Menú
CARA Y CRUZ DEL CÉLEBRE PENSADOR

A propósito de Isaiah Berlin

Con ocasión del centenario de Isaiah Berlin, ha escrito Lassalle en El País que hay que dotarse de una "pedagogía" y de un "arsenal de acciones eficaces que desactiven los efectos sociales de la crisis".

0
Partiendo de eso, acaba llegando a la solución del justo medio, que define como esa centralidad política que encarnan aquéllos "a quienes causa[n] idéntica repulsión moral los duros rostros que ven a su derecha y la histeria y la insensata violencia y demagogia que tienen a su izquierda". Se pasa el resto del artículo tratando de moralizar a los que generan tensiones sociales y fracturas, envenenando la convivencia, en lugar de defender un ámbito de no interferencia personal.

Tan difícil y desasosegante lectura recuerda un episodio de la vida de Berlin que solamente su estado de avanzada edad podría disculpar. Al cumplir el filósofo los ochenta años le llovieron los elogios de uno y otro lado del Atlántico. No obstante, el conservador británico Roger Scruton se permitió introducir tibias observaciones críticas que no se acompasaban con el tono general. Berlin le respondió con una carta manuscrita de dieciocho páginas llena de acusaciones, en la que incluso comparó a Scruton con Goebbels, y luego rechazó disculparse. Es lo que se llama evitar el "dañar las bases morales que (...) salvaguardan la decencia que posibilita la tolerancia y la paz cívica". Sin interferencia personal.

Norman Podhoretz.Otro crítico del personaje, Norman Podhoretz, sostiene que, contrariamente a lo que suele decirse, era más académico y enciclopédico que un pensador original y accesible, y que él mismo era consciente de ello, lo que le provocaba cierta inseguridad.

Sea como fuere, es lógicamente injusto dejar de apreciar por ello a Isaiah Berlin en la medida de su valor como politólogo destacado de nuestro tiempo. Nadie puede negar la verdad y simplicidad de su famoso ensayo "Dos conceptos de libertad", en el que, distinguiendo entre la libertad como exención de obstáculos al ejercicio de la propia voluntad y la libertad de perseguir un bien verdadero a los ojos del sujeto –libertad negativa y positiva– deja atrás cualquier rancio academicismo y demuestra una intuición brillante, formulada conceptualmente con no menor maestría. De ahí pasa a la defensa del pluralismo, que obliga al hombre a navegar entre distintas posiciones sin el consuelo de su eterna validez, como instrumento no perfecto pero sí eficaz frente a la afirmación difícilmente contrastable de verdades inmutables susceptibles de desembocar en el totalitarismo. O, en palabras del propio Berlin:

No es necesario afirmar que (...) la fe en un único criterio siempre ha sido una profunda fuente de satisfacción tanto para el intelecto como para las emociones, pero también ha sido usada para justificar las barbaridades apriorísticas de Procusto, la vivisección de auténticas sociedades humanas mediante una pauta dictada por nuestro espíritu sujeto a error de un pasado más bien imaginario o de un futuro totalmente imaginario.

Habiendo bebido en la fuente del positivismo lógico, Berlin fue capaz de despojarse de él para enfrentarse a las grandes cuestiones morales y políticas sin las anteojeras de sus predecesores. En suma, mostró que las ideas son de extraordinaria importancia para los asuntos humanos, y que los datos solos no bastan.

Pero he aquí que, a pesar del soberbio logro intelectual que supone crear un cauce propio por el que circular más allá del que han marcado otros, se encuentran en Berlin las raíces de un mal cuyo alcance no calculamos hoy adecuadamente: el relativismo.

Resulta además que el rasgo de carácter que le singularizaba era precisamente un retraimiento a la hora de defender las propias convicciones. Por ejemplo, en el caso de los movimientos revolucionarios de los sesenta, que tanto daño acabaron haciendo a la institución que Berlin seguramente más apreciaba, la Universidad, no consta que defendiera lo que era su convicción ante el rápido crecimiento del barbarismo... entre nuestros jóvenes. Es más, por entonces, como era por lo demás considerado de moda, colaboraba con publicaciones dedicadas a promover ese radicalismo juvenil, que presuntamente en público, pero decididamente en privado, lamentaba.

El biógrafo Ignatieff reconoce esta crítica al gran profesor:
Todas estas debilidades se reducían a una única acusación, la falta de valor existencial para defender una causa y ser contado en ella.
Berlin había sido un judío sionista en una época en que requería valor serlo en Inglaterra. No obstante, no volvió por ese fuero durante mucho tiempo, y, consciente de esa perpetua acusación de falta de fidelidad, en la que le gustaba compararse con Turgenev por la habilidad de éste para tener amistades tanto entre revolucionarios como entre autoridades, sí hizo la siguiente declaración pública sobre Israel, hacia el final de su vida. De nuevo Ignatieff:
[Berlin] compuso un comunicado instando a los israelíes a aceptar una partición definitiva de la tierra con los palestinos. (...) La alternativa, advirtió, era un interminable ciclo de terrorismo chovinista en ambos bandos y guerra sin cuartel.
Lo que lleva a Podhoretz a comentar, hablando de valor:
El hecho es que el pronunciamiento puso a Berlin sólidamente en línea con la opinión manifestada por prácticamente cualquier otro en el mundo.

Sin embargo, a la hora de confesar convicciones, Berlin no tuvo inconveniente en afirmar:

Sólo puedo decir que aquellos que descansan en los confortables lechos del dogma son víctimas de una miopía inducida, señal que puede ser de contentamiento, pero no de entendimiento de lo que es ser humano.

Encerraba con ello en el mismo saco, de manera probablemente inadvertida, al fascismo y al comunismo, totalitarismos a los que iba dirigida la frase, junto a las personas de buena fe que sostuvieran con firmeza una creencia.

No puede elogiarse de Berlin su apertura al relativismo ni a su compañero de hoy, el multiculturalismo.

Se trata, sí, de añadir al estudio y conocimiento de Berlin la convicción y la defensa de los valores que pudieron faltarle.

Referirse, en este contexto, a la evidencia con que concluye Lassalle, tomándola prestada de Berlin, de que la historia está siempre abierta, porque el futuro deberá cuidarse de sí mismo, es particularmente equívoco. Los que no tienen entendimiento de lo que es ser humano quizá lo escuchen algo inquietos en boca de los que se definen como la medida de la tolerancia. Pero tal interpretación debe ser desechada, porque reflejaría una actitud en los antípodas de lo que nuestro articulista llama "no interferencia personal". Eso sí, si hay prudencia, cuidarán de sí mismos antes que dejar que el futuro lo haga.


© GEES

JUAN F. CARMONA CHOUSSAT, doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. 

Temas

0
comentarios