La candidatura de Josep Piqué a la presidencia de la Generalitat y la situación en Irak es el asunto más destacado de cuantos tratan los editoriales de prensa este lunes.
La Razón calibra las posibilidades de éxito de Piqué en la medida en que el candidato popular sepa explicar que “las propuestas sobernistas o de reforma constitucional de nacionalistas o del PSC no responden a problemas objetivos de los ciudadanos, sino a resolver problemas de partido o justificar la pervivencia de quienes han hecho de la reivindicación constante y la confrontación con el resto de España su única razón de ser. A Cataluña —prosigue con acierto La Razón— le ha ido bien con el actual modelo, y España no habría logrado su envidiable posición económica sin el esfuerzo catalán".
El Mundo, también en esta línea pero con menor claridad, considera que “es muy singular que los demás partidos catalanes estén minimizando los logros, la propia realidad circundante, para insistir en sus reclamaciones de reforma del Estatuto de autonomía y de la Constitución. En lo que los populares han llamado una subasta por presentarse con la imagen más radical, unos y otros dejan que Ezquerra Republicana les marque la agenda.
No obstante, El Mundo —que siempre confunde la ponderación con la ambigüedad—echa a perder su editorial al considerar que “se han oído también algunas estridencias y exageraciones como es la acusación, proferida hacia los socialistas y convergentes por el propio Piqué, de romper el pacto constitucional y de jugar con el Estatuto de todos para fines partidistas. Pueden ser innecesarias, superfluas o quizá extemporáneas peticiones como la reforma del Senado planteada por Maragall o algunas demandas de CiU—concede El Mundo—, pero proponer cambios en la Constitución no supone romper un pacto jamás concebido como la congelación eterna de la magna carta”.
En primer lugar, nadie concibe el pacto constitucional como la “congelación eterna de nada” pero desde luego lo que sí han hecho los populares —y hacen bien— es rechazar que nuestra Carta Magna sea una mera “disposición transitoria” como la ha considerado recientemente Maragall. Por otra parte, es isostenible la forma que tiene El Mundo de quitar gravedad a los planes de reforma de Maragall como si de un inocente retoque en nuestra carta magana se tratará. “Extemporánea” o superflua” se podría considerar una reforma del Senado como la que planteaba Manuel Fraga, que ahora oportunamente ha aparcado. Pero, a diferencia de la de Fraga, la reforma propuesta por Maragall tiene unas bases claramente nacionalistas que niegan el carácter de nación a España —fundamento y pilar de nuestra Constitución— para otorgárselo a Cataluña. Todo ello, además, coincidiendo con el envite indisimuladamente secesionista del PNV en el País vasco. Y eso dejando al margen los disparates de don Pascual entorno a la antigua Corona de Aragón.
El Mundo hace un flaco favor a Zapatero no haciéndole ver la gravísima deriva nacionalista de su partido en Cataluña que bien puede ser el fundamento de su derrota en las generales, por mucho que sobrevivan sus expectativas en Cataluña.
Finalmente, El País también destaca que el PP se presenta “como el último baluarte contra el nacionalismo catalán y contra cualquier propuesta de reforma del Estatuto y de la Constitución”. “La estrategia de los populares —dice con preocupación El País— es tan decidida como arriesgada, ya que vuelve a situar al PP al margen del consenso político en Cataluña”. Un poco más adelante, El País presenta la “contradicción” que supone que el PP se presente como "el principal adalid contra los nacionalistas y, sin embargo, aspire en Cataluña a gobernar con ellos, aunque con el propósito de rebajar sus planteamientos. De conseguirlo, el PP obtendría además un valioso seguro de cambio ante una hipotética pérdida de la mayoría absoluta en las legislativas de 2004”.
Evidentemente, el discurso del PP, para que sea coherente, no solo debe dirigirse contra Maragall sino también contra CiU. Y eso no constituye impedimento alguno para alcanzar unos acuerdos puntuales con el objetivo —que el mismo El País reconoce— de rebajar los planteamientos de CiU. El PSOE, en cambio, no sólo no se propone moderar a ningún contrincante político sino que pretende competir con ellos en aventurismo institucional. Si pese a ello, Maragall lograra gobernar en Cataluña, eso solo constituirá un espejismo para Zapatero de cara a las elecciones generales. La deriva nacionalista pasará factura al PSOE contra Rajoy. El naufragio del PSOE solo da para un superviviente. Y a lo mejor, ni siquiera eso.
Como mucho, o Zapatero o Maragall
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