El nuevo paso en el procedimiento sucesorio dado por la Junta Directiva Nacional del PP con la aprobación de forma unánime de la candidatura de Mariano Rajoy a la Presidencia del Gobierno protagoniza los editoriales más destacados de todos los diarios. Un día más percibimos bastantes coincidencias entre todos ellos, con la excepción de El País.
El diario de Prisa comienza señalando que desde que en enero del 2002 Aznar anunciara su decisión de retirarse “no han faltado voces influyentes que le ofrecían coartadas para volverse atrás. Que las haya desoído es algo que les honra”. Ya ven. El País ha tardado, pero —por fin— dedica un elogio a Aznar por una decisión conocida por todos desde hace años. Pero no se crean, tras ese primer párrafo, El País vuelve a desplegar todo su sectarismo contra el todavía presidente del Gobierno y su sucesor en el liderazgo del partido popular.
El País nuevamente arremete contra el sistema de designación “que es tributario de los rasgos presidencialistas que Fraga imprimió al PP y que Aznar ha desarrollado hasta convertirlo en el partido de la unanimidad”. Luego pasa a denunciar la “preocupante confusión entre partido y Gobierno, manifestada ayer en el aplazamiento de la Junta de Portavoces del Congreso para que los representantes del PP pudieran participar en la designación de Rajoy”.
El País aborda los rasgos de Rajoy que Aznar destacó ayer —responsabilidad, capacidad de trabajo, sensatez y tenacidad— señalando que “los elogios suelen revelar más las cualidades que cree poseer el elogiador que las que adornan al elogiado”. “Seguramente es así como se ve Aznar”.
Aunque El País siempre ha dado pruebas de su sectarismo, pocas veces lo ha mostrado de esta forma tan pueril. Si lo que pretende El País es echar una jarra de agua fría sobre la euforia e ilusión —desde nuestro punto de vista, muy justificada— con la que el PP está viviendo la sucesión de Aznar, bien podía haber indicado que los rasgos antes destacados de Rajoy no son suficientes para conformar una mayoría absoluta o para ser un exitoso presidente del Gobierno. Pero negar la totalidad, es decir, cuestionar hasta la indiscutible y objetiva "sensatez, capacidad de trabajo o tenacidad" de Rajoy, para decir que en realidad estamos ante un soberbio elogio que Aznar —por supuesto también inmerecidamente— se dirige a sí mismo, sólo deja patente, no ya el sectarismo, sino la falta de una mínima seriedad por parte del editorialista.
En cuanto a lo de la “confusión entre partido y Gobierno” es una exagerada interpretación de lo que no es más que una discutible adecuación en los tiempos, pero que no ha provocado ninguna merma práctica al funcionamiento del parlamento.
Respecto a lo de la "designación presidencialista" no es más que un argumento reiterativo contra un procedimiento conocidos por todos desde hace tiempo que sólo busca denigrar como artificial la unidad y cohesión del gobierno. Y aunque nosotros hemos cuestionado el personalismo en ese procedimiento, la falta de madurez democrática que denota no es exclusiva del PP sino de todos los partidos políticos. La cohesión que ha hecho gala el PP no es, en este sentido, el resultado de ese esquema presidencialista que “Fraga imprimió al PP y que Aznar ha desarrollado”, como sugiere El País. Es el resultado de una coincidencia en la valoración de un proyecto y en la confianza que el partido muestra en el presidente de Gobierno para elegir un candidato de consenso.
El País no se queda ahí y cuestiona también el compromiso de Rajoy con los ejes que han marcado la política de Aznar: “mantenimiento del Pacto antiterrorista, negativa a eventuales reformas de la Constitución y los Estatutos, equilibrio presupuestario y europeísmo atlantísta”.
El País no se enfrenta ahora a esos principios sino que lo que parece que quiere reprochar al PP es la falta de firmeza con la que este partido los ha mantenido a lo largo del tiempo. Para El País se trata tan solo de “Ejes móviles”. Aznar “no entendió de entrada la necesidad del Pacto Antiterrorista, fue partidario de la reforma del Senado y no siempre fue tan atlantista. En cuanto a lo del déficit cero, no sólo depende de la voluntad política sino también de factores externos”.
