Libertades Públicas y Justicia.
Aunque estamos completamente de acuerdo con El Mundo en considerar este acto de los condenados por los crímenes del Gal como “una befa y escarnio precisamente de los más elementales conceptos de libertades públicas y de Justicia que quepa imaginar”, nos sorprende otras consideraciones de mayor calado que hace el editorialista como es la de cuestionarse ahora si Zapatero sigue comprometido con “el afán de renovación del socialismo español” con el que llegó a la secretaría general.
Así, el editorialista descubre ahora que “la vieja guardia está echándole un órdago a Zapatero y él tiene que decidir si traga y hace naufragar así todas las ilusiones concitadas entorno a su persona o si opta por defender el territorio”. Este órdago se lo echó a Zapatero la vieja guardia felipista hace años, en el 2002, y desde entonces, desde las elecciones autonómicas vascas, Zapatero se ha puesto a su servicio en todo lo que le ha reclamado el ex presidente del Gobierno socialista y el Grupo Prisa. Desde entonces El Mundo, desgraciadamente, no ha hecho más que ejercer de tonto útil de un pelele en manos de Cebrián&González.
Y, desde aquí, ya nos atrevemos a asegurar al editorialista de El Mundo que Zapatero ni va a “dimitir” ni va a “desautorizar el tono y el contenido” del acto de ayer respecto al Gal, como tampoco lo ha desautorizado en ocasiones muy similares en el pasado.
Aquí la única duda es saber si, a pesar de que Zapatero no haga ni una ni la otra de las cosas que le reclama hoy El Mundo, este diario va a continuar con su idilio y ceguera voluntaria respecto a ese mandado del felipismo que todavía ocupa la secretaría general del PSOE.
El aniversario del Papa y el dilema de El Mundo
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