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JUBILEO DE DIAMANTES DE ISABEL II

Dios salve a la Reina

Lleva 60 años en el trono. Ha realizado 261 viajes oficiales al extranjero. Ha otorgado más de 400.000 títulos y honores. Ha botado 21 barcos, respondido a más de tres millones y medio de cartas y conocido a doce primeros ministros y seis arzobispos de Canterbury. Las cifras de Isabel II resultan abrumadoras; no están nada mal para alguien que no estaba destinado a reinar.

Carmen Pulín Ferrer
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La reina Isabel II de Inglaterra es, probablemente, uno de los personajes actuales más conocidos en todo el mundo. Su imagen se encuentra en todas partes: sellos de correos de cualquiera de los países de la Commonwealth, retratos oficiales (ha posado para más de 120), todo tipo de souvenirs y hasta portadas de discos punk. Es todo un icono de la cultura popular, y la mayoría de la población mundial no ha conocido a otro soberano británico. Sin embargo, por mucho que cueste imaginar a otro monarca en su lugar, de no haber sido por la –en su día impensable– abdicación de su tío Eduardo VIII, hoy Isabel no ocuparía el trono.

Elizabeth Alexandra Mary, hija de Albert y Elizabeth, Duques de York, nació por cesárea el 21 de abril de 1926 en la casa londinense de sus abuelos maternos. Su padre era el segundo hijo del rey Jorge V, y su madre la cuarta hija de un conde escocés. Pasó sus primeros años junto a sus padres y su hermana menor, Margaret, en la casa familiar en Piccadilly; fueron diez años de vida tranquila y hogareña: su padre aborrecía los actos públicos (en parte debido a su tartamudez) y procuraba evitarlos en la medida de lo posible, dejando a su hermano mayor, David, el Príncipe de Gales (futuro Eduardo VIII), disfrutar de la popularidad y de una vida de lujo y fiestas constantes. Su madre, en cambio, era una mujer decidida y resuelta, que trataba de compensar la mala imagen que podía dar a la monarquía la conducta frívola y escandalosa del príncipe ofreciendo entrevistas y difundiendo fotos que mostraran la idílica vida familiar de los York. La princesa Isabel fue así, desde niña, una imagen habitual y muy querida por la población británica.

Sin embargo, dado que no se esperaba de ninguna manera que un día ocupara el trono, su educación fue la de cualquier niña de la alta sociedad de la época: su madre, una niñera escocesa (de la que se dice aprendió a ser ahorradora hasta el extremo de la tacañería; enseñaba a la niña a reutilizar el papel y las cintas de los regalos que recibía) y una institutriz se ocuparon de su formación. No asistió a la escuela ni recibió la preparación de una heredera de la Corona. Hasta que, en 1936, falleció su abuelo Jorge V, su tío subió al trono y estalló la crisis de la abdicación: el 11 de diciembre Eduardo VIII renunció a la Corona para poder casarse con Wallis Simpson y abdicó en su hermano. Albert se convertía en Jorge VI y su hija mayor, Elizabeth, en princesa heredera.

Durante los años de la Segunda Guerra Mundial la Familia Real se ganó el afecto y gratitud de los británicos ofreciendo una imagen familiar, sacrificada y unida a su pueblo (la artífice de esta imagen no fue otra que la futura Reina Madre, la mejor relaciones públicas que ha tenido la monarquía británica en toda su historia). Fue durante estos años cuando la joven Elizabeth reveló su carácter: tenaz, trabajadora y disciplinada, pero también terriblemente cabezota. Se empeñó en unirse al Cuerpo de Auxiliares Femeninas del Ejército y, pese a que sus padres no estaban muy entusiasmados con la idea, lo logró: se convirtió en mecánico y conductora de camiones y ambulancias durante los últimos años de la guerra.

Pero no fue éste el principal conflicto con sus padres: con apenas trece años se había enamorado de Philip Mountbatten, un joven cadete de la Marina cinco años mayor que ella, sobrino de un primo de su padre. Philip era apuesto, divertido y gustaba a sus padres, pero una cosa era aceptarlo como uno más de la pandilla de jóvenes amigos de sus hijas y otra muy distinta considerarlo como futuro esposo de la heredera, dado que no era el pretendiente ideal: aunque criado en Inglaterra, era medio griego, medio alemán (Philip había adoptado y transformado el apellido materno, Battenberg, convirtiéndolo en el inglés Mountbatten); era ortodoxo, no anglicano; sus padres vivían separados; no poseía bienes ni fortuna y sólo contaba con la protección y apoyo de su tío Lord Mountbatten. Además, Jorge VI estaba muy unido a su hija y la idea de perderla le aterraba. Pospuso cualquier discusión sobre el tema hasta el fin de la guerra; tras ésta, argumentó que Elizabeth era aún demasiado joven. Además, en esa época urgía más preocuparse de la reconstrucción del país, de agradecer a las naciones del Imperio su ayuda durante la guerra... De nada sirvieron las excusas; pese a que el Rey no estaba nada entusiasmado y se mostraba irritable y nervioso, el 10 de julio de 1947, poco después de la mayoría de edad de la princesa, se anunciaba su compromiso con Phillip Mountbatten, futuro Duque de Edimburgo.