En primer lugar, lo destacable de Rajoy no ha sido su reivindicación del Pacto antiterrorista, sino su advertencia y su compromiso de defender los principios que lo rigen “en solitario si es necesario”. El Pacto Antiterrorista lo ofrece Zapatero en un momento en que ETA ha puesto fin a la tregua y ha dejado en evidencia a todos los partidos —empezando por el PSOE— que acusaron de cicatería y falta de gestos al Gobierno durante el mal llamado “proceso de paz”. Lo que Zapatero quiso evitar es que el terrorismo entrara en la contienda política, sabiendo que en ese asunto la mayoría de los ciudadanos estaban más cerca de las tesis del PP. Para que el principal partido de la oposición respalde la política de firmeza del Gobierno no hace ni hacía falta ningún pacto, sino voluntad política. Por otra parte, ¿quiere hacernos creer El País acaso que Aznar antes de decidirse a firmarlo, pensaba de forma distinta, y que fue Zapatero el que lo convenció de la necesidad de hacer frente a los nacionalistas y de ser firme contra el terrorismo? Aquí el único que, tras la decapitación de Redondo Terreros, ha vuelto a traicionar ese compromiso ha sido el PSOE. Tanto en Navarra como en el País Vasco como, sobre todo, en Madrid. Y todo, al dictado de El País.
En cuanto a lo del Senado, Aznar era y sigue siendo partidario de su reforma, lo que ha cambiado es en la oportunidad de llevarla a cabo. Y esto por tres razones. En primer lugar por que no ha sido para el PP nunca un asunto prioritario. Los ciudadanos no viven precisamente atormentados por esta cuestión. En segundo lugar, porque requiere de una reforma constitucional que no es lo mismo abordar con unanimidad sobre el resto de las cuestiones que con el intento, tanto por parte de los nacionalistas como de los socialistas, de aprovechar esos cambios para introducir otros que destruyen el actual estado de las autonomías, niegan a España su condición de nación —como propone Maragall— o abiertamente postulan el secesionismo —como ocurre con el plan de Ibarretxe. Pese al envite del terrorismo y de los nacionalistas vascos, si en el PSOE todos tuvieran tan claras las ideas como Redondo Terreros, nada impediría que el PP consesuara una reforma centrada en la cuestión del Senado, pero ni estamos en ese escenario, ni los ciudadanos reclaman esa reforma.
En cuanto a lo de que el gobierno de Aznar “no fue siempre tan atlantista”, ¿se puede saber cuando no lo fue?. Aquí el único que ha dado bandazos es el PSOE, que pasó del “no a la OTAN” a celebrar que Javier Solana fuera su secretario general. También han sido notorios los bandazos en su respaldo a EE UU frente a Irak.
Respecto al equilibrio presupuestario, este ha sido y sigue siendo una constante en el programa económico del PP. Los que últimamente están irreconocibles son los medios de Prisa, que después de haber denigrado el déficit cero como un “dogma” del PP y tras pedir “flexibilidad” al pacto de estabilidad, ahora reivindican la política económica de Rodrigo Rato.
Lo único que no critica El País es lo que supuestamente “Rajoy añade a los ejes ya trazados por Aznar” y que, para este diario, “enlaza con la línea de oposición marcada ayer mismo por Zapatero: la política de inmigración y la seguridad ciudadana”.
Aunque con retraso, también son estos dos problemas que Aznar ya se ha decidido desde hace algún tiempo a abordar y Rajoy decide continuar pero por una senda completamente distinta a la propuesta por los socialistas. Si algo hay que reprochar del PP respecto a la inmigración es la timidez en las pretéritas reformas que no se distanciaban lo suficiente de la demagogia e irresponsabilidad del partido socialista.
En cuanto a lo de la seguridad ciudadana, es cierto que el PSOE se adelantó en la denuncia de este problema, pero se equivocó al creer que se debía a una falta de gasto público en policía. El problema de delincuencia no se debe fundamentalmente a una falta de detenciones —que es lo único en lo que puede colaborar la policía en la lucha contra la delincuencia— sino a la mala administración de la Justicia, tanto por falta de medios, como por falta de una legislación que hiciera más caro el precio del delito. En este terreno el Gobierno de Aznar ya ha dado importantes pasos y, no precisamente, con el respaldo del PSOE y sus medios de comunicación. Sin duda habrá que dar aun muchos más, pero en una dirección muy distinta a la que propugnan los socialistas.
Finalmente, y en el colmo de la desfachatez, El País hace un llamamiento a que Rajoy permita sacar el debate político del clima de agresividad en que se había instalado” y que “salvando las distancias” el diario de Prisa equipara “a la situación del periodo 1993-1995”. Ciertamente “las distancias” que hay que salvar son las que separan a dos situaciones diametralmente opuestas. En aquel momento —los Gal, la fuga de Roldán, Filesa, el Banco de España, incumplimiento de todas las condiciones para entrar en el euro, crisis económica y destrucción de empleo— la crispación la generaba el gobierno, mientras que la de ahora la genera la oposición que ya no sabe qué hacer para desbancar al Ejecutivo. Y ciertamente el nerviosismo de El País es muestra de ello.
En Prisa saben perfectamente que la renuncia de Aznar es una cosa y otra, muy distinta, perder de vista al PP en el Gobierno. Y lo que desde luego no perdonan al presidente del Gobierno es que con una favorezca la otra. Aznar, sencillamente, les ha amargado la fiesta.
El País está de los nervios
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