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Realidad frente a política

Tras contemplar cómo las cifras delatan las prácticas perjudiciales de los gobernantes, nuestros políticos optan, en lugar de enmendar errores, por "matar al mensajero".

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Los enemigos de la libertad suelen reclamar que se ignoren los "fríos números" y, en su lugar, se atienda lo que verdaderamente importa: la "condición real" de las personas. Estos sofistas modernos esgrimen como fundamento de su falacia un pretendido humanismo basado en la "solidaridad". En consecuencia, sólo un desalmado, insensible a las carencias de los más necesitados, puede dejar de apoyar las políticas socialistas. Todas ellas se basan en la "distribución" de la riqueza.

Frente a tales premisas, tan convincentes como falsas, hay que preguntar: ¿para qué sirve el cálculo económico? Sin temor a exagerar, el cálculo –en términos monetarios– es lo que ha permitido a la humanidad dejar atrás un pasado de penurias, hambrunas y enfermedades generalizadas. ¿Por qué? Porque por medio de una rigurosa contabilidad es posible determinar con precisión cuál ha sido el resultado de políticas instrumentadas durante un período determinado de tiempo. Este procesamiento de datos tiene como función específica hacer visible, mediante la relación entre costes y beneficios, el verdadero resultado de las decisiones tomadas. Es decir, si el saldo ha sido negativo o positivo. Esa información tiene un valor incalculable porque nos permite ajustar del mejor modo posible nuestras acciones futuras.

Ludwig von Mises, en su obra La Acción Humana, considera uno de los acontecimientos más notables de la historia "que los hombres hayan desarrollado un método para determinar, en la medida de lo posible, la conveniencia de realizar ciertas acciones, y el modo para atenuar situaciones consideradas indeseables, en la forma más práctica y económica posible".

En consecuencia, es una tontería mayúscula sostener que los "fríos números" y la "condición real" de las personas se contraponen porque únicamente por medio del cálculo económico es posible saber si ciertas acciones son realmente beneficiosas o contraproducentes.

Las estadísticas oficiales han pasado a ser la imagen de los gobernantes; todos se afanan en mostrar "buenos números", lo cual es imprescindible para conseguir los incesantes préstamos a que se han vuelto adictos.

Mises hace hincapié en que "debemos saber distinguir entre el cálculo económico practicado por el empresario, cuando está planificando una transacción futura, y aquellos cómputos de realidades económicas que buscan otros propósitos". Esto último es lo que observamos en el continente: tras contemplar cómo las cifras delatan las prácticas perjudiciales de los gobernantes, nuestros políticos optan, en lugar de enmendar errores, por "matar al mensajero".

Sobre Argentina, la revista The Economist publicó un artículo titulado Cristina en la tierra de la fantasía, donde expone que mientras la mayoría de los analistas independientes estiman que la inflación real ha llegado al 25% anual, las cifras oficiales argentinas hablan del 9%. Asimismo, el organismo oficial dejó de informar sobre la evolución del índice de pobreza.

En Uruguay, el combate a la pobreza es la "nave insignia" del Gobierno izquierdista. Con tal objetivo se ha creado un nuevo ministerio y más agencias burocráticas, amén del aumento brutal de la imposición tributaria. Este mes, el Instituto Nacional de Estadística de Uruguay se aprestaba a anunciar la evolución de los indicadores de indigencia y pobreza en el 2007, pero las nuevas cifras resultaron peores que las del 2006. Entonces, sorprendentemente, se llegó a la conclusión que había cometido "un error de medición de la pobreza en el año anterior", y los guarismos fueron corregidos. Para satisfacción de las autoridades, ahora la medición de 2007 arroja números mejores que en 2006.

La razón de semejantes manipulaciones en las estadísticas es que el principal interés de gobernantes y políticos es perpetuarse en el poder.

© AIPE
 
Hana  Fischer es analista política uruguaya

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