La boda de ambos fue todo un acontecimiento no exento de polémica en aquellos años de ruina y racionamiento. Para poder confeccionar el traje de novia y el ajuar hubo que relajar un tanto las restricciones de vestuario a las que Elizabeth, como el resto de los británicos, estaba obligada en esa época. Muchas personas enviaron como regalo de boda cupones de sus cartillas de racionamiento, para que la princesa pudiera usar su asignación de tela para confeccionarse un vestido digno de una futura reina; otras enviaron directamente telas, medias de nylon (todo un lujo), artículos de viaje... Aun así, hubo que hacer la vista gorda, por mucho que el personal de Buckingham Palace tratara de justificar hasta el último céntimo gastado y la procedencia de cada metro de tela.

La boda (el 20 de noviembre de 1947) fue todo un éxito: se emitió por radio y televisión y contribuyó a animar un tanto al pueblo británico, bastante necesitado de diversión en aquellos años de escasez. El rey había hecho las paces con su hija y le había dado su bendición para su matrimonio, que ha demostrado, pese a los vaivenes, ser lo bastante sólido como para durar 65 años: el carácter de la Reina y de su esposo se complementan. Ella es seria, formal, disciplinada y discreta. El Príncipe es rudo, le gusta el humor grueso, las bromas pesadas y es famoso por sus meteduras de pata. Además, se comenta que no es precisamente un gran seguidor del décimo mandamiento. Pese a ello, la Reina ha perdonado todos sus escándalos y ha tratado, sin éxito, que no se sienta inferior a ella en ningún aspecto: no ha logrado que le nombren rey consorte ni que la dinastía adopte su nombre; lo único que ha conseguido es que se le considere el primero en precedencia en el Reino Unido, inmediatamente detrás ella, y que aquellos de sus descendientes que no reciban el tratamiento de Alteza Real lleven el apellido Mountbatten-Windsor (aunque en la práctica la mayoría prefiere usar apellidos derivados de su título, como York, Wessex, etc...).

La pareja pasó sus primeros años combinando las tareas de representación de Jorge VI (cuya enfermedad, un cáncer, le iba debilitando progresivamente) con la carrera naval de Philip. Pronto llegaron los hijos: en 1948 nació Charles y en 1950 Anne (Andrew y Edward nacieron cuando su madre ya ocupaba el trono, en 1960 y 1964, respectivamente). En 1952 el matrimonio emprendió una gira que les llevaría por diversos países de África y Oceanía, pero sólo pudieron visitar Kenia, donde el 6 de febrero recibieron la noticia del fallecimiento del Rey.

Con sólo 25 años, Elizabeth se convertía en el cuadragésimo monarca que ocupaba el trono de Inglaterra desde Guillermo el Conquistador: Isabel II, cabeza de la Commonwealth, soberana del Reino Unido, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Pakistán y Ceilán (hoy en día sólo sigue siendo soberana de los cuatro primeros países, a los que se han sumado Jamaica, Barbados, las Bahamas, Granada, Papúa Nueva Guinea, islas Salomón, Tuvalu, Saint Kitts y Nevis, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Antigua y Barbuda), Duquesa de Normandía y Señora de Mann, amén de otros innumerables títulos, entre ellos el de Defensora de la Fe.

Este título, que han llevado todos los monarcas ingleses desde el siglo XVI, en realidad había sido concedido por el Papa a Enrique VIII por su defensa de la fe católica frente a las doctrinas de Lutero, pero tras la ruptura con Roma y la autoproclamación de Enrique como Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra el título le fue revocado, hasta que en 1544 el Parlamento decidió otorgarlo a Eduardo VI y sus sucesores, si bien esta vez como defensores de la fe protestante. No deja de resultar curioso que el príncipe Charles planee ahora, si algún día accede al trono, cambiar el título de Defensor de la Fe por el de Defensor de Fe, lo que resulta bastante ambiguo (de hecho, su idea original era usar la expresión Defensor de las Fes, en un alarde de ecumenismo y multirreligiosidad que no sabemos si dejará contentos a ateos, agnósticos y demás súbditos que puedan sentirse excluidos, pese a sus buenas intenciones).

La coronación de Isabel II, el 2 de junio de 1953, significó el fin oficioso del periodo de reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial: se acababan el racionamiento y la escasez y comenzaba, según los comentaristas más cortesanos y exaltados, una nueva "era de oro isabelina". La ceremonia, espléndida, con toda la pompa y el boato que tan bien dominan los ingleses, fue, por primera vez en la historia, retransmitida en directo por televisión. Naturalmente, las ventas de televisores en el Reino Unido aumentaron increíblemente: veinte millones de británicos siguieron la retransmisión. Durante la misma, a la Reina le fueron entregados el orbe (símbolo de que Cristo reina sobre el mundo por encima de cualquier soberano temporal), el cetro, la vara de misericordia y el anillo de Eduardo el Confesor, símbolo de su matrimonio con el reino. 

De ese matrimonio celebra estos días sus bodas de diamantes; sólo la reina Victoria ha ocupado el trono británico durante más tiempo (63 años), aunque su buena salud y la longevidad de la que gozó su madre (101 años) hacen presagiar que Isabel II superará el récord de su antepasada. Han sido 60 años de trabajo y dedicación, de popularidad, cariño y admiración de sus súbditos, pero también de polémica y escándalos.

Personalmente, ha cometido pocos errores como monarca, y ha sabido aprender de ellos: se vio envuelta en los problemas del Partido Conservador para elegir al sucesor de Anthony Eden tras su dimisión por la crisis de Suez; nombró primer ministro a Alec Douglas-Home, un aristócrata amigo suyo, lo que le hizo recibir acusaciones de favorecer a la aristocracia más rancia del país. En 1979 se descubrió que Sir Anthony Blunt, conservador de la colección real de pintura y asesor de arte de la Reina, era un espía soviético. Las finanzas de la Casa Real han sido siempre polémicas: la Lista Civil (asignación parlamentaria a la Corona), la fortuna personal de la Reina, sus exenciones fiscales, la venta de productos de las propiedades reales (como Sandringham) a empresas privadas sin control y en condiciones fiscales muy beneficiosas han provocado más de un quebradero de cabeza a los sucesivos Gobiernos.

Pero sin duda ha sido la familia su mayor fuente de preocupaciones: los matrimonios fracasados de su hermana y de tres de sus hijos, los adulterios, los escándalos, las trifulcas con la prensa... no han cesado de empañar el reinado de Isabel II. Su "annus horribilis", como ella mismo reconoció ante el Parlamento, fue 1992. Sin duda, los 90 fueron el periodo más duro para la monarquía, con 1997 como fecha clave: la muerte de la princesa Diana y la reacción de la soberana ante la misma conmocionaron a los británicos. Se la acusó de ser fría, distante y de "no compartir el dolor de su pueblo" (acusaciones que ha recibido también de su propio hijo, el Príncipe de Gales, que en alguna ocasión le ha reprochado haber sido una madre poco cariñosa). En la magnífica película The Queen se muestra lo que fueron esos días y el cambio que supusieron en la relación de la monarca con su pueblo.

Isabel II ha sido, y sigue siendo, una mujer educada en los valores de otra época, valores que para algunos de sus súbditos más jóvenes resultan ajenos y anticuados. Sin embargo, esos mismos valores, su dedicación y compromiso, su mantenimiento de la tradición, de la esencia de lo británico, son lo que el pueblo más valora y le agradece. En sus dos jubileos anteriores ha sabido mostrarle que, por mucho que critique a la Familia Real, por muy tensas que sean sus relaciones, agradece su trabajo y compromiso.

"Declaro ante vosotros que dedicaré toda mi vida, se ésta larga o corta, a vuestro servicio y al de la gran familia imperial a la que todos pertenecemos", prometió a su pueblo el 21 de abril de 1947, al cumplir los 21 años. Sin duda, ha cumplido su promesa, y Gran Bretaña ha querido agradecérselo con unos fastos impresionantes (máxime en época de crisis) con motivo de su 60 aniversario en el trono. Un desfile fluvial (bastante deslucido), una ceremonia de acción de gracias en San Pablo, banquetes y un espectacular concierto son sólo parte del programa de este Jubileo de Diamantes, de esta felicitación real y exaltación de lo británico que resultan, quizá, kitsch y pasadas de moda, pero también admirables y emocionantes (causa cierta envidia ver a la gente unida, cantando a pleno pulmón su himno, orgullosa de su bandera y su soberana).

Los británicos han demostrado su cariño a su reina, olvidando por unos días polémicas, críticas y peticiones de modernización y actualización de una institución que muchos consideran anacrónica y prescindible. Hay muchos partidarios de una república británica; minoritarios, eso sí, por ahora. Además, la boda del príncipe William ha subido de nuevo los índices de popularidad de la monarquía. Parece impensable que, mientras viva Isabel II, Inglaterra se convierta en república. Después de ella, quién sabe. De momento, feliz aniversario, Majestad.

